113. Provocar a celos

“¡Leroy, Jesús no es mi Mesías!”
“¿Por qué dices eso?” preguntó mi padre.
“Si Jesús fuera mi Mesías, habría puesto fin a los pecados, y no habría estas prostitutas trabajando en las calles frente a mi negocio”.

Mi padre estaba hablando con un empresario judío a quien había conocido desde la secundaria. En su último encuentro, este hombre confesó en privado que creía que Jesús era su Mesías, pero ahora algo había cambiado.

“Jesús sí puso fin al pecado,” respondió mi padre. “Lo hizo en mí. Murió en la cruz y derramó Su sangre para quitar nuestro pecado”.

En otra ocasión, este amigo judío le dijo a mi padre: “¡Leroy, no puedes decirme que podemos salir, mentir y engañar en los negocios, y luego venir a la iglesia y decir ‘Padre, perdona; Padre, perdona’, salir y hacerlo de nuevo, y que todo estará bien!”

“¡No! ¡No te diré eso!” respondió mi padre.

“¡Pues eso es lo que el pastor con quien acabo de hablar me dijo que podía hacer si creía en Jesús!”

Este hombre judío sabía algo acerca de Cristo que muy pocos cristianos parecen entender. Según la profecía del Mesías dada a Daniel por el ángel Gabriel, si Jesús no puso fin al pecado, no puede ser el Cristo. La profecía declara claramente que el Cristo vendría “…para terminar la prevaricación, y poner fin al pecado, y expiar la iniquidad, para traer justicia perdurable…” (Daniel 9:24). La mayor prueba para el judío de que Jesús no es el Cristo es la pecaminosidad de aquellos que se llaman a sí mismos por el nombre de Jesucristo.

Si la iglesia del siglo veintiuno piensa que su mensaje de “Todos somos solo pecadores como tú” va a alcanzar al pueblo judío para Cristo, está gravemente y tristemente equivocada. Cada vez que se proclama ese mensaje, grita desde los tejados: “¡JESÚS NO ES EL CRISTO! ¡JESÚS NO ES EL CRISTO!” Es una prueba para aquellos que han rechazado a Jesús como Mesías de que han tomado la decisión correcta.

Dios prometió a Israel que si obedecían Su voz y guardaban Su pacto, “…vosotros seréis mi especial tesoro sobre todos los pueblos; porque mía es toda la tierra. Y vosotros me seréis un reino de sacerdotes, y gente santa.” (Éxodo 19:5-6). Israel rechazó la voz de Dios y nunca recibió estas promesas. En su idolatría provocaron a Dios a celos, por lo que Dios dijo: “Ellos me movieron a celos con lo que no es Dios; …yo os provocaré a celos con un pueblo que no es pueblo…” (Romanos 10:19, Deuteronomio 32:21). Porque dieron Su gloria a algo que no era Dios, Él tomó sus preciosas promesas y las cumplió en los gentiles, quienes “no eran pueblo” (1 Pedro 2:9-10).

Rara vez, desde el final del primer siglo, el pueblo judío ha visto una “iglesia” que pudiera provocarlos a celos. Vieron una “iglesia” que llevó al mundo entero a la oscuridad de la Edad Media. Vieron una “iglesia” que practicó bautismos y conversiones forzadas. Vieron una “iglesia” que levantó ejércitos para librar guerras por el control de Jerusalén y cometió atrocidades indescriptibles en el proceso. Vieron una “iglesia” que usó el nombre de Jesús como excusa para perseguir y matar judíos. En nuestra generación han visto una “iglesia” que cree que lo más espiritual que puede hacer es declarar en cada servicio que todos siguen siendo pecadores. Y, finalmente, hoy ven una “iglesia” que está cada vez más llena de “cristianos necios” que creen que la cumbre de la espiritualidad es pretender ser judíos. ¿Cuál de estas cosas podría provocar al pueblo judío a celos?

La Biblia nos dice que la iglesia que Cristo compró “es su cuerpo, la plenitud de Aquel que todo lo llena en todo” (Efesios 1:23). ¿Alguna vez has visto una iglesia que sea la plenitud de Cristo? Se describe como “una iglesia gloriosa, que no tuviese mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuese santa y sin mancha” (Efesios 5:27). Solo cuando una iglesia así se manifieste, Israel será provocado a celos. Deben ver con sus propios ojos que la promesa que se les dio de ser una nación santa, un reino de sacerdotes y el especial tesoro de Dios ha sido otorgada a otro pueblo por medio de Jesucristo.

Nadie verá jamás una iglesia que sea la plenitud de Cristo hasta que la verdad de que “Jesús es el Cristo”, quien vino para “terminar la prevaricación, y poner fin al pecado, y expiar la iniquidad, y traer la justicia perdurable…” sea creída y proclamada con valentía por aquellos que son llamados por Su nombre. Como sucedió en el primer siglo, Dios derramará su Espíritu sobre una iglesia así, y la plenitud de Cristo se manifestará. En ese día, Dios cumplirá su promesa de “provocar a celos a Israel” y volver sus corazones a Jesucristo nuestro Señor.

Artículo original publicado en inglés el 11 de Junio de 2020, con el título: Provoked to Jealousy (PDF)

NOTA: Todas las citas bíblicas son tomadas de la versión Reina-Valera 1960.

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