
Regularmente recibo correos electrónicos pidiendo, y a veces exigiendo, nuestra declaración de fe. Algunos quieren asegurarse de que nos adherimos a una doctrina específica establecida. ¿En qué grupo encajamos? ¿Con qué denominación estamos asociados? ¿Somos Unicistas o Trinitarios? ¿Somos Calvinistas o Arminianos? ¿En qué caja doctrinal encajamos? La única declaración de fe que doy es la misma que la del apóstol Pedro: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente” (Mateo 16:16).
Recuerdo las palabras del ángel a Josué poco antes de la batalla de Jericó. Cuando Josué lo vio de pie con su espada desenvainada, se acercó y le dijo: “¿Eres de los nuestros, o de nuestros enemigos?” (Josué 5:13). La respuesta del ángel fue extraña pero sencilla. Dijo: “No; mas como Príncipe del ejército de Jehová he venido ahora” (Josué 5:14). No fue enviado para estar a favor o en contra de Josué, sino para hacer la voluntad de Dios.
No estoy interesado en defender una doctrina formulada (algo que la Escritura no dice explícitamente, pero que los hombres han razonado como verdad). Toda doctrina formulada dentro de la iglesia, ya sea basada en la verdad o no, se remonta a un grupo de personas que decidieron establecer qué es la “verdad”, ya fuera una denominación, una reforma o un concilio de hombres. Casi todas las “doctrinas” cristianas fueron establecidas cientos de años después de que los primeros apóstoles partieran. Algunas pueden ser muy buenas y sólidas, pero otras no. Cuando un ministro se convierte en defensor de doctrinas formuladas, puede estar defendiendo una verdad que otros vieron, pero también puede estar defendiendo un error debido a lo que otros no vieron. Mi punto es este: no tenemos que aceptar su palabra sin más. Podemos volver a la misma fuente que ellos tuvieron, que es la palabra de Dios.
El apóstol Pablo le dijo a Timoteo: “Que prediques la palabra; que instes a tiempo y fuera de tiempo; redarguye, reprende, exhorta con toda paciencia y doctrina” (2 Timoteo 4:2). La palabra griega traducida como “doctrina” simplemente significa instrucción. Timoteo debía instruir a la gente predicando la palabra. Tenemos esa “palabra”. Se llama la Biblia.
Si predicamos “doctrinas” de la iglesia en lugar de la palabra de Dios, estamos usando interpretaciones de segunda mano como base para la verdad. No importa que aquellos que formularon estas “verdades” hayan sido grandes hombres que vivieron hace cincuenta, quinientos o incluso mil quinientos años. Si lo que estos hombres dijeron era cierto, la palabra de Dios aún lo declarará. ¡Es peligroso y necio usar interpretaciones de segunda mano cuando podemos ir directamente a la palabra de Dios!
Hace unos años, invité a un amigo ministro a compartir en la Iglesia Calvary Outreach. Presentó una doctrina muy popular y aceptada sobre cómo Dios ve al creyente. Unas semanas después, en conversación, le pregunté dónde se encontraba esa enseñanza en la Biblia. Su respuesta fue extensa, comenzando con Adán y terminando con Cristo, pero no ofreció un solo versículo para respaldar lo que decía. “¿Pero en qué escritura se basa esto?”, pregunté. De nuevo comenzó a explicar todas las razones por las que esto era cierto, sin hacer referencia alguna a la palabra de Dios. Cuando terminó, pregunté: “¿Así que no hay un solo versículo de la Escritura que respalde esto?” Su semblante cambió y casi gritó: “¡No lo sé! ¡No soy una Biblia andante!”. Mi respuesta ante tal declaración es esta: “Si vas a presentarte y declarar algo como la verdad de Dios, deberías ser una Biblia andante. ¡Predica la palabra!”
Artículo original publicado en inglés el 10 de Diciembre de 2021, con el título: Preach the Word (PDF)
NOTA: Todas las citas bíblicas son tomadas de la versión Reina-Valera 1960.

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