38. El poder y la presencia del pecado

El apóstol Pablo nos dice: “…el pecado entró en el mundo por un hombre (Adán)” (Romanos 5:12). Cuando entró el pecado, ¿dónde residió? ¿Se escondió en una cueva? ¿O el pecado sólo está presente en el mismo Satanás? El apóstol continúa diciendo: “…por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores…” (Romanos 5:19). El pecado entró como un gran contaminante que contaminó el corazón y la naturaleza de la humanidad caída. Nadie escapó a su veneno. Desde el primer hijo de Adán que asesinó a su propio hermano, hasta las personas más “inocentes” de nuestros días, todos han pecado, siendo Jesucristo la única excepción a esa verdad absoluta.

¿Qué le da al pecado tal poder? Incluso Jesús lo describió como un amo que domina a la gente, como un amo de esclavos. Creo que el pecado es la semilla de rebelión (la mentira) que Adán y Eva recibieron en su corazón y naturaleza de la Serpiente (Satanás). Es como una sola célula de cáncer que nunca deja de propagarse. No hay cura hasta que se elimine todo. El poder del pecado está en su presencia. Sólo donde el pecado no tiene presencia no tiene poder.

Considere estos dos ejemplos: Un hombre ha luchado con la lujuria durante años. Ha orado, ayunado y tomado todas las medidas posibles para mantenerlo sometido. Hay muchos lugares a los que no irá, no porque sean lugares pecaminosos, sino porque los deseos dentro de él reviven tan fácilmente y comienzan a luchar en sus pensamientos e imaginaciones. Hasta ahora este hombre se ha abstenido de satisfacer los deseos inmundos que hay en su interior. Nunca ha cometido un acto de adulterio o fornicación y no participa en pornografía. Este hombre tiene poder sobre los deseos inmundos que hay dentro de él, pero es una batalla constante que nunca cesa. En el mejor de los casos la inmundicia parece estar dormida, pero siempre está lista para revivir y rugir.

Otro hombre no lucha con esas cosas. Él enfrenta las mismas pruebas de vivir en este mundo con todas las oportunidades de cometer actos pecaminosos que son comunes a los hombres. Tampoco comete adulterio, fornicación, ni participa en pornografía. De hecho, ni siquiera desea ni contempla tales cosas. Simplemente no está en su corazón querer o hacer algo de esa naturaleza.

No puedo evitar sentir respeto por el primer hombre. Vive cada día en una batalla con las concupiscencias, pero se contiene y limita de hacer el acto pecaminoso. Su determinación y fortaleza son dignas de admirar. Sin embargo, aún con todo el poder que ejerce sobre el pecado, no está libre de él. Si en algún momento baja la guardia, caerá en su oscuridad y vergüenza.

No se puede afirmar con razón que el segundo hombre tenga poder sobre los deseos inmundos. De hecho, nadie sabe qué proceder tomaría si estas cosas estuvieran realmente en su corazón. ¿Sería débil o sería fuerte? Podría fallar en el primer encuentro. Pero este segundo hombre no necesita fuerza para vencer la inmundicia porque esta no tiene lugar en su corazón. La verdad es que nadie necesita poder sobre el pecado si el pecado no tiene presencia dentro de ellos. Sí, al ser enviados por el Espíritu Santo se nos da “…potestad (poder) para hollar serpientes y escorpiones, y sobre toda fuerza del enemigo…” (Lucas 10:19), pero esto es poder sobre las cosas que resisten la obra de Dios, no cosas que están dentro de nuestro propio corazón y naturaleza.

Cristo no vino para darnos poder sobre el pecado. Vino para “quitar nuestros pecados” (1 Juan 3:5). Él efectivamente «quita el pecado del mundo» (Juan 1:29). Su sangre lava la contaminación del pecado de su pueblo (1 Juan 1:7). Cuando Jesús dijo “hallaréis descanso para vuestras almas” (Mateo 11:29), estaba prometiendo el fin de una guerra y no el comienzo de una lucha de por vida. Mientras busques poder sobre algo que está en tu corazón o en tu naturaleza, te estás preparando para una batalla que nunca terminará. Jesús nunca dijo que te daría poder sobre ello. Él dijo: «Así que, si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres.» (Juan 8:36). Cuando Cornelio y los que estaban con él fueron llenos del Espíritu Santo, Dios ya, en un momento, había purificado sus corazones por la fe. (Hechos 15:9). ¡El pecado había perdido su presencia en ellos!

NO HABLARÉ YA MUCHO CON VOSOTROS; PORQUE VIENE EL PRÍNCIPE DE ESTE MUNDO, Y ÉL NADA TIENE EN MÍ.” (Juan 14:30).

Artículo original publicado en inglés el 28 de Septiembre de 2017, con el título: The power and presence of sin (PDF)

NOTA: Todas las citas bíblicas son tomadas de la versión Reina-Valera 1960.

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