96. Hundiéndose en la Oscuridad

Cuando era un joven pastor, tenía un gran anhelo de ver un mover de Dios. Mientras buscaba al Señor, Él comenzó a enseñarme a través de su palabra muchos preceptos fundamentales del evangelio de Cristo. Me mostró en las Escrituras que el Nuevo Pacto es la ley de Dios escrita en el corazón de su pueblo por el Espíritu de Dios (Hebreos 8:10-11). Me permitió entender que esto no es un proceso, sino el milagro mismo de la salvación. También me mostró cómo los redimidos han recibido gracia correspondiente por cada gracia con la que Jesús fue lleno (Juan 1:14). El apóstol Juan dijo: “Porque de su plenitud tomamos todos, y gracia sobre gracia.” (Juan 1:16). Mientras ministraba estas cosas, nuestra congregación cobró vida. Muchos fueron levantados de sus luchas hacia la gloriosa libertad de los hijos de Dios. La libertad del pecado y de Satanás que Jesús prometió se convirtió en su realidad. La justicia no era un esfuerzo, sino simplemente la condición natural de aquellos que viven en Cristo. Verdaderamente fue un tiempo de refrigerio en la presencia de Dios.

Un día, algo llamó mi atención y comenzó a cambiar las cosas. Me di cuenta de una actividad que involucraba a uno de los miembros de nuestra iglesia, y estaba convencido de que algo tenía que hacerse. Mirando hacia atrás, confieso que probablemente estaba más ofendido de que algo así se atreviera a estar en «mi iglesia» que preocupado por la persona involucrada. Aun así, no estaba demasiado alarmado. Tal vez era joven, pero podía ser firme si era necesario. Ciertamente podía «manejar» esta situación.

Mi mensaje cambió rápidamente de declarar las glorias del evangelio de Cristo, que Dios había estado revelando en mi corazón, a un mensaje que declaraba: «Más vale que te pongas a cuentas, o de lo contrario…». Habíamos estado viendo un gran regocijo en la presencia de Dios, pero esto disminuyó cuando los santos comenzaron a venir al altar para arrepentirse. Creí que esto era un buen comienzo, pero no era suficiente, porque aún no había logrado alcanzar a la persona sobre quien mi mente estaba preocupada. Servicio tras servicio, predicaba lo que Dios requería que hiciera su pueblo. Hoy llamo a esto un evangelio de «hazlo mejor». Parecía que la mayoría de la congregación ahora se arrepentía en casi todos los servicios, excepto la persona a la que estaba predicando. Sin embargo, no podía evitar notar que la presencia de Dios y el “gloriarse (NT. regocijarse en KJV) en Cristo Jesús” (Filipenses 3:3) se habían apartado de nuestras reuniones.

Una oscuridad comenzó a asentarse sobre la iglesia. Uno a uno, los santos que habían estado regocijándose en las glorias de su salvación vinieron a mí, expresando cómo sus corazones ahora estaban turbados con cosas que una vez habían sido quitadas por Jesucristo. «¡Ay de mí!», pensé. «Las cosas están peor de lo que sabía. Los problemas deben estar extendiéndose por toda la congregación». El diablo había encontrado un lugar. ¿Pero dónde? Decidí predicar más duro, más fuerte y más directo que nunca. Este diablo no tendría dónde esconderse. Sin embargo, cuanto más presionaba mi caso, peor se ponían las cosas. Parecía que no se podía hacer nada, y tanto la congregación como yo nos hundíamos en la oscuridad.

No lo entendía en ese momento, pero mi ministerio se había convertido en la fuente de la oscuridad. Había dejado a un lado el poder del evangelio de Cristo porque vi a una persona que parecía no ser afectada por él, y me había convertido en alguien como aquellos a quienes Pablo preguntó: “¿Tan necios sois? ¿Habiendo comenzado por el Espíritu, ahora vais a acabar por la carne?” (Gálatas 3:3). Satanás había puesto el anzuelo, y yo lo había mordido.

El apóstol Pablo hizo una comparación entre un ministerio que trae condenación al pueblo y un ministerio que les imparte justicia. Él dijo: “Porque si el ministerio de condenación fue con gloria, mucho más abundará en gloria el ministerio de justificación.” (2 Corintios 3:9). El primer ministerio del que habló condenaba al pueblo por el pecado, pero no tenía poder para cambiar lo que ellos eran en su corazón. El segundo ministerio al que se refiere es el ministerio del evangelio de Cristo. Este es el único que tiene el poder para hacer justas a las personas. Por eso se le llama el “ministerio de justificación”. ¿Por qué un ministro elegiría un ministerio que solo puede condenar, cuando Dios nos ha encomendado un ministerio con el poder de transformar completamente a quienes lo reciben? (2 Corintios 4:1).

El apóstol Pablo predicó “arrepentimiento para con Dios, y de la fe en nuestro Señor Jesucristo.” (Hechos 20:21). Un mensaje de arrepentimiento que no señala a la sangre de Jesucristo como la respuesta completa y única para el pecado y la impureza, es un mensaje vacío e impotente. Si logro que diez mil personas pasen al altar prometiéndole a Dios “hacerlo mejor,” todo lo que habré conseguido son diez mil promesas que no agradarían a Dios, incluso si se cumplieran. Solo hay un medio dado por el cual una persona puede ser transformada a la imagen de Jesucristo. Es al ver el poder redentor de Cristo con los ojos del entendimiento. Pablo dijo: “Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor.” (2 Corintios 3:18).

Predicar el evangelio es predicar “¿Quién es Cristo?”, “¿Qué fue enviado a cumplir?”, y “¿Cómo Jesucristo lo logró todo a través de Su muerte en la cruz?” La persona que entiende esto ve la “iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo.” (2 Corintios 4:6), ¡y es transformada a esa misma gloriosa imagen!

Artículo original publicado en inglés el 19 de Noviembre de 2019, con el título: Sinking into Darkness (PDF)

NOTA: Todas las citas bíblicas son tomadas de la versión Reina-Valera 1960.

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