
Mi padre a veces habla de su infancia y de cuánto admiraba a su hermano Bill. Él es seis años menor que Bill, así que, mientras crecía, Bill era su héroe y mentor. Para él, Bill era la persona más sabia del mundo, y cualquier cosa que Bill le dijera quedaba inmediatamente grabada en su mente como “sabiduría”. Hubo momentos más adelante en su vida, cuando enfrentaba decisiones importantes, en que mi padre recordaba la sabiduría que Bill le había dado tantos años atrás. Un día, se dio cuenta de que él, siendo ya un hombre adulto con una familia, estaba siguiendo los consejos que le había dado un niño de doce años. Siempre amaría y respetaría a su hermano, pero supo que era momento de “dejar lo que era de niño”.
Cuando el apóstol Pablo habla de dejar lo que es de niño, se refiere a hablar, entender y pensar como un niño. Él dice: “Cuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba como niño, juzgaba como niño; mas cuando ya fui hombre, dejé lo que era de niño.” (1 Corintios 13:11). Estas “cosas de niño” eran cosas que los creyentes consideraban sabias, pero que no eran la sabiduría de Dios.
Ninguno de nosotros nació de nuevo con una revelación divina de todas las cosas. Todos fuimos enseñados. A veces la enseñanza era buena; otras veces no lo era. Con frecuencia, las cosas que aprendimos eran, de hecho, una mezcla de verdad bíblica y entendimiento carnal. Sin embargo, la mayoría de nosotros aceptamos lo que se nos enseñó como “verdad y sabiduría” porque provenía de alguien a quien amábamos y confiábamos para recibir la palabra de Dios.
Aunque siempre debemos honrar a aquellos que nos han instruido en el Señor, cada uno de nosotros debe llegar al punto de decidir “…sea Dios veraz, y todo hombre mentiroso” (Romanos 3:4). Esto es simplemente un reconocimiento de que las palabras de cualquier persona, sin importar cuán grande sea a nuestros ojos, son solo “cosas de niños” a la luz de la palabra de Dios.
Hace décadas, cuando comenzamos a predicar sobre la “libertad del pecado” a través de la sangre de Cristo, éramos muy conscientes de que los “sabios” de la iglesia moderna se burlarían de este mensaje. Sabíamos que este mensaje era contrario al dogma de casi todos los grupos y denominaciones cristianas y que nos costaría muchos amigos en el ministerio. Sin embargo, no elegimos declararlo porque fuera aceptable, sino porque es lo que dijo Jesús (“Así que, si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres.” Juan 8:36); es lo que dijo Pablo (“y libertados del pecado…” Romanos 6:18); es lo que dijo Pedro (“…para que nosotros, estando muertos a los pecados…” 1 Pedro 2:24); y es lo que dijo Juan (“Todo aquel que permanece en él, no peca” 1 Juan 3:6). Tuvimos que tomar la decisión de conciencia de “…sea Dios veraz!”
Alguien una vez me preguntó por qué predicaba que “nuestro viejo hombre ha sido realmente crucificado con Cristo, el cuerpo del pecado ha sido realmente destruido y hemos sido realmente liberados del pecado.” Me dijeron: “Todos los demás dicen que eso no es cierto. ¿Acaso crees saber más que todos los demás?” Mi respuesta fue esta: “Lo predico porque cada vez que abro mi Biblia dice: ‘sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él, para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado.’ (Romanos 6:6). Elijo creerle a Dios”.
A la luz de la palabra de Dios, mis pensamientos no son más que los pensamientos de un niño, pero los tuyos también lo son. Las palabras de los ministros más grandes de nuestra generación no son más que “rimas infantiles” si contradicen el evangelio tal como está registrado en las Escrituras. Cada uno de nosotros debe llegar al momento en que elija “dejar lo que era de niño” y creerle a Dios por lo que su palabra realmente dice. Solo entonces “…conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres.” (Juan 8:32).
Artículo original publicado en inglés el 24 de Septiembre de 2020, con el título: Childish Things (PDF)
NOTA: Todas las citas bíblicas son tomadas de la versión Reina-Valera 1960.

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