
La cruz en la que murió Jesús era sólo un trozo de madera. No tenía ningún poder especial y nunca podría salvar un alma. Es muy probable que su cruz fuera utilizada múltiples veces para ejecutar hombres. Lo único diferente en esta cruz fue quién murió en ella ese día. Cristo, el “VERBO”, la “PALABRA” eterna por quien todas las cosas fueron hechas, se hizo hombre y fue ejecutado en ese trozo de madera. El poder de la cruz no tiene que ver con la cruz misma. Se trata de lo que pasó cuando “el Señor del cielo” murió en esa cruz. Las cosas que se lograron mediante este evento son lo que el apóstol Pablo llamó “la palabra (predicación) de la cruz” (1 Corintios 1:18).
Si dejamos de lado la filosofía religiosa y nos fijamos únicamente en las Escrituras, sólo hay una conclusión a la que podemos llegar sobre la cruz de Cristo. Él no murió para que nosotros escaparamos de la muerte. ¡Cristo murió para que nosotros MURIÉRAMOS con él! Pablo nos dice “sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él, para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado.” (Romanos 6:6). El propósito de la crucifixión de Cristo fue crucificar algo en nosotros. Pablo lo llama «nuestro viejo hombre«. Este es el «hombre adámico». Es esa persona la que fue contaminada con el pecado. Si este “viejo hombre” muriera con Cristo entonces el “cuerpo del pecado” (la fuente entera del pecado) sería destruido y ya “no sirvamos más al pecado”.
La única respuesta que la Ley tenía para el pecado era, en última instancia, matar al pecador. Sin embargo, para Dios esto no era ninguna respuesta. No quería matar al pecador; quería matar el pecado. Pablo explica esto diciendo: “Porque lo que era imposible para la ley, por cuanto era débil por la carne, Dios, enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado y a causa del pecado, condenó al pecado en la carne” (Romanos 8:3). El propósito de la muerte de Jesucristo en la cruz fue que nuestra persona pecadora muriera con Cristo, librándonos así tanto del poder como de la presencia del pecado. Por eso Pablo dijo con valentía: “¡Con Cristo estoy juntamente crucificado!” (Gálatas 2:20).
Las Escrituras nunca hablan de nuestra crucifixión como un proceso continuo. Siempre se refiere a ello en tiempo pasado. “Habéis muerto…” (Colosenses 3:3). “Estoy crucificado…” (Gálatas 2:20). “Nuestro viejo hombre fue crucificado…” (Romanos 6:6). «Consumado es (Esta terminado).» (Juan 19:30). Este es el mensaje de la cruz. Es un mensaje de muerte. No hay vida en ello en absoluto. ¡Es la muerte del pecado! ¡Es la muerte de lo viejo! Todo lo que estaba unido a Cristo en su cruz está muerto. Es en esta muerte que somos liberados de toda obra de las tinieblas. Pablo nos exhorta a “reconocer” este hecho absoluto. Él dice: “Así también vosotros consideraos muertos al pecado…” (Romanos 6:11). Si no puedes “ver” esta verdad, no la creerás y no será eficaz en ti.
La “muerte de cruz” con Cristo nos da liberación absoluta del pecado, pero la muerte no es el fin último, porque “muerte” no es “vida”. Estar “muertos al pecado” revela lo que ya no somos, pero ser un hijo de Dios implica mucho más que no ser lo que una vez fuiste. Este “mucho más” se llama “vida eterna”. La vida no se encuentra en la cruz. La vida se encuentra en la resurrección. Cristo salió de la tumba para resucitarnos y “andemos en (su) vida nueva” (Romanos 6:4). Pablo dice que Dios “…nos dio vida juntamente con Cristo” (Efesios 2:5). Es a través de esta vivificación con Cristo que nacemos del Espíritu de Dios. Pedro nos dice que Dios “…nos hizo renacer para una esperanza viva, por la resurrección de Jesucristo de los muertos…” (1 Pedro 1:3). La vida que poseemos está directamente relacionada con la persona de Jesucristo. A través de su resurrección recibimos “un corazón nuevo y un espíritu nuevo” (Ezequiel 36:26) cuando el Espíritu del Hijo de Dios es enviado a nuestros corazones (Gálatas 4:6). Sin su resurrección no habría vida alguna. Pablo nos recuerda: “y si Cristo no resucitó, vuestra fe es vana; aún estáis en vuestros pecados.” (1 Corintios 15:17).
Si Cristo no hubiera sido crucificado, no habría habido resurrección de Cristo. Aun así, nadie «resucitó con Cristo» si no fue primero «crucificado con Cristo«. No existe tal cosa como ser pecador e hijo de Dios al mismo tiempo. Uno es el viejo y el otro es el nuevo. Uno está muerto y el otro está vivo. Si el pecador está vivo no ha habido crucifixión. Y si no ha habido crucifixión con Cristo, no hay resurrección con Cristo. Recuerde las palabras de Pablo: “Palabra fiel es esta: Si somos muertos con él, también viviremos con él” (2 Timoteo 2:11).
Considere estas palabras del apóstol Pablo en 2 Corintios 5:17:
“De modo que si alguno está en Cristo…” ¡Cualquiera! ¡Todos! ¡Cada persona que está en Cristo!
“…nueva criatura es…” ¡Son nuevas creaciones; nacidas de nuevo mediante la resurrección de Jesucristo!
“…las cosas viejas…” ¡El viejo hombre! ¡El cuerpo del pecado! ¡La naturaleza pecaminosa!
“…pasaron…” ¡Fallecidos! ¡Muerto! ¡Desaparecido!
“…he aquí todas son hechas nuevas”. ¡Un corazón nuevo! ¡Un nuevo espíritu! ¡Una nueva naturaleza! ¡Una nueva persona!
A muchas personas se les está enseñando a poner su fe en la cruz. Esta es una fe equivocada, porque nuestra fe pertenece a Cristo, que murió en la cruz. La “cruz” no es fuente de nada para el creyente, porque es el “fin” absoluto del viejo hombre y de todo lo que le pertenece. La resurrección es el nacimiento de la “nueva criatura” y la fuente de todo lo nuevo. Algo para recordar mientras adoramos a nuestro salvador resucitado en este “Domingo de Resurrección” es: “Su muerte es nuestra muerte, Su sepultura es nuestra sepultura, Su resurrección es nuestra resurrección y Su victoria es nuestra victoria”. ¡Aleluya! ¡Cristo ha resucitado!
Artículo original publicado en inglés el 30 de Mazo de 2018, con el título: The Cross and the Resurrection (PDF)
NOTA: Todas las citas bíblicas son tomadas de la versión Reina-Valera 1960.

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