
Cuando el ángel Gabriel entregó la profecía del Mesías Príncipe, enumeró seis cosas que se cumplirían antes de que terminara el tiempo de esta profecía. Estas fueron: (1) “terminar la prevaricación, (2) poner fin al pecado, (3) expiar la iniquidad, (4) traer la justicia perdurable, (5) sellar la visión y la profecía, y (6) ungir al Santo de los santos” (Daniel 9:24). Estas seis cosas nos dan la comprensión más clara del propósito de la primera venida de Cristo jamás registrada en las Escrituras. Quizás la más aceptada por la mayoría de los cristianos es la número (3): “expiar la iniquidad”1.
En este pasaje, las palabras “expiar la iniquidad” se traducen del término hebreo «kaphar», que significa “cubrir” y se refiere a buscar “hacer las paces” por el pecado. Es la misma palabra que se traduce como “expiación” en la Ley de Moisés. Los sacrificios que se ofrecían cada año en el Día de la Expiación tenían el propósito de hacer expiación por los pecados del pueblo. Estos sacrificios cubrían ceremoniosamente los pecados cometidos durante el año anterior con la esperanza de que los adoradores pudieran comenzar de nuevo con un registro limpio ante Dios. Estos sacrificios se describían mejor como una “ofrenda de paz”. Se ofrecían con la esperanza de lograr la paz entre un Dios santo y el hombre pecador.
El libro de Hebreos señala que estos sacrificios eran inútiles porque “la sangre de los toros y de los machos cabríos no puede quitar los pecados” (Hebreos 10:4). Debido a esta gran limitación, los adoradores nunca eran cambiados, y cada año tenía que ofrecerse otro sacrificio por los pecados, y luego otro cada año después de ese (Hebreos 10:1-3). Pronto, el pueblo comenzó a asumir que simplemente podían ofrecer otro sacrificio y todo estaría bien, pero Dios comenzó a despreciar sus sacrificios. Dijo: “…el que sacrifica un buey es como si matase a un hombre; el que sacrifica un cordero, como si degollase un perro; el que hace ofrenda, como si ofreciese sangre de cerdo” (Isaías 66:3).
Cuando Cristo fue concebido en el vientre de María, recibió un cuerpo y sangre que tenían el poder de “quitar el pecado del mundo” (Juan 1:29). Él ofreció su cuerpo en la cruz, sabiendo que su sacrificio tenía el poder de transformar a todos los que confiaran en su obra redentora. Sin embargo, incluso con esta gloriosa transformación a través del poder de la sangre de Cristo, había algo que debía resolverse delante de Dios. Esto es lo que se llama “nuestro pasado”.
Debido al hecho de que “…por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios” (Romanos 3:23), todos necesitábamos un punto de partida para comenzar de nuevo con Dios. Necesitábamos nuestra propia ofrenda de paz. En su misericordia y sabiduría, Dios proveyó el sacrificio perfecto que fue ofrecido por nosotros.
El apóstol Pablo habla de la ofrenda de Jesucristo: “a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre, para manifestar su justicia, a causa de haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados” (Romanos 3:25). La palabra “propiciación” en este versículo se refiere a una víctima de expiación. Jesús fue puesto como el Cordero de sacrificio, para ser nuestra ofrenda de paz ante Dios. Es muy importante notar que esta ofrenda es “por la remisión de los pecados pasados”. La palabra “remisión” en este versículo significa “tolerancia”, y “pasados” significa “que ya han ocurrido”. Dios tolerará los pecados que ya has cometido si has puesto tu confianza en el poder transformador de la sangre de Cristo para tu presente y tu futuro.
De alguna manera, un gran error se infiltró en la iglesia, afirmando que en Cristo ya estamos perdonados de todos los pecados, pasados, presentes y futuros. Si esto fuera cierto, ¿por qué Pablo especifica la ofrenda de Cristo “por los pecados pasados”? Esta enseñanza del perdón automático de los pecados pasados, presentes y futuros se basa únicamente en filosofía religiosa y conjeturas, sin un solo versículo bíblico que la respalde.
Consideremos la siguiente analogía: Conoces a un hombre que ha estado en una relación adúltera y, como consecuencia, ha sido expulsado de su hogar, separado de su esposa e hijos. Hoy, lleva flores y un regalo. Cuando le preguntas a dónde va, te dice que su esposa ha accedido a reunirse con él para hablar. Él dice que lleva una “ofrenda de paz” y que quiere expresar su gran pesar, esperando que ella perdone su traición pasada. En esta situación, no puedes evitar orar para que todo salga bien y tal vez puedan reconciliarse.
Ahora cambiemos el escenario. Conoces al mismo hombre en la misma situación, llevando los mismos regalos. En este escenario, él te dice que lleva una “ofrenda de paz” para expresar su gran pesar, esperando que su esposa le perdone no solo su aventura pasada, sino también la que tiene en el presente y las que tendrá en el futuro. En este caso, es fácil ver que su “ofrenda de paz” no es más que una burla a la gracia de su esposa.
Cristo es nuestra “ofrenda de paz” ante Dios. Gracias a él, Dios perdonará tu pasado y cambiará tu presente y tu futuro. Aquellos que afirman un perdón automático de sus pecados futuros corren el peligro de burlarse de la gracia de Dios. Tal persona debería recordar: “Dios no puede ser burlado: pues todo lo que el hombre sembrare, eso también segará” (Gálatas 6:7).
1En la KJV, aparece cómo “to make reconciliation for iniquity”, que traducido es: “hacer reconciliación por la iniquidad”.
Artículo original publicado en inglés el 4 de Febrero de 2022, con el título: Our Peace Offering (PDF)
NOTA: Todas las citas bíblicas son tomadas de la versión Reina-Valera 1960.

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