
Mi primer hijo tenía cinco meses cuando los médicos dieron el informe. La cirugía requeriría quitarle el hueso del cráneo desde el punto blando debajo de las cejas y a lo largo de la sien a los lados de la cabeza. Si no permitía la cirugía, las consecuencias serían horribles. Los médicos dijeron que sin la cirugía, las cosas solo empeorarían y era imposible que algo mejorara. Dios había concedido recientemente un milagro para que mi esposa concibiera este hijo, pero ahora estábamos enfrentando esta situación que cambia la vida. Tenía miedo de lo que podría pasar si no permitía que se hiciera la cirugía, pero también tenía miedo de lo que sucedería si lo permitía. Este “miedo” no era pánico ni tormento. Tampoco era el miedo al Día del Juicio del que habla Juan (1 Juan 4:17-18). Mi miedo era comprender que cualquiera de los dos caminos que tomara podría tener consecuencias insoportables.
En ese momento no creía tener una gran fe. No podía decir: “Sé que Dios hará un milagro”. Lo único que podía hacer era orar y buscar a Dios. A veces llevaba a mi hijo a la iglesia sola para caminar con él en mis brazos y buscar a Dios para que me diera una respuesta. Cuando me preguntaban qué íbamos a hacer, simplemente decía: “No sé”. Entonces, un día, en medio de un servicio dominical por la mañana, Dios me habló tres palabras al corazón: “¡Todo está bien!”. Cancelamos la cirugía y pronto se hizo evidente que lo “imposible” estaba sucediendo y que mi hijo estaría perfectamente sano. ¡Dios había escuchado mi clamor, aunque tenía miedo!
Sé que esto destroza nuestra teología, pero la Biblia es clara en que hubo una ocasión en que Jesús tuvo miedo. Hablando de esto, el apóstol escribió: “Y Cristo, en los días de su carne, ofreciendo ruegos y súplicas con gran clamor y lágrimas al que le podía librar de la muerte, fue oído a causa de su temor reverente1.” (Hebreos 5:7). Este pasaje se refiere a Jesús en Getsemaní la noche antes de su crucifixión. Allí oró y “era su sudor como grandes gotas de sangre que caían hasta la tierra.” (Lucas 22:44).
Pedro, Santiago y Juan estaban presentes cuando Jesús “comenzó a entristecerse y a angustiarse. Y les dijo: Mi alma está muy triste, hasta la muerte; quedaos aquí y velad.” (Marcos 14:33-34). Estoy seguro de que nunca antes habían visto a Jesús así. Apenas una semana antes, aunque preocupado por lo que le esperaba, Jesús habló con valentía acerca de su muerte. Les había dicho: “Ahora está turbada mi alma; ¿y qué diré? ¿Padre, sálvame de esta hora? Mas para esto he llegado a esta hora.” (Juan 12:27). Ahora sus palabras parecían diferentes cuando oró: “Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa…” (Mateo 26:39).
Jesús sabía la agonía que le esperaba en pocas horas. Los profetas ya habían predicho sus sufrimientos. “…de tal manera fue desfigurado de los hombres su parecer, y su hermosura más que la de los hijos de los hombres” (Isaías 52:14), y “…como cordero fue llevado al matadero…” (Isaías 53:7). Los Salmos hablan proféticamente de Cristo, diciendo: “…Sobre mis espaldas araron los aradores; Hicieron largos surcos.” (Salmos 129:3).
Jesús también sabía que David estaba hablando de él cuando dijo: “Abrieron sobre mí su boca Como león rapaz y rugiente. He sido derramado como aguas, Y todos mis huesos se descoyuntaron; Mi corazón fue como cera, Derritiéndose en medio de mis entrañas. Como un tiesto se secó mi vigor, Y mi lengua se pegó a mi paladar, Y me has puesto en el polvo de la muerte. Porque perros me han rodeado; Me ha cercado cuadrilla de malignos; Horadaron mis manos y mis pies. Contar puedo todos mis huesos; Entre tanto, ellos me miran y me observan. Repartieron entre sí mis vestidos, Y sobre mi ropa echaron suertes.” (Salmo 22:13-18).
No hay duda de que Jesús elegiría ir a la cruz. Oró: “Padre mío, si no puede pasar de mí esta copa sin que yo la beba, hágase tu voluntad.” (Mateo 26:42). Jesús no estaba en pánico. No estaba dispuesto a huir. Pero sí tenía gran aprensión por la agonía que le esperaba en pocas horas. Dijo: “el espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil.” (Marcos 14:38). A veces olvidamos que, aunque es el Hijo de Dios, también es el Hijo del hombre. Jesús no tenía pecado, ¡pero sí tenía sentimientos! En la hora de su “temor”, hizo lo único que toda persona debería tener en cuenta. Invocó a aquel que “…podía librar de la muerte…” (Hebreos 5:7).
He visto a muchas personas intentar negar sus “temores” para poder tener “fe”. Tal proceder casi siempre termina en confusión. La fe en Dios se revela más por lo que haces cuando tienes “miedo” que cuando estás lleno de confianza. En su hora de temor y aprensión, Jesús invocó al Padre, quien envió un ángel para fortalecerlo (Lucas 22:43). Es en base a verdades como ésta que el apóstol escribe: “Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado. Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro.” (Hebreos 4:15-16). Jesucristo entiende el sentimiento de tu debilidad… y Él puede compadecerse de ti. ¡Puedes invocarlo hoy mismo!
1 El texto en la KJV termina diciendo “was heard in that he feared”, esto es “fue escuchado en lo que temía”.
Artículo original publicado en inglés el 24 de Agosto de 2019, con el título: I Was Afraid! (PDF)
NOTA: Todas las citas bíblicas son tomadas de la versión Reina-Valera 1960.

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