
Cuando era un joven ministro, estaba leyendo las palabras de Pedro: “Aunque me sea necesario morir contigo, no te negaré” (Mateo 26:35), cuando el Señor me habló y me dijo: “Así son las promesas de los hombres». Con estas palabras, el Señor me dio a entender que no puedes construir un caminar con Dios sobre tus promesas a Dios. Si quieres un camino que perdure, debe basarse en la promesa que Dios te hizo.
Pedro nos dijo que cuando los profetas predijeron esta gran salvación, sabían que no estaban hablando para ellos mismos. Aunque usaron términos como “casa de Israel” o “Sion”, entendieron que las promesas que escuchaban de Dios no se limitaban a un linaje o generación natural. Pedro escribió: “A estos se les reveló que no para sí mismos, sino para nosotros, administraban las cosas que ahora os son anunciadas por los que os han predicado el evangelio por el Espíritu Santo enviado del cielo…” (1 Pedro 1:10-12).
Considere algunas de estas asombrosas promesas de nuestra redención que fueron dichas por los profetas de la antigüedad:
“Y yo os tomaré de las naciones, y os recogeré de todas las tierras, y os traeré a vuestro país. Esparciré sobre vosotros agua limpia, y seréis limpiados de todas vuestras inmundicias; y de todos vuestros ídolos os limpiaré. Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne. Y pondré dentro de vosotros mi Espíritu, y haré que andéis en mis estatutos, y guardéis mis preceptos, y los pongáis por obra.” (Ezequiel 36:24-27)“He aquí que vienen días, dice Jehová, en los cuales haré nuevo pacto con la casa de Israel y con la casa de Judá. No como el pacto que hice con sus padres el día que tomé su mano para sacarlos de la tierra de Egipto; porque ellos invalidaron mi pacto, aunque fui yo un marido para ellos, dice Jehová. Pero este es el pacto que haré con la casa de Israel después de aquellos días, dice Jehová: Daré mi ley en su mente, y la escribiré en su corazón; y yo seré a ellos por Dios, y ellos me serán por pueblo. Y no enseñará más ninguno a su prójimo, ni ninguno a su hermano, diciendo: Conoce a Jehová; porque todos me conocerán, desde el más pequeño de ellos hasta el más grande, dice Jehová; porque perdonaré la maldad de ellos, y no me acordaré más de su pecado.” (Jeremías 31:31-34)“Y tu pueblo, todos ellos serán justos, para siempre heredarán la tierra; renuevos de mi plantío, obra de mis manos, para glorificarme.” (Isaías 60:20)
¿Puedes creer que Dios prometió que serías uno de aquellos de quienes dijo “todos serán justos”? ¿Puedes ver que él prometió que te limpiaría de toda tu inmundicia y que te daría un corazón nuevo y un espíritu nuevo, y que guardarías sus juicios y los cumplirías? Esta no es tu promesa a Dios. Es su promesa para ti. Es Su promesa que Él escribirá su ley en tu corazón y en tu naturaleza. En esta redención prometida, no necesitarías que alguien te “discipule a ti” en justicia, porque Dios prometió que lo conocerías por ti mismo, incluso si fueras el “más pequeño” en el Reino de Dios.
El evangelio de Jesucristo es en realidad más que una promesa. ¡Es una promesa cumplida! Pablo dijo: “Y nosotros también os anunciamos el evangelio de aquella promesa hecha a nuestros padres, la cual Dios ha cumplido a los hijos de ellos, a nosotros, resucitando a Jesús…” (Hechos 13:32-33). El hecho de que Jesucristo resucitó de entre los muertos y ascendió al cielo nos dice que había cumplido todo lo que fue enviado a hacer en la tierra. Estas grandes promesas de redención ya se han cumplido. Ahora están guardadas en el cielo (1 Pedro 1:4), esperando ser recibidas en la tierra por aquellos que creerán en el evangelio y confiarán en Cristo (Efesios 1:12-13).
La razón por la que no enseñamos “principios”, “métodos”, “pasos”, “cómo hacer” y el “esfuerzo/sacrificio” de la religión, es que cosas como éstas se basan en el esfuerzo y la capacidad humana. Estas cosas fallan por la misma razón que la Ley no pudo producir un pueblo justo. Era «débil por la carne» (Romanos 8:3). Todo lo que depende de la capacidad humana os fallará. El evangelio de Cristo sólo funciona para aquellos que pierden la esperanza en el esfuerzo humano. El “poder [de Dios] se perfecciona en la debilidad” (2 Corintios 12:9). Cuando nos damos cuenta de que nuestra fuerza nunca podrá sostenernos, estamos listos para echar mano de aquello que no puede fallar. Tus promesas a Dios nunca te sostendrán porque no están investidas con el poder de Cristo. Pero, si crees lo que Dios prometió, que Él ha cumplido en Cristo para ti, serás como la casa construida sobre la roca que las crecientes inundaciones no pueden destruir. Caminarás en la victoria de Cristo, teniendo un espíritu nuevo en tu interior, la ley de Dios escrita en tu corazón y en tu naturaleza, ¡y todo tu pecado quitado! (Juan 1:29). Que vuestra confianza esté siempre sólo en Cristo, y nunca caeréis. Judas escribió: “Y a aquel que es poderoso para guardaros sin caída, y presentaros sin mancha delante de su gloria con gran alegría, al único y sabio Dios, nuestro Salvador, sea gloria y majestad, imperio y potencia, ahora y por todos los siglos. Amén.» (Judas 1:24-25).
Artículo original publicado en inglés el 5 de Febrero de 2017, con el título: Promises of men (PDF)
NOTA: Todas las citas bíblicas son tomadas de la versión Reina-Valera 1960.

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