10. El autosacrificio de Dios

Antes de pronunciar una palabra después de la gran transgresión de Adán, Dios sabía qué desastre había cometido Adán en este tonto acto de rebelión y cómo entregó a la humanidad en manos de Satanás, quien la destruiría en vida, cuerpo y alma. También era plenamente consciente del asombroso precio que tendría que pagar para redimir a su creación caída.

Hace más de treinta años, un pastor anciano me dijo que Jesús no tenía que morir en la cruz para nuestra salvación. Dijo que Dios podría habernos salvado de la manera que quisiera, pero envió a Jesús a la cruz para mostrarnos cuánto nos amaba. Esto me preocupó por muchas razones. Las más importantes fueron las palabras de Jesús en Getsemaní, donde oró: “Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa…” (Mateo 26:39). ¿Qué quiso decir Jesús con “si es posible”? Sabemos que a Jesús le fue posible escapar de la cruz porque dijo a sus discípulos: “¿Acaso piensas que no puedo ahora orar a mi Padre, y que él no me daría más de doce legiones de ángeles?” (Mateo 26:53). Siendo así, tenía que ser que nuestra redención no era posible si Jesús no padecía la muerte de la cruz.

Recientemente alguien me preguntó quién exigía que se derramara sangre para nuestra redención. ¿Fue Dios? “No”, respondí, “Dios no lo requirió. ¡Las circunstancias lo hicieron!». Déjame explicar. Estábamos perdidos. El pecado se había convertido en dueño de nuestro corazón y de nuestra naturaleza. Satanás tenía dominio. Sólo había una manera posible de cambiar todo esto, pero requeriría la muerte del Creador para redimir la creación. Dios no fue quien lo requirió. Dios fue quien tuvo que pagar el precio indescriptible.

El Calvario no fue un sacrificio humano. Si lo fuera, no habría servido de nada. Si hubiera sido simplemente un ser humano sin pecado ofrecido en la cruz del Calvario, nada habría cambiado; todos todavía moriríamos en nuestros pecados. No porque la sangre de Jesús fuera la sangre de un hombre tiene el poder de lavar el pecado, sino porque es la sangre de Cristo (1 Pedro 1:19). La razón por la que Cristo “fue hecho carne” (Juan 1:14) fue para tener sangre que derramar y un cuerpo que pudiera morir (Hebreos 10:5). El “Verbo” eterno (Juan 1:1) no podía morir, pero cuando Cristo tomó sobre sí la “semejanza de carne de pecado” (Romanos 8:3), se convirtió en alguien que podía dar su vida. No, el Calvario no fue un sacrificio humano. ¡Fue el autosacrificio de Dios! Dios no eligió ni exigió que un hombre muriera para salvar a nadie. Cristo se hizo hombre para que Él, Cristo, pudiera sufrir la muerte y así destruir a Satanás y librarnos. La Escritura dice: “Así que, por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él también participó de lo mismo, para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo, y librar a todos los que por el temor de la muerte estaban durante toda la vida sujetos a servidumbre.” (Hebreos 2:14-15). Sólo como un hombre Cristo pudo participar de la muerte, pero salió de la tumba en absoluta victoria porque no era sólo un hombre, ¡era el Cristo eterno, el Hijo del Dios viviente!

La primera promesa de redención se encuentra en las palabras de Dios a la Serpiente poco después de la transgresión de Adán. Dios le dijo a la Serpiente: “pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; esta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar.” (Génesis 3:15). Nadie más que Dios pudo entender su significado en ese momento, pero esta es una de las promesas de redención más poderosas jamás dadas. La declaración, “te herirá en la cabeza”, dice cómo Cristo destruiría a Satanás y todas sus obras. Juan dice: “Para esto apareció el Hijo de Dios, para deshacer las obras del diablo.” (1 Juan 3:8). La declaración “y tú le herirás en el calcañar” nos dice que para destruir a Satanás, Cristo también sería “herido”. La frase “simiente de la mujer” en esta profecía nos dice que Dios ya se había comprometido a enviar a Cristo al mundo para ser “nacido de mujer” (Gálatas 4:4) y llegar a ser “participante de carne y sangre” (Hebreos 2:14). Desde los días de Adán en adelante, cada cordero que era inmolado en el altar, y todo otro sacrificio que era ofrecido delante de Dios, testificaba del gran sacrificio que Dios haría un día por la salvación de todos. Este es el amor de Dios que se nos ha encomendado “Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros.” (Romanos 5:8).

Artículo original publicado en inglés el 11 de Diciembre de 2016, con el título: God’s self-sacrifice (PDF)

NOTA: Todas las citas bíblicas son tomadas de la versión Reina-Valera 1960.

Published by

Deja un comentario

¿Es este tu nuevo sitio? Accede para activar las funciones de administrador y cerrar este mensaje
Iniciar sesión