115. Iglesia de los Arrodillados en el Tocón

Mientras caminaba por el bosque, un hombre lloraba por el rumbo que había tomado su vida. Al acercarse a un tocón, escuchó a Dios hablar a su corazón, llamándolo a arrodillarse y clamar a Jesucristo. Se arrodilló y clamó por perdón y salvación. El Señor lo encontró allí, y la gloria de la salvación inundó su alma. Se levantó como una nueva creación, liberado del pecado y lleno del amor de Cristo. Fue por todas partes contando a todos lo que Jesús había hecho por él mientras estaba arrodillado en el tocón. Tan asombradas estaban las personas por la transformación de este hombre que otros comenzaron a reunirse en el tocón para buscar salvación. En verdad, muchos encontraron al Señor mientras se reunían alrededor de un tocón en el bosque.

Un día, alguien dijo que Dios les había revelado que arrodillarse en un tocón era el medio que Él había escogido para reunir almas en Cristo. Nadie podía negar las vidas que habían sido transformadas, por lo que muchos comenzaron a aceptar que la verdadera salvación tenía una conexión inseparable con arrodillarse en el tocón. Así comenzó la Primera Iglesia de los Arrodillados en el Tocón.

El relato anterior es completamente ficticio, pero esta siguiente historia es absolutamente verdadera. Yo estaba en una profunda oscuridad y desesperación cuando me arrodillé en arrepentimiento junto a un banco de madera y entregué mi corazón y mi vida a Jesucristo. La transformación que tuvo lugar me asombra incluso hasta el día de hoy. Sentí cómo mi pecado era lavado, y me levanté como una nueva creación con un nuevo corazón y un nuevo espíritu, tal como Dios lo había prometido (Ezequiel 36:25-27). Desde ese día, nunca he deseado nada más que servir al Señor y estar en Su presencia.

En pocos años, Dios me colocó en el ministerio, pero me sentía tan incapaz en mis intentos de transmitir la gloria y el poder de esta gran salvación. Repetidamente, me encontraba señalando el banco de madera donde clamé al Señor mientras relataba lo que Cristo había hecho por mí allí. Pensaba que si tan solo pudiera lograr que otros hicieran lo que yo había hecho, entonces podrían recibir a Cristo como yo lo había recibido. En medio de un sermón, una vez más estaba señalando ese banco cuando el Espíritu de Dios me reprendió: “¿Qué estás haciendo señalando un banco? ¡No fuiste salvo en un banco! ¡Fuiste salvo en una cruz!” Instantáneamente, el poder y la verdad de esas palabras irrumpieron en mi corazón como una gran luz que brillaba desde el cielo.

Fue en esa hora que me di cuenta de que había caído en la trampa de presentar una forma carnal como el camino de salvación. Creo en llamar a las personas al altar, pero ese banco de madera no tiene poder para hacer nada por nadie. Por otro lado, si a través del Espíritu de Dios puedo señalarles la obra de Cristo en la cruz, ellos pueden recibir esta gran salvación sin mi forma, ni la de nadie más. He visto personas ser salvas y transformadas mientras estaban sentadas en la banca; otras de pie adorando; otras estaban en su automóvil; y otras más estaban arrodilladas junto a su cama. Sin embargo, si una persona encuentra salvación, no es por el lugar donde esté sentada, arrodillada, de pie o viajando. Toda persona que es salva, lo es únicamente por lo que Cristo logró en la cruz.

Pablo dijo que el pueblo de Dios “…no tiene confianza en la carne.” (Filipenses 3:3). Él identificó esta «carne» como afiliación religiosa, ritual, ordenanza y más. Sin embargo, muchas personas ponen su esperanza en tales cosas. Una persona cree que el bautismo en agua la introdujo al Reino de Dios. Otra persona cree que su «oración del pecador» le dio una garantía del cielo. Otra piensa que su estricta obediencia a ciertos mandamientos la sostendrá en la hora del juicio. Otra más confía en que pertenecer a un cierto grupo religioso asegura su salvación. Todas estas cosas no son más que «carne». Jesús dijo: «El espíritu es el que da vida; la carne para nada aprovecha…» (Juan 6:63). Aquellos que confían en tales cosas no pueden entender que cualquiera que verdaderamente haya encontrado a Cristo no lo encontró por medio de estas cosas, sino a pesar de ellas.

El apóstol Pablo hizo una declaración asombrosa cuando escribió: «Pues no me envió Cristo a bautizar, sino a predicar el evangelio…» (1 Corintios 1:17). Pablo no estaba «en contra del bautismo,» pero entendía que este nunca podría salvar a una sola alma. Lo mismo aplica para cada ritual de la iglesia. Nuestros rituales pueden ser simbólicos de poderosas verdades del evangelio, pero ninguno de ellos puede impartir gracia a quienes participan de ellos. El poder del evangelio está únicamente en creer la verdad y confiar en Cristo. Mirar hacia cualquier otra cosa es alinearnos con aquellos que piensan que la salvación viene porque nos arrodillamos junto a un tocón.

«Por tanto, es por fe, para que sea por gracia, a fin de que la promesa sea firme para toda su descendencia…» (Romanos 4:16).

Artículo original publicado en inglés el 10 de Julio de 2020, con el título: Church of the Stump Kneelers (PDF)

NOTA: Todas las citas bíblicas son tomadas de la versión Reina-Valera 1960.

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