
Las palabras de Jesús, “la verdad os hará libres”, fueron recibidas como un insulto por aquellos a quienes hablaba. Ellos dijeron: “Linaje de Abraham somos, y jamás hemos sido esclavos de nadie”. ¿Cómo se atrevía a insinuar que estaban en algún tipo de esclavitud? Le exigieron una respuesta a Jesús, diciendo: “…¿cómo dices tú: Seréis libres?” (Juan 8:31-36). La respuesta de Jesús solo los ofendió aún más.
Jesús fue muy directo. Dijo: “Todo aquel que hace pecado, esclavo es del pecado.” ¿Podría esto ser cierto? ¿Es el pecado un amo espiritual sobre el pecador? Sí, es cierto. Un pecador es un esclavo y seguirá siéndolo hasta que alguien lo libere de la esclavitud del pecado. Jesús confirmó esto, diciendo: “Así que, si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres.” (Juan 8:36).
En el testimonio del apóstol Pablo sobre lo que experimentó al esforzarse por servir a Dios bajo la Ley antes de llegar a Cristo (Romanos 7:5), nos lleva de regreso al momento en que se vio obligado a reconocer que “el gran Saulo de Tarso”, quien “en cuanto a la justicia que es en la ley, era irreprensible” (Filipenses 3:6), era en realidad… un esclavo del pecado. Esta realización lo destrozó y puso todo su mundo en un caos.
Saulo, al igual que los judíos que disputaban con Jesús, no se consideraba a sí mismo un pecador. De hecho, Jesús dijo: “Si yo no hubiera venido, ni les hubiera hablado, no tendrían pecado…” (Juan 15:22). Los judíos no tenían concepto de una naturaleza pecaminosa. Eran irreprensibles externamente, pero el mensaje de Jesús era que ¡el pecado en el corazón ES PECADO! Una persona que “mira a una mujer para codiciarla” es, de hecho, un adúltero (Mateo 5:28). Este mensaje despojó su ilusión de espiritualidad, y esto se convirtió en la causa principal de su odio hacia Jesús.
Saulo se consideraba a sí mismo irreprensible y sin pecado hasta que comenzó a entender el décimo mandamiento. Las palabras “No codiciarás” (Romanos 7:7) juzgaban el contenido de su corazón. Mientras Saulo intentaba erradicar el pecado de su corazón, algo comenzó a arder en su interior y lo obligó a enfrentar una verdad innegable sobre sí mismo.
Nunca en la vida de Saulo, ni antes ni después de su conversión a Cristo, hay evidencia de inmoralidad, deshonestidad o engaño. Incluso su declaración de que era “el primero” de los pecadores está directamente relacionada con su papel en la persecución de la iglesia (1 Timoteo 1:13-15). Sus palabras, “Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago” (Romanos 7:19), no se referían a una impureza moral, sino que expresaban el conflicto de Saulo respecto a su persecución de la iglesia. En toda su furia contra los creyentes, Saulo nunca transgredió la Ley de Moisés. Sin embargo, la ira y el enojo que hervían en su interior lo perturbaban. Siempre se había considerado a sí mismo un hombre “espiritual,” pero ahora estaba lleno de rabia, arrastrando a los cristianos de sus hogares y echándolos en prisiones. Saulo odiaba en lo que se estaba convirtiendo, pero no podía evitarlo. Algo dentro de él lo impulsaba, y no podía controlarlo. “Maldición y amargura” comenzaron a salir de su boca (Romanos 3:14), y se encontró “…respirando amenazas y muerte contra los discípulos del Señor…” (Hechos 9:1).
Saulo comenzó a considerar su propia condición. Si no puede hacer lo que quiere hacer, sino que hace lo que no quiere hacer, entonces es evidente que está bajo el control de algo más poderoso que él mismo. Aquí es donde la verdadera realidad de su condición golpea a Saulo como un martillo. Escribió: “Y si hago lo que no quiero, ya no lo hago yo, sino el pecado que mora en mí” (Romanos 7:20). Nunca antes había considerado que el pecado moraba dentro de él, pero la evidencia de esto era abrumadora. Concluyó que si era el pecado que moraba en él lo que lo controlaba, entonces ¡el pecado debía ser SU AMO! ¡Oh, el horror que invadió a este fariseo autojustificado al darse cuenta de esto! Si esto era cierto, entonces él no era la persona espiritual que creía ser, sino que era “carnal, vendido al pecado” (Romanos 7:14). ¡No! ¿Cómo podía ser posible? El gran Saulo de Tarso, un hebreo de hebreos, ¿ES UN ESCLAVO? Su “casa” religiosa entera comenzó a derrumbarse. Mientras se sumía en la desesperanza, su alma comenzó a clamar: “¡Miserable de mí! ¿quién me librará de este cuerpo de muerte?” (Romanos 7:24).
Saulo ya no podía negar que, de hecho, era un esclavo del pecado, pero ¿quién podría liberar a este miserable esclavo? Sus siguientes palabras revelan la respuesta: “Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro” (Romanos 7:25). Cuando Saulo se rindió a Jesucristo en el camino a Damasco, fue liberado del pecado, para no volver a servirle jamás (Romanos 6:6). ¡La “verdad” lo había hecho libre!
Artículo original publicado en inglés el 26 de Febrero de 2020, con el título: Am I a Slave? (PDF)
NOTA: Todas las citas bíblicas son tomadas de la versión Reina-Valera 1960.

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