68. Una condición antinatural

Supongamos que un joven sufre un accidente y pierde un brazo y una pierna. A medida que se recupera, se ve obligado a adaptarse a la vida sin el uso de estos dos importantes miembros. Es una gran lucha, pero vuelve a aprender a realizar casi todas las tareas de su vida. Las cosas sencillas ahora se complican. Tareas que antes daba por sentadas, como vestirse o preparar una comida, de repente se vuelven increíblemente difíciles para este hombre. Sin embargo, con entrenamiento, ayuda y pura determinación, sigue adelante en la vida. En los meses y años siguientes, se adapta a esta nueva realidad de la vida e incluso sorprende a los demás con lo bien que puede desenvolverse. A medida que pasan las décadas, su forma de vida casi le parece natural… ¡pero no lo es! Esta situación fue causada por una horrible tragedia, y no es natural en absoluto.

No es natural que una persona sea pecadora. ¿Y qué si esa ha sido la condición de la humanidad durante muchos miles de años? Entonces, ¿qué te dice cada experiencia de vida que esto es exactamente lo que significa ser humano? No fuimos creados para ser pecadores. Dios creó al hombre a su imagen y semejanza (Génesis 1:26), y lo coronó “de gloria y de honra” (Salmos 8:5). El pecado llegó a la humanidad a través de una gran tragedia. Algo horrible entró en nuestros corazones que pervirtió la esencia misma de lo que significa ser humano. Podemos llamarlo naturaleza pecaminosa, ¡pero no es natural!

La Biblia dice que “…por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores…” (Romanos 5:19). Todos fuimos “constituidos pecadores” cuando el pecado “entró en el mundo” a través de la transgresión de Adán (Romanos 5:12). Esta cosa llamada “Pecado” entró como un gran contaminante, o veneno, que llenó el alma humana. Desde el principio mismo, su presencia en nosotros cambió cada área de nuestra existencia. El primer hijo de Adán mató a su hermano Abel por envidia… y lo peor aún estaba por venir.

La obra del pecado en la humanidad llegó a ser tan horrible que “…se arrepintió Jehová de haber hecho hombre en la tierra, y le dolió en su corazón.” (Génesis 6:6). Dios envió el gran diluvio y destruyó a todos excepto a Noé y su familia, pero el pecado sobrevivió el diluvio a través de y en los corazones de aquellos ocho que se salvaron y comenzó a aumentar aún más. Sodoma y Gomorra se entregaron a la inmundicia y la perversión y fueron destruidas, pero esta cosa llamada pecado continuó haciendo estragos.

De alguna manera teníamos que controlar la ira y dominar las pasiones. Moisés dio la Ley, pero esto sólo hizo que el Pecado abundara (Romanos 5:20). Después de mil quinientos años de dominio de la Ley, su veredicto sobre quienes estaban bajo ella fue: “No hay justo, ni aun uno” (Romanos 3:10, 19). ¿Quién podría negar entonces que el Pecado era el amo de toda la humanidad? Aunque esto era cierto y el dominio del Pecado no tenía excepciones, seguía siendo una condición antinatural para la humanidad.

El apóstol nos recuerda la pregunta de David: “¿Qué es el hombre, para que te acuerdes de él, o el hijo del hombre, para que le visites?” (Hebreos 2:6). ¿Por qué Dios consideraría la condición de un hombre o una mujer pecadores? ¿Por qué no simplemente destruirlos y acabar con todo? La respuesta sencilla es que Él no nos hizo pecadores. El pecado nunca fue nuestra condición natural. Dios nos hizo para que fuéramos una manifestación de su imagen y gloria. Aunque eso se perdió por la transgresión, el gran deseo de Dios fue restaurar su creación caída a la condición que él predestinó de antemano (Romanos 8:29).

Las Escrituras son claras en que Cristo sufrió con el propósito de “…llevar muchos hijos a la gloria” (Hebreos 2:10). Para hacer esto, tendría que lograr lo único que nada ni nadie más podría lograr: “quitar el pecado del mundo” (Juan 1:29). Esa cosa antinatural tendría que ser purificada del corazón y del alma del hombre (Hebreos 1:3). Esto lo hizo Jesucristo en la cruz del Calvario. Allí “santificó al pueblo mediante su propia sangre” (Hebreos 13:12) y “lo limpió de toda maldad” (1 Juan 1:9). Sufrió la muerte de cruz para que “el viejo hombre fuera crucificado juntamente con él, para que el cuerpo del pecado fuese destruido, a fin de que no sirviéramos más al pecado” (Romanos 6:6). Luego envió ministros a todas partes con este sencillo evangelio para que cualquiera que lo creyera tuviera “purificado por la fe su corazón.” (Hechos 15:9). Esto cumplió la promesa que Jesús hizo, diciendo: “Y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres” (Juan 8:32).

En el Calvario, Dios restauró para sí un pueblo “limpio de manos y puro de corazón” (Salmos 24:4). Por la obra de la sangre de Cristo, ahora llegamos a la presencia de Dios “…purificados los corazones de mala conciencia, y lavados los cuerpos con agua pura.” (Hebreos 10:22). Somos liberados del pecado (Romanos 6:22). Esta es la condición natural de los hijos de Dios.

Artículo original publicado en inglés el 13 de Octubre de 2018, con el título: An Unnatural Condition (PDF)

NOTA: Todas las citas bíblicas son tomadas de la versión Reina-Valera 1960.

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