69. El cuerpo y la sangre de Cristo

Durante siglos, los teólogos se han centrado en la humanidad de Cristo, buscando descubrir una razón por la que Dios “requirió que un hombre” muriera para nuestra redención. De este concepto erróneo han surgido muchas teorías de expiación “sin soporte bíblico”. La “teoría de la satisfacción” de Anselmo presentó a Cristo viniendo como hombre para pagar una gran deuda de honor que la humanidad le debía a Dios. Debido a que la humanidad había deshonrado tanto a Dios mediante la transgresión, Cristo como hombre tuvo que pagarle a Dios más honor que la suma total de la deshonra de la humanidad. La “sustitución penal” de Calvino presenta que Cristo tuvo que convertirse en hombre para tomar sobre sí el castigo por todos los pecados de la humanidad. Otras teorías presentan que Cristo tuvo que venir y vivir una vida perfecta como hombre para que su vida sin pecado pudiera ser contada ante nosotros como justicia a los ojos de Dios. Todas estas teorías están empapadas de filosofía humana, pero casi no tienen fundamento bíblico.

En nuestra generación, los maestros han tropezado entre sí al intentar demostrar que Cristo era exactamente como cualquier hombre natural. Dicen que pudo haber pecado, que luchó con el pecado y que incluso quiso pecar. Algunos han enseñado que luchó contra los deseos carnales y los dominó mediante la oración, el ayuno y la abnegación. Otros dicen que Cristo era simplemente un hombre natural sobre la tierra que hizo todo lo que hizo mediante el “poder de la fe”. Un famoso “maestro de la fe” llegó al extremo de declarar que él, siendo igual a Jesús sobre la tierra, podría habernos redimido tan bien como lo hizo Cristo. Una vez más, estos maestros han “cambiado la gloria del Dios incorruptible en semejanza de imagen de hombre corruptible…” (Romanos 1:23).

Jesucristo no era sólo un hombre. Algunos tratan de demostrar que en la tierra era 100% hombre, pero esto simplemente no es verdad. Jesucristo es “el VERBO” hecho carne. Él es la “…imagen misma de su (Dios) sustancia” (Hebreos 1:3). Nació “Santo” (Lucas 1:35) y no tenía pecado ni naturaleza pecaminosa, pues Juan escribe “no hay pecado en él” (1 Juan 3:5). El testimonio de Juan fue que “su gloria” era “gloria como del unigénito del Padre” (Juan 1:14). Continuó diciéndonos que el mensaje que recibieron al ver, oír y tocar la palabra de vida (Jesucristo), fue que “Dios es luz, y no hay ningunas tinieblas en él.” (1 Juan 1:5).

Incluso el cuerpo terrenal de Jesucristo era diferente al de los demás hombres. Su cuerpo carnal no podía haber sido 100% hombre. Sí, María era su madre, pero Dios era su padre. El ángel dijo: “Lo que en ella (María) es engendrado, del Espíritu Santo es.” (Mateo 1:20). No hay cuerpo humano que sea 100% de su madre. El apóstol nos dice: “(Cristo) entrando en el mundo dice: Sacrificio y ofrenda no quisiste; Mas me preparaste cuerpo.” (Hebreos 10:5). El cuerpo de Jesús no era igual a ningún otro cuerpo humano que haya existido o exista. Su cuerpo humano tuvo a María como madre y a Dios Todopoderoso como padre. Esta es la razón por la que su sangre santifica y su muerte destruyó tanto al pecado como a Satanás.

Toda la creación, todo lo que fue hecho, fue creado en, por, a través de y para Cristo. Incluso Lucifer fue creado en perfección por y en Cristo. Sin embargo, Lucifer, a quien conocemos como Satanás, cayó y llevó gran parte de la creación perfecta de Dios a la oscuridad de su iniquidad. A través de la transgresión de Adán, la humanidad fue entregada al reino de Satanás, y él se convirtió en el que “tenía el imperio de la muerte” (Hebreos 2:14). Su poder llegó a ser tan grande que ni siquiera Miguel y los ángeles pudieron vencerlo hasta que se derramó la sangre de Cristo (Apocalipsis 12:7-11).

El Calvario nunca tuvo que ver con la muerte de un hombre. Desde el principio, Cristo había estado “en forma de Dios” (Filipenses 2:6). Sin embargo, al estar en “forma de Dios”, no podía morir. Su “muerte” fue su propósito principal al convertirse en “carne y sangre”. La Escritura dice: “Así que, por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él también participó de lo mismo, para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo” (Hebreos 2:14).

Hay algo en la muerte de Cristo que hizo que todo poder de la vieja creación se volviera impotente. Todo había sido creado por Cristo y en Cristo. El apóstol Pablo dijo: “Él es antes de todas las cosas, y todas las cosas en él subsisten” (Colosenses 1:17). Esto significa que Cristo literalmente “mantuvo todo unido”. Cuando murió, la vieja creación se volvió como una rama que ha sido cortada de un árbol. Las hojas pueden parecer verdes por un tiempo, pero han sido cortadas de su fuente de vida e inmediatamente comienzan a marchitarse y decaer. De esta manera, Satanás y los poderes de las tinieblas en ignorancia y arrogancia se destruyeron a sí mismos cuando mataron a aquel por quien habían sido creados. Como dijo Pablo: “la (sabiduría) que ninguno de los príncipes de este siglo conoció; porque si la hubieran conocido, nunca habrían crucificado al Señor de gloria.” (1 Corintios 2:8). A través de la muerte de Cristo, el poder de la vieja creación fue destruido, pero tres días después, ¡resucitó en victoria con una “Nueva Creación” en sus manos! Aquellos que resucitan con Cristo son “nuevas criaturas” y han sido sacados del pecado, la muerte y la decadencia de la vieja creación caída.

Si el cuerpo físico de Jesús nació de Dios, entonces también lo fue su sangre. La Biblia describe la inutilidad de los sacrificios de la ley, diciendo: “porque la sangre de los toros y de los machos cabríos no puede quitar los pecados.” (Hebreos 10:4). Si tomaras toda la sangre de todos los animales que alguna vez fueron sacrificados a Dios, no podrías encontrar ni una gota que tuviera el poder de quitar los pecados. Lo mismo sería cierto si tomaras la sangre de todos los apóstoles y profetas, y de todos los santos de Dios que alguna vez existieron. Aún así no encontrarías una gota de sangre que pudiera destruir a Satanás o lavar una sola alma del pecado. Solo la sangre de Jesús tiene poder para santificar (Hebreos 13:12), no porque sea la sangre de un hombre sin pecado, sino porque de hecho es “la sangre preciosa de Cristo” (1 Pedro 1:19).

Artículo original publicado en inglés el 13 de Noviembre de 2018, con el título: The Body and Blood of Christ (PDF)

NOTA: Todas las citas bíblicas son tomadas de la versión Reina-Valera 1960.

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