60. El agua y la sangre

Mientras su cuerpo sin vida colgaba de la cruz, un soldado romano tomó su lanza y la clavó en el costado de Jesús. De la abertura causada por la lanza, brotó agua y sangre. Esto era muy extraño porque una vez que el corazón deja de latir el cuerpo no sangra. Sin embargo, John es inflexible; fue AGUA Y SANGRE lo que fluyó del costado de Jesucristo (Juan 19:34). Juan continúa diciendo: “Y el que lo vio da testimonio, y su testimonio es verdadero…” (Juan 19:35). Por supuesto, Juan vio el agua y la sangre, pero en esta declaración está hablando de alguien mucho más grande que Juan que también fue testigo de este evento.

Más de sesenta años después de la crucifixión de Cristo, el apóstol Juan es un hombre anciano cuando da un registro escrito de cómo podemos saber que permanecemos en Cristo (1 Juan 4:13). Juan es muy claro, los que permanecen en Cristo no pecan (1 Juan 3:6), hacen justicia (1 Juan 2:29), y vencen al mundo (1 Juan 5:4). Es al hablar de los que vencen al mundo que Juan nos da la gran fuente de su victoria, diciendo “Este es Jesucristo, que vino mediante agua y sangre; no mediante agua solamente, sino mediante agua y sangre…” (1 Juan 5:6). En esta sencilla declaración, Juan nos deja saber que venir a Jesucristo es venir por el agua y la sangre que brotaron de su costado traspasado. Juan nos recuerda que no fue sólo agua lo que brotó ese día, sino agua Y sangre. La verdad de lo que pasó es tan importante que Juan dice: “Y el Espíritu es el que da testimonio; porque el Espíritu es la verdad.” (1 Juan 5:6, Juan 19:35). El apóstol Pablo confirma que el “que vino mediante agua y sangre” está hablando del creyente que viene a Dios, cuando nos exhorta a “…entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de Jesucristo, por el camino nuevo y vivo que él nos abrió a través del velo, esto es, de su carne” (Hebreos 10:19-20).

La importancia de ambos, “el agua y la sangre”, se revela en la epístola a los Hebreos. La Ley, al tener sólo una “sombra de los bienes venideros” (Hebreos 10:1), sólo podía darnos “vislumbres oscuros” de la realidad que Cristo nos traería. En el centro de la limpieza ceremonial de la Ley estaban el agua y la sangre. El apóstol dijo “…casi todo es purificado, según la ley, con sangre; y sin derramamiento de sangre no se hace remisión.” (Hebreos 9:22). La otra parte importante de estas limpiezas fueron las “abluciones” o “lavamientos” (Hebreos 9:10). Se requerían muchos “lavamientos” diferentes, tanto para el sacerdote como para el pueblo; quizás el más importante de ellos sea el “agua de purificación” del que hablaremos más adelante.

La sangre de los machos cabríos y de los toros, siendo sólo un presagio de algo mejor, nunca podría quitar el pecado (Hebreos 10:4). Si pudiera, el adorador ya no tendría “conciencia de pecados” (una conciencia pecaminosa) (Hebreos 10:2). La conciencia de la que se habla en el libro de Hebreos es la “conciencia moral”. Son los pensamientos y sentimientos internos de una persona. La Escritura es clara en que la “sangre de Cristo … limpia nuestra conciencia de obras muertas” (Hebreos 9:14) y “purifica nuestro corazón de una mala conciencia”. (Hebreos 10:22). De hecho, el resumen del mensaje de la sangre en el libro de Hebreos es que “…también Jesús, para santificar al pueblo mediante su propia sangre, padeció fuera de la puerta.” (Hebreos 13:12). La sangre de Cristo fue derramada para limpiarnos de la fuente del pecado, que es la conciencia pecaminosa (la naturaleza pecaminosa). Sólo cuando tu conciencia es limpiada por la sangre de Cristo cesa tu lucha con el pecado.

Según la Ley, el propósito de los “lavamientos” era un poco diferente al propósito de “rociar la sangre”. Mientras que la sangre trataba ceremonialmente con la iniquidad del pueblo, los lavamientos tenían más que ver con la inmundicia y la contaminación. Los sacerdotes se lavaban antes de entrar a los lugares santos o realizar ciertos servicios sacerdotales. Había lavados para la gente que en la mayoría de los casos parecían tratar principalmente de evitar que la contaminación se transmitiera a otros. En el centro de esto estaba el “agua de purificación”.

La Ley ordenaba al sacerdote ofrecer una “ternera roja” como holocausto. Entonces “un hombre limpio recogerá las cenizas de la vaca y las pondrá fuera del campamento en lugar limpio, y las guardará la congregación de los hijos de Israel para el agua de purificación; es una expiación” (Números 19:9). Al llamar a esta “agua de purificación” una “expiación” (NT. en KJV aparece cómo “purificación del pecado”), la Ley hablaba de la realidad que un día llegaría a existir mediante la ofrenda de Cristo. De hecho, Israel utilizó el agua de purificación para limpiar a las personas que habían estado en contacto con cosas contaminadas, inmundas o dañinos. Pablo lo dijo “…santifica para la purificación de la carne” (Hebreos 9:13). Considere el siguiente pasaje:

y cualquiera que tocare algún muerto a espada sobre la faz del campo, o algún cadáver, o hueso humano, o sepulcro, siete días será inmundo. Y para el inmundo tomarán de la ceniza de la vaca quemada de la expiación, y echarán sobre ella agua corriente en un recipiente; y un hombre limpio tomará hisopo, y lo mojará en el agua, y rociará sobre la tienda, sobre todos los muebles, sobre las personas que allí estuvieren, y sobre aquel que hubiere tocado el hueso, o el asesinado, o el muerto, o el sepulcro. Y el limpio rociará sobre el inmundo al tercero y al séptimo día; y cuando lo haya purificado al día séptimo, él lavará luego sus vestidos, y a sí mismo se lavará con agua, y será limpio a la noche. Y el que fuere inmundo, y no se purificare, la tal persona será cortada de entre la congregación, por cuanto contaminó el tabernáculo de Jehová; no fue rociada sobre él el agua de la purificación; es inmundo.” (Números 19:16-20)

Hasta que sus cuerpos fueran lavados, a la persona contaminada se le prohibía entrar en la congregación para no “contaminar el tabernáculo de Jehová”. Cuando una persona nace verdaderamente de Dios, su conciencia es limpiada del pecado y el pecado ya no está en su corazón ni en su naturaleza. Sin embargo, su cuerpo había sido herramienta de iniquidad y llevaba las contaminaciones o “manchas” del pecado como la fornicación, el adulterio, la perversión, la ira y muchas otras cosas similares. Muchos hijos de Dios se alegran de que su corazón haya sido purificado, pero aún cargan con la condenación por los pecados que una vez cometieron a través de su cuerpo. “¿Será aceptado en la santa presencia de Dios mi cuerpo que una vez fue usado para la fornicación?” “¿Pueden estas manos que una vez golpearon con ira y odio ser alguna vez instrumentos de justicia ante el Altísimo?” Algunos creyentes se preguntan si la mancha del pecado todavía está presente en sus miembros carnales. “¿Estoy profanando el santuario del Señor con mi presencia?”.

El apóstol responde a cada una de estas preguntas en su sencilla exhortación a los hijos de Dios. Él dice: “Así que, hermanos, teniendo libertad para entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de Jesucristo,acerquémonos con corazón sincero, en plena certidumbre de fe, purificados los corazones de mala conciencia, y lavados los cuerpos con agua pura.» (Hebreos 10:19, 22). Es necesario establecer en cada hijo el entendimiento de Dios que Cristo no solo purificó su corazón de una mala conciencia, sino que también lavó su cuerpo con agua pura. Lo hizo con la sangre y el agua que brotaron de su costado traspasado.

El apóstol Pablo nos recuerda esta maravillosa verdad cuando habla de aquellos que no heredarán el reino de Dios. Nombra a los fornicarios, los idólatras, los adúlteros, los afeminados, los que se echan con varones y hacedores de otras cosas similares. Luego habla a los hijos de Dios diciendo, “Y esto ERAIS algunos; mas ya habéis sido lavados, ya habéis sido santificados, ya habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesús, y por el Espíritu de nuestro Dios.” (1 Corintios 6:11). El agua y la sangre que brotó del costado de Cristo santificó nuestros corazones del pecado y lavó nuestros cuerpos de toda contaminación y mancha. Acércate a la presencia de Dios con “plena certidumbre de fe”.

Artículo original publicado en inglés el 4 de Julio de 2018, con el título: The Water and the Blood (PDF)

NOTA: Todas las citas bíblicas son tomadas de la versión Reina-Valera 1960.

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