
El fundamento de la Iglesia es un simple conocimiento…o revelación. Jesús dijo “sobre esta roca edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella.” (Mateo 16:18). “Esta roca” de la que habló Jesús es la revelación de que Jesús es “el Cristo, el Hijo del Dios viviente.” (Mateo 16:16). El apóstol Pablo confirma esto como el fundamento de la iglesia, diciendo: “Porque nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto, el cual es Jesucristo.” (correctamente entendido como “Jesús, el Cristo”) (1 Corintios 3:11). Esta simple revelación es “la verdad” de la que hablaba Jesús cuando dijo: “y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres.” (Juan 8:32).
La declaración de Pedro acerca de Jesús está tan “llena” de “poder y verdad” que sería una blasfemia si se aplicara a cualquier otro hombre. Miremos la revelación de Pedro sobre quién es realmente Jesús.
“TÚ ERES EL CRISTO…” Es imposible expresar el poder de esta declaración en esta breve carta, o incluso en una biblioteca de libros. “El Cristo” fue el cumplimiento y la encarnación de cada promesa de Dios al pueblo judío. Sin embargo, no fue prometido sólo a los judíos. “El Cristo” fue el regalo de Dios a toda la humanidad.
La primera promesa de “El Cristo” se encuentra en la primera promesa de nuestra redención. Cuando Dios habló de la “simiente” de la mujer que heriría la cabeza de la Serpiente (Génesis 3:15), estaba dando una promesa de “El Cristo” que algún día vendría. Basado en esta promesa, el apóstol Juan escribió más tarde: “El que practica el pecado es del diablo; porque el diablo peca desde el principio. Para esto apareció el Hijo de Dios, para deshacer las obras del diablo.” (1 Juan 3:8). Si Jesús no destruyó las obras del diablo, que es el pecado, no podría ser “El Cristo” que Dios prometió que vendría al mundo.
El día que Abraham ofreció a Isaac en el altar a Dios, vio por el Espíritu que Dios algún día proporcionaría un “cordero” para el sacrificio. Jesús dijo a los judíos: “Abraham vuestro padre se gozó de que había de ver mi día; y lo vio, y se gozó.” (Juan 8:56). Dos mil años antes de Juan el Bautista, Abraham vio “el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Juan 1:29). Fue entonces que Dios le dio a Abraham la promesa de una “descendencia” que “poseería las puertas de sus enemigos” (Génesis 22:1-18). Pablo nos dijo que la “simiente” era Cristo (Gálatas 3:16). Esta promesa se confirma cuando Jesús dijo: «…y las puertas del Hades (infierno) no prevalecerán contra ella.» (Mateo 16:18).
Isaías vio a “El Cristo” como el siervo de Dios que sería dado “…por pacto al pueblo, por luz de las naciones, para que abras los ojos de los ciegos, para que saques de la cárcel a los presos, y de casas de prisión a los que moran en tinieblas.” (Isaías 42:1-7). Este siervo sufriría mucho y sería “llevado como cordero al matadero” (Isaías 53:7) para poder “…asombrar a muchas naciones” (Isaías 52:15).
Quizás la profecía más grande y clara de “El Cristo” le fue dicha a Daniel por el ángel Gabriel. Según Gabriel, “El Cristo” vendría a “…para terminar la prevaricación, y poner fin al pecado, y expiar la iniquidad, para traer la justicia perdurable (eterna)…” (Daniel 9:24). Los apóstoles predicaron el mensaje de “Cristo en vosotros” (Colosenses 1:27). ¡Jesús, el Cristo, cumplió esta profecía al ofrecerse a sí mismo para poner fin al pecado EN TI, hacer la reconciliación por la iniquidad PARA TI y traer justicia eterna A TI!
“EL HIJO DEL DIOS VIVO”. Esta segunda parte de la revelación de Pedro parecía aún más blasfema que decir que Jesús es «El Cristo«. Los judíos entendieron que “el Hijo del Dios viviente” no podía ser un hombre natural. Intentaron matar a Jesús “porque (afirmaban) no solo quebrantaba el día de reposo, sino que también decía que Dios era su propio Padre, haciéndose igual a Dios.” (Juan 5:18).
La mayoría del pueblo judío creía que “El Cristo” sería un gran libertador como Moisés, pero sería simplemente un hombre natural, “el hijo de David”. Jesús les preguntó: “¿Pues cómo David en el Espíritu le llama Señor, diciendo: Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi derecha, Hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies? Pues si David le llama Señor, ¿cómo es su hijo?” (Mateo 22:43-45). David profetizó del día en que Dios engendraría a su propio Hijo, diciendo: “Mi hijo eres tú; Yo te engendré hoy.” (Salmos 2:7). Isaías vio que sería “Emanuel” (Dios con nosotros) (Isaías 7:14). Si “El Cristo” es el Hijo de Dios entonces es mucho más que un simple hombre. Él «es el Señor, es del cielo«. (1 Corintios 15:47).
Los apóstoles identificaron a Cristo como «el Verbo» que estaba «en el principio… con Dios y era Dios» (Juan 1:1) y «…en él fueron creadas todas las cosas» (Colosenses 1:16). El “Verbo fue hecho carne” (Juan 1:14) en la persona de Jesús, el Cristo, y es “la imagen del Dios invisible” (Colosenses 1:15). Jesús nunca fue simplemente un hombre natural. Él no es sólo “El Cristo”, sino que también es “el Hijo del Dios viviente”.
Este simple conocimiento de quién es Jesús, qué vino a hacer y que, de hecho, lo logró todo en la cruz, es “la verdad” que Jesús dijo “¡os hará libres!” (Juan 8:32). Esta simple verdad “trastornó el mundo entero” (Hechos 17:6) en los días de la iglesia primitiva, y todavía es el único “fundamento” que se puede poner. Aquellos que lo creen, sólo por fe son liberados de la presencia y el poder tanto del pecado como de Satanás. Aquellos que se niegan a creerlo están “condenados” a una vida de lucha tanto contra el pecado como contra Satanás en su propio corazón, y a una eternidad sin Dios. Como dijo Jesús, “si no creéis que yo soy (el Cristo), en vuestros pecados moriréis.” (Juan 8:24).
Artículo original publicado en inglés el 6 de Enero de 2018, con el título: The Revelation of Christ (PDF)
NOTA: Todas las citas bíblicas son tomadas de la versión Reina-Valera 1960.

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