
Recientemente ministré un servicio para un grupo de hombres que se habían vuelto muy circunspectos en cada aspecto de sus vidas. Llevaban ropa modesta y el pelo bien cortado. No tenían contacto con el sexo opuesto sin tener a alguien más presente, ni consumían alcohol ni drogas. De hecho, incluso los alimentos que comían y las personas con las que se relacionaban estaban muy restringidos por ciertas pautas predeterminadas. Sin embargo, este estilo de vida rígido de estos hombres no era evidencia de su justicia (rectitud). Por el contrario, en realidad era evidencia de su injusticia. Verás, estaba ministrando un servicio para los reclusos en el sistema penitenciario de Texas. Las reglas y leyes que gobernaban la vida diaria de estos hombres no fueron dadas para hacerlos justos, sino para controlar su injusticia. Antes de dejar el servicio penitenciario les dije a los reclusos: “Este lugar puede cambiar lo que hacéis, pero Cristo cambia lo que sois. Si no cambias lo que eres, cuando salgas de esta prisión volverás a hacer las cosas impías que te pusieron aquí”.
La ley religiosa siempre sirve como prisión espiritual para los injustos. El apóstol Pablo nos dice que “ley es buena, si uno la usa legítimamente; conociendo esto, que LA LEY NO FUE DADA PARA EL JUSTO, sino para los transgresores y desobedientes, para los impíos y pecadores…” (1 Timoteo 1:8-9). La Ley de Moisés no fue dada a un pueblo santo, sino a un pueblo que rechazó la voz de Dios y adoró a un becerro de oro. Por eso Pablo dijo que era para “los impíos y pecadores”. Si los hijos de Israel hubieran tenido un corazón para Dios, habrían recibido Su voz cuando Él hablaba desde la montaña y la Ley de Moisés nunca habría sido dada. Pablo nos dice que la Ley de Moisés “…fue añadida a causa de las transgresiones, hasta que viniese la simiente a quien fue hecha la promesa…” (Gálatas 3:19). Era una prisión espiritual dada para mantener bajo control las transgresiones de Israel hasta que viniera Cristo, la simiente prometida. La existencia misma de la Ley declara la injusticia de quienes la sirven. En los últimos días de la vida de Moisés, ordenó a Israel, diciendo: “Tomad este libro de la ley, y ponedlo al lado del arca del pacto de Jehová vuestro Dios, Y ESTÉ ALLÍ POR TESTIGO CONTRA TI. Porque yo conozco tu rebelión, y tu dura cerviz; he aquí que aun viviendo yo con vosotros hoy, sois rebeldes a Jehová; ¿cuánto más después que yo haya muerto?” (Deuteronomio 31:26-27).
El evangelio de Jesucristo no funciona cambiando lo que haces; cambia lo que eres. Esta diferencia es la misma que la diferencia entre arrancar frutos amargos de un árbol silvestre o talarlo. Las leyes y mandamientos religiosos arrancan el fruto pecaminoso de la vida de una persona, pero Cristo corta el árbol pecaminoso. Juan el Bautista habló de la obra de Cristo cuando dijo: “Y ya también el hacha está puesta a la raíz de los árboles; por tanto, todo árbol que no da buen fruto es cortado y echado en el fuego.” (Mateo 3:10).
Pablo, que fue apóstol de los gentiles, testificó cómo la justicia llegó a los gentiles por medio de Cristo sin la ley. Él dijo: “Porque cuando los gentiles que no tienen ley, hacen por naturaleza lo que es de la ley, estos, aunque no tengan ley, son ley para sí mismos, mostrando la obra de la ley escrita en sus corazones, dando testimonio su conciencia…” (Romanos 2:14-15). La justicia de Cristo cambia el corazón y la naturaleza de una persona para que sus acciones naturales agraden a Dios. Los hijos de Dios no necesitan una ley religiosa para ordenar su vida porque su propia naturaleza agrada a Dios. Pedro da testimonio de esto, diciéndonos que a través de las promesas del evangelio somos hechos “…participantes de la naturaleza divina” (2 Pedro 1:4).
¿Qué serías si te despojases de tus restricciones religiosas? ¡ESO es lo que realmente eres! Si tu religión te ha hecho parecer justo en los hechos, pero no te ha hecho serlo en corazón y naturaleza, tu religión es sólo una prisión espiritual en la que habitas. Y, si tu religión no te ha hecho ser justo tanto en tus obras como en tu corazón, no es obra de Cristo en absoluto. Porque la promesa del evangelio es que “por la obediencia de uno [Cristo], los muchos serán constituidos justos” (Romanos 5:19).
Siempre se puede saber cuándo está hablando la ley religiosa. Dice “EL HOMBRE QUE HAGA ESTAS COSAS, VIVIRÁ POR ELLAS” (Romanos 10:5). ¡Cuidado! Éste es el “guardián de la prisión” hablando y no la voz de Cristo. La voz de Cristo no te dice “haz” para vivir; te dice que “ve, cree y vive”. Pablo nos cuenta cómo un pecador se transforma en una persona justa. Él escribió: “Porque con el corazón se cree para justicia…” (Romanos 10:10). El poder transformador del evangelio sólo llega a usted al escuchar, ver y creer en la gloriosa obra de redención realizada por Jesucristo en la cruz. La redención cambia lo que haces, al cambiar lo que eres. No necesitas un “guardián de prisión” religioso que te dé las leyes de la religión, pero todos necesitamos escuchar y conocer la verdad del Evangelio que hace que todo aquel que lo cree sea “verdaderamente libre”. “Pues la ley por medio de Moisés fue dada, pero la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo” (Juan 1:17).
Artículo original publicado en inglés el 6 de Mayo de 2017, con el título: Spiritual prisons (PDF)
NOTA: Todas las citas bíblicas son tomadas de la versión Reina-Valera 1960.

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