108. Hay una resurrección

El 5 de febrero de 1984, después de mucha resistencia, me entregué a Jesucristo y nací de nuevo por el Espíritu del Dios Todopoderoso. Mi lucha con el Señor había durado varios años, pero Él prevaleció y mi fuerza llegó a su fin. En los pocos años previos a esta hora, caí en tal oscuridad espesa y me convertí en el tipo de persona que siempre había despreciado. Estaba casado apenas hacía un año, pero ese matrimonio se estaba desmoronando y estábamos al borde del divorcio.

No llegué a Cristo para salvar mi matrimonio. La verdad es que estaba en tanta oscuridad que no me importaba si mi matrimonio sobrevivía o no. Solo pensaba en mí y en lo miserable que era. El descontento y la inmoralidad llenaban mi corazón y mis pensamientos. Por más que ella lo intentó, no había nada que mi esposa pudiera hacer para hacerme feliz… y yo le hice saber lo indeseable que era.

No era diferente en el trabajo. Una mañana llegué al trabajo con una resaca de la noche anterior. Un joven entró cantando “Hay poder en la sangre”. Mirándolo fijamente, le dije: “¿Por qué no te callas?”. Al darme vuelta para irme, lo escuché decir: “Convicción, convicción, convicción”. Antes de que pudiera terminar de decir “convicción” por tercera vez, lo agarré del cuello y lo estampé contra la pared, gritando: “¡No es así!”. Creo que estaba tan enojado porque en mi corazón sabía que él tenía razón. Es difícil “dar coces (patadas) contra el aguijón” (Hechos 26:14).

Incluso mi familia más cercana parecía enfurecerme. Estaba ayudando a mi papá a poner un techo en su casa cuando comenzó a contarme cómo Dios se estaba moviendo en la iglesia, un lugar en el que no había estado en varios años. Me habló de cómo el Espíritu de Dios había descendido sobre el lugar y de todas las personas que se estaban salvando. Mi hermano mayor había llegado al Señor y unas semanas después su esposa también se salvó y fue bautizada con el Espíritu de Dios. Cuando comenzó a contarme sobre otros, vio la “sonrisa burlona” en mi rostro que revelaba los pensamientos de “sí, claro” en mi mente. Me miró y habló con firmeza, diciendo: “Hijo, tu problema es que ni siquiera crees que hay un Dios”. Inmediatamente, la ira se levantó dentro de mí. “¿Cómo se atreve a cuestionar mi fe en Dios? Sé más acerca de Dios que casi cualquiera que conozco”. Verás, realmente pensaba que esto era cierto. Hubo veces en las que incluso me sentaba en un club nocturno con una “resaca” y “corregía” a la gente sobre sus creencias acerca de Dios. ¡Qué tonto era!

La declaración de mi papá me atravesó como una daga y causó que mi miseria aumentara cien veces más. Mientras luchaba con la pregunta de “¿Creo en Dios?”, comencé una caída libre hacia la vacuidad y la oscuridad. De niño, había estado en tantos servicios donde la presencia de Dios llenaba el lugar. Vi sanaciones milagrosas e incluso yo mismo había recibido un milagro. No lo entendía, pero Dios estaba derribando mis muros de resistencia. Todo lo que sabía era que mi vida era insoportable.

En un intento por salvar nuestro matrimonio, mi esposa comenzó a insistir en que fuera a la iglesia. Le dije que no, pero ella siguió insistiendo. Finalmente, para que dejara de hablar del tema, le dije que iría. El siguiente domingo por la mañana, ella me despertó diciendo: “Tienes que vestirte para que podamos ir a la iglesia”. “No voy a la iglesia,” respondí. “Me dijiste que irías la semana pasada”, dijo ella. “Pues no voy”, respondí. “Al menos podrías ser lo suficientemente hombre como para cumplir tu palabra”, contestó ella. Ante eso, cedí y, a regañadientes, dije: “Está bien”.

Cuando llegó la hora de salir de la casa, pregunté: “¿A dónde vamos?” Mi esposa sugirió que probáramos una iglesia en la calle. “No,” respondí bruscamente, “Si voy a perder mi tiempo yendo a la iglesia, voy a ir a algún lugar donde esté Dios.” Mirando atrás, me he preguntado cien veces: “¿Cómo pudo salir una declaración como esa de un tonto tan ciego como yo era en ese entonces?”.

No recuerdo si escuché algo de lo que dijo el evangelista invitado ese día en la Iglesia Calvary Outreach. Todo lo que sabía es lo perdido que estaba y lo avergonzado que me sentía por el tipo de persona en que me había convertido. Tampoco sé cómo terminé arrodillado en el banco del frente durante el servicio de altar. Solo sé que Jesús me encontró allí. En esa hora, él quitó mi pecado y lo lavó de mi corazón, mente y naturaleza. Desde ese día, nunca he tenido ningún deseo por tales cosas. En su lugar, la justicia, la paz, el amor y el gozo llenaron todo mi ser.

Desde ese día, he enfrentado mi parte de pruebas, dificultades, desengaños e incertidumbres. En todos estos momentos he encontrado a mi Señor, Jesucristo, como sanador, proveedor, consolador y amigo. Sin embargo, nada se compara con lo que él hizo por este pobre tonto arrogante que estaba muerto en pecados y demasiado ciego para verlo. Como dice la Escritura: “Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó, aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo…” (Efesios 2:4-5).

Cuando Jesús dijo: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá” (Juan 11:25), no solo hablaba del día en que nos llamaría fuera de la tumba física. Jesús señalaba la hora en que nos llamaría fuera de la tumba del pecado. Toda persona en la que habita el pecado está, de hecho, “muerta en pecado”. Cuando Cristo nos resucita de ello, incluso el hedor de la vida pasada queda atrás. No estoy ofreciendo una teoría cuando les digo que hay una resurrección. ¡Jesucristo es la resurrección… y cuando él me levantó de esa horrible muerte del pecado, colocó su vida dentro de mí!

La oscuridad de la muerte toma muchas formas. La escritura habla de aquellos que están muertos mientras aún viven (1 Timoteo 5:6). No importa lo que enfrentes en este momento. Tu circunstancia o la condición de tu corazón pueden parecer inescapables. Mi mensaje para ti es este: ¡Hay una resurrección! ¡Su nombre es JESUCRISTO!

Artículo original publicado en inglés el 11 de Abril de 2020, con el título: There is a Resurrection (PDF)

NOTA: Todas las citas bíblicas son tomadas de la versión Reina-Valera 1960.

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