
Si creyera en algunas de las teorías que la gente sostiene sobre la redención, tendría que concluir que existe un conflicto entre el Padre y el Hijo sobre la salvación de la humanidad. Como si Dios estuviera exigiendo que se pagara una deuda o nos arrojaría a todos a la condenación, Jesús dio un paso al frente y pagó la deuda para apaciguar al Padre. O, que Dios escudriña los corazones de la humanidad buscando razones para juzgarnos y destruirnos, pero Jesús nos cubre con su sangre para escondernos de los ojos indiscretos del Padre. Sé que no se expresa exactamente de esa manera, pero considere lo que es presentado como el evangelio. Dicen que Jesús pagó nuestra deuda o pena para que pudiéramos ser perdonados. OK…, si Jesús pagó una deuda o una pena, ¿quién exigía que se pagara una deuda? ¿Es correcto decir que un Dios que no perdona exigió que su Hijo sufriera y muriera antes de considerar perdonar a alguien? Aquí hay otro. Si la sangre de Jesús cubre nuestro pecado de la vista de Dios, ¿entonces Jesús en realidad nos esconde del Padre? En cada uno de estos escenarios la conclusión parece ser que Jesucristo en realidad nos salva de Dios. Por supuesto, todos sabemos que esto es ridículo. El Padre y su Hijo, Jesucristo, no están ni nunca estuvieron en conflicto por la humanidad. De hecho, desde el momento de la transgresión de Adán, todo lo que Dios dijo o hizo fue con nuestra redención en mente.
Cuando digo que Cristo no murió para perdonar nuestros pecados, confunde a algunas personas. Pero la verdad es que la muerte de Cristo no fue necesaria para el perdón de los pecados. El perdón es algo que Dios ha ofrecido bondadosamente a la humanidad por siempre. El único requisito que se impone al perdón de Dios es que los perdonados se arrepientan de su iniquidad. Cuando Dios reveló su gloria a Moisés, él se presentó como “¡Jehová! ¡Jehová! fuerte, misericordioso y piadoso; tardo para la ira, y grande en misericordia y verdad; que guarda misericordia a millares, que perdona la iniquidad, la rebelión y el pecado…” (Éxodo 34:6-7). El salmista nos recuerda el perdón de Dios diciendo: “Pues sus corazones no eran rectos con él, ni estuvieron firmes en su pacto. Pero él, misericordioso, perdonaba la maldad, y no los destruía; y apartó muchas veces su ira…” (Salmo 78:37-38). La mayoría de los cristianos conocen las palabras que Dios le habló a Salomón en la dedicación del templo: “si se humillare mi pueblo, sobre el cual mi nombre es invocado, y oraren, y buscaren mi rostro, y se convirtieren de sus malos caminos; entonces yo oiré desde los cielos, y perdonaré sus pecados, y sanaré su tierra.” (2 Crónicas 7:14). Dios demostró una y otra vez ser “grande en misericordia… perdona la iniquidad, la rebelión y el pecado…”
No había absolutamente ninguna razón para que Jesús muriera para que alguien pudiera recibir el perdón de sus pecados. De hecho, el apóstol Pablo nos deja saber que si Cristo murió por algo que ya teníamos sin su muerte, entonces su muerte fue en vano. Pablo predicó que Cristo murió para hacernos justos (Romanos 5:19), así que cuando habló a aquellos que pensaban que la Ley podía hacer justa a una persona, dijo: “…pues si por la ley fuese la justicia, entonces por demás murió Cristo.” (Gálatas 2:21). En otras palabras; «¡La muerte de Cristo fue sin propósito si se pudiera recibir aquello por lo que él murió de otra manera!» Cualquier cosa que podías recibir de Dios antes de que Cristo derramara su sangre no podría ser la razón por la que Cristo murió por ti y por mí. Él no tuvo una muerte inútil o innecesaria.
En nuestra salvación, el perdón es la parte fácil. Digo fácil porque siempre ha estado en el corazón y la naturaleza de Dios perdonar. Nada tenía que cambiar acerca de Dios o sus caminos para que el arrepentido fuera perdonado. La parte difícil de la salvación no fue lo que había en el corazón de Dios, sino lo que había en nuestro corazón. Dios siempre estuvo dispuesto a perdonar, pero el corazón del hombre siempre estuvo dispuesto a retroceder. El perdón era una solución a corto plazo, porque el corazón del hombre estaba incrustado de iniquidad. Hasta que el corazón del hombre fuera cambiado, todo el perdón que pudiera surgir del corazón de nuestro Dios eterno no serviría de nada. Siempre sería como hablaba Pedro: “El perro vuelve a su vómito, y la puerca lavada a revolcarse en el cieno.” (2 Pedro 2:22). Algo tenía que suceder que cambiaría para siempre el corazón y la naturaleza del hombre.
El mensaje de Ezequiel capítulo 18 es “El alma que pecare, esa morirá”, pero Dios continuó diciendo “Echad de vosotros todas vuestras transgresiones con que habéis pecado, y haceos un corazón nuevo y un espíritu nuevo. ¿Por qué moriréis, casa de Israel? Porque no quiero la muerte del que muere, dice Jehová el Señor; convertíos, pues, y viviréis.” (Ezequiel 18:31-32). El problema era que nadie podía cambiar lo que obraba en su propio corazón, y sin un corazón nuevo nunca podrían apartarse verdaderamente de sus iniquidades. Dios, sabiendo esto, habló de un día en el que le daría al pueblo un corazón nuevo y un espíritu nuevo (Ezequiel 36:22-27). Para esto vino Cristo. Pedro habló después de que el cojo que estaba en la puerta la Hermosa fue sanado, diciendo: “A vosotros primeramente, Dios, habiendo levantado a su Hijo, lo envió para que os bendijese, a fin de que cada uno se convierta de su maldad.” (Hechos 3:26). Esta conversión de su maldad no vino por otra ley o mandamiento, sino por recibir un corazón nuevo y un espíritu nuevo por la obra de Cristo.
Cristo se unió al Padre para resolver la parte difícil de nuestra redención. El Padre perdona, como siempre lo ha hecho, pero la obra de Cristo es limpiar el corazón y la naturaleza de las personas. Digo que esta fue la parte difícil, porque requería que derramara su sangre y ofreciera su cuerpo para lograrlo. Sólo su cuerpo ofrecido hasta la muerte podría hacer “que nuestro viejo hombre fue(se) crucificado juntamente con él, para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado.” (Romanos 6:6). Y sólo el derramamiento de su preciosa sangre puede y nos “limpia de todo pecado” (1 Juan 1:7). El Padre y su Hijo, Jesucristo, nunca estuvieron en conflicto por nuestra redención, sino siempre en perfecta armonía. Debido al hecho de que ambos han servido para la salvación de la humanidad, aquellos que vienen al Padre a través de Cristo Jesús descubren que juntos, como uno, son “fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad.” (1 Juan 1:9).
Dios te Bendiga,
Pastor Keith Surface
Calvary Outreach Ministries
Artículo original publicado en inglés el 22 de Noviembre de 2016, con el título: Are the father and the son in conflict? (PDF)
NOTA: Todas las citas bíblicas son tomadas de la versión Reina-Valera 1960.

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