162. El Fin del Pecado

Las seis cosas que el ángel Gabriel dijo que se lograrían con la venida del Mesías Príncipe fueron: (1) «terminar la prevaricación», (2) «poner fin al pecado», (3) «expiar la iniquidad», (4) «traer la justicia perdurable», (5) «sellar la visión y la profecía», y (6) «ungir al Santo de los santos» (Daniel 9:24). Estas seis cosas nos dan el entendimiento más claro registrado en la Escritura sobre el propósito de la primera venida de Cristo. Tal vez la menos aceptada por la mayoría de los cristianos es la número (2): «poner fin al pecado».

Esta declaración profética tiene el poder de «atragantar» a ministros de todo el espectro del cristianismo, sin importar su trasfondo, denominación o postura teológica. Tanto el ministro que predica una gracia libertina, convenciendo a la gente de que ningún pecado puede separar a un creyente de Cristo, como el predicador legalista que cree que un corte de cabello incorrecto te enviará al infierno, parecen estar unidos en rechazar esta verdad fundamental del evangelio. Ambos se niegan a creer que Jesucristo fue a la cruz para poner fin al pecado en ti.

Todos los apóstoles estaban de acuerdo en esta verdad mientras escribían las epístolas del Nuevo Testamento. Ninguno es más directo que el apóstol Juan, quien escribió: «Y sabéis que él apareció para quitar nuestros pecados, y no hay pecado en él. Todo aquel que permanece en él, no peca; todo aquel que peca, no le ha visto, ni le ha conocido» (1 Juan 3:5-6). No solo nos recuerda que el propósito de la manifestación de Cristo fue «quitar nuestros pecados», sino que concluye diciendo que quien peca «no le ha visto, ni le ha conocido». ¡Eso es bastante contundente!

El apóstol Pedro nos asegura, a través de las promesas del evangelio, que somos «hechos participantes de la naturaleza divina, habiendo huido de la corrupción que hay en el mundo a causa de la concupiscencia» (2 Pedro 1:3-4). Aquellos que conocen a Cristo han recibido su naturaleza divina, pero primero han sido librados de la «corrupción» que opera a través de los «deseos» en el corazón de los que no conocen a Dios. Pedro también nos recuerda que Cristo «llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, para que nosotros, estando muertos a los pecados, vivamos a la justicia» (1 Pedro 2:24). Aquí, Pedro se une a Juan declarando que el propósito de la crucifixión de Jesús fue que, en unión con Cristo, nosotros también muriéramos al pecado y viviéramos para la justicia.

Ningún apóstol habla más de esta gran liberación que el apóstol Pablo. Mientras que el mundo cristiano parece burlarse preguntando cómo es posible que un creyente deje de pecar, el apóstol Pablo hace la pregunta opuesta. Él desafía a los que dudan a explicarle cómo es posible que alguien que está «muerto al pecado» pueda seguir viviendo en él. Él pregunta: «¿Qué, pues, diremos? ¿Perseveraremos en el pecado para que la gracia abunde? En ninguna manera. Porque los que hemos muerto al pecado, ¿cómo viviremos aún en él?» (Romanos 6:1-2).

Aunque muchos predicadores proclaman que la «gracia» significa que Dios ignora el pecado en nuestras vidas, Pablo insiste en que la «gracia» es la razón por la cual el pecado ya no tiene poder ni autoridad sobre un hijo de Dios. Él dice: «Porque el pecado no se enseñoreará de vosotros; pues no estáis bajo la ley, sino bajo la gracia» (Romanos 6:14).

El libro de Hebreos, que creo que fue escrito por Pablo, está lleno del mensaje de que Cristo vino a liberarnos del pecado. Se nos dice que Cristo «se presentó una vez para siempre por el sacrificio de sí mismo para quitar de en medio el pecado» (Hebreos 9:26). También se nos dice que la sangre de Cristo «limpiará vuestras conciencias (tus pensamientos y sentimientos más íntimos) de obras muertas para que sirváis al Dios vivo» (Hebreos 9:14) y «purificará nuestros corazones de mala conciencia» (Hebreos 10:22). El apóstol afirma sin ninguna duda: «Por lo cual también Jesús, para santificar al pueblo mediante su propia sangre, padeció fuera de la puerta» (Hebreos 13:12). ¡Jesús derramó su sangre para hacernos santos!

Quizás el pasaje más claro de toda la Biblia que nos dice cómo Cristo puso “fin al pecado» en aquellos que creen, se encuentra en la carta de Pablo a los Romanos. Él dice: «Sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él, para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado. Porque el que ha muerto, ha sido justificado del pecado» (Romanos 6:6-7). Pablo es claro. La razón por la que Cristo fue crucificado es para que nosotros también seamos crucificados con él. Esta muerte con Cristo destruye «el cuerpo del pecado». La palabra «cuerpo» aquí significa «el todo», no solo una liberación parcial. Esta destrucción del «cuerpo del pecado» nos libera del poder y la presencia del pecado en nuestra vida. Así es como Cristo pone «fin al pecado» en todos los que creen.

El evangelio es «poder de Dios para salvación a todo aquel que cree» (Romanos 1:16). No hace nada por aquellos que se niegan a creerlo. Si pasas tu vida negando que Cristo vino para poner fin al pecado en ti, tu experiencia será una lucha constante y un fracaso espiritual. Por otro lado, si crees en el abrumador testimonio de la Palabra de Dios, que es «la verdad», serás libre (Juan 8:32).

Artículo original publicado en inglés el 12 de Febrero de 2022, con el título: The End of Sin (PDF)

NOTA: Todas las citas bíblicas son tomadas de la versión Reina-Valera 1960.

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