
No puedo decir que nunca haya querido ser un “gigante” espiritual. Sólo sé que no lo soy, y estoy seguro de que Dios está de acuerdo conmigo en esto. He visto a quienes se perciben a sí mismos como gigantes espirituales, pero siempre me parece, al menos a mí, que su gran espiritualidad es su engaño personal, o una ilusión que querían que otros vieran. Cada vez que un cristiano se vuelve grande ante sus propios ojos, se vuelve ciego. El orgullo es una enfermedad causada por la incapacidad de una persona para ver las cosas como realmente son.
Cuando era un cristiano muy joven, descubrí que siempre había otros que estaban listos para mostrarme “cómo caminar verdaderamente con Dios”. El problema era que unosn me llevaba a la “derecha” y otros me llevaban a la “izquierda”. Luego estaban esos grandes ministros de la televisión que parecían estar tan poderosamente ungidos, que insinuaban que si uno lo intentaba con la suficiente diligencia, casi podía ser como ellos. Escuché a uno de ellos decir que Dios lo había llamado a entrenar diez mil pequeñas versiones de sí mismo. Mirando hacia atrás, he perdido la cuenta de cuántos de esos ministerios terminaron en la vergüenza.
Una de las primeras cosas que Dios me habló en un sueño o visión fue una advertencia de que no permitiera que los constructores religiosos construyeran mi casa espiritual. Las casas que construyeron parecían tan magníficas, pero Dios me advirtió que no tenían cimientos. Como dijo Pedro: “Este Jesús es la piedra reprobada por vosotros los edificadores, la cual ha venido a ser cabeza del ángulo” (Hechos 4:11). En la visión nocturna vi que si buscaba a Dios en oración y medía todo según su palabra, mi casa permanecería en pie mientras otras caían.
Mientras buscaba al Señor, él comenzó a abrir mi entendimiento al evangelio de Cristo. Me llevó a Su promesa de un Nuevo Pacto. Él dijo:
“Por lo cual, este es el pacto que haré con la casa de Israel
Después de aquellos días, dice el Señor:
Pondré mis leyes en la mente de ellos,
Y sobre su corazón las escribiré;
Y seré a ellos por Dios,
Y ellos me serán a mí por pueblo;
Y ninguno enseñará a su prójimo,
Ni ninguno a su hermano, diciendo: Conoce al Señor;
Porque todos me conocerán,
Desde el menor hasta el mayor de ellos.”
Aquí es donde me di cuenta de que el Nuevo Pacto ES que Dios mismo escribe su ley en los corazones de su pueblo. Dios dijo a través del profeta Jeremías: “Daré mi ley en su mente, y la escribiré en su corazón” (Jeremías 31:33). Esta no es una ley aprendida. ¡Es la nueva naturaleza de un hijo de Dios! Está “escrita no con tinta, sino con el Espíritu del Dios vivo; no en tablas de piedra, sino en tablas de carne del corazón” (2 Corintios 3:3). Esta es una obra que ningún hombre puede hacer por usted porque Dios dijo: “ninguno enseñará a su prójimo, Ni ninguno a su hermano, diciendo: Conoce al Señor; Porque todos me conocerán, Desde el menor hasta el mayor de ellos”. Somos enviados a predicar el evangelio, pero sólo Dios puede poner su ley y su vida dentro de una persona. Esto revela la falacia de todo lo que se hace bajo el nombre de “discipulado”. Cuando intentamos escribir la ley de Dios en una persona, lo mejor que podemos producir es una imitación barata. Cuando Dios lo hace, es vida y libertad gloriosas.
El poder de esta promesa me abrumó. Tal vez esto podría ser cierto para los grandes, los maduros o la élite espiritual, pero yo no era nada de eso. Yo era sólo un joven a quien Dios había librado de las profundidades del pecado y la vergüenza. Le dije a Dios: “Solo soy yo. No soy genial ni súper espiritual. Soy el más pequeño en tu Reino”. Dios no discutió el hecho de que yo era el más pequeño en su Reino. Simplemente me recordó su promesa: “…porque todos me conocerán, desde el menor hasta el mayor”. Entonces comprendí que su promesa era cierta, incluso para mí… el más pequeño en su Reino.
No proclamo un evangelio para “gigantes espirituales”. El simple hecho es que aquellos que se creen gigantes espirituales siempre rechazarán la simplicidad de Cristo. Trabajaron tan duro para volverse “espirituales” que les resulta imposible creer que las maravillosas promesas de redención en el evangelio sólo pueden ser recibidas por “niños” (Lucas 10:21). Nadie es demasiado pecador para Cristo, de tal manera que Él no pueda liberarlo del pecado, pero muchas personas son demasiado espirituales a sus propios ojos para recibir algo de Dios. Cuando una persona me cuenta lo que ha hecho para vencer el pecado, sé por sus propias palabras que no es libre. Pero todos los que Cristo ha hecho libres viven su vida asombrados de que Dios haya hecho tal cosa libremente… incluso por ellos.
Artículo original publicado en inglés el 8 de Abril de 2017, con el título: Spiritual giants (PDF)
NOTA: Todas las citas bíblicas son tomadas de la versión Reina-Valera 1960.

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