
Muchas de las promesas de redención fueron expresadas de tal manera que parecería que están dirigidas exclusivamente a los descendientes naturales de Israel. Un ejemplo es la promesa del «Nuevo Pacto«, donde Dios dijo: «Pero este es el pacto que haré con la casa de Israel: Después de aquellos días, dice Jehová, daré mi ley en su mente, y la escribiré en su corazón; y yo seré su Dios, y ellos serán mi pueblo» (Jeremías 31:33). Otro ejemplo es la promesa de Dios de darnos un nuevo corazón y un nuevo espíritu. Él dijo: «Por tanto, di a la casa de Israel: […] Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros» (Ezequiel 36:22-26). Con declaraciones tan claras que vinculan estas promesas a Israel, ¿significa esto que solo pueden cumplirse en la descendencia natural de Abraham? La respuesta de los apóstoles a esta pregunta fue un rotundo «¡Absolutamente no!»
En su epístola dirigida a las iglesias gentiles, el apóstol Pedro aborda esta cuestión de manera directa al escribir sobre los profetas que hablaron de la gracia que vendría a nosotros a través de «los sufrimientos de Cristo, y las glorias que vendrían tras ellos». Él dice: «A éstos se les reveló que no para sí mismos, sino para nosotros (la Iglesia), administraban las cosas que ahora os son anunciadas por los que os han predicado el evangelio por el Espíritu Santo enviado del cielo» (1 Pedro 1:10-12). Pedro deja claro que las gloriosas promesas que se cumplieron mediante los sufrimientos de Cristo se extienden a todos nosotros.
Un ejemplo de esta «extensión de la promesa» se encuentra en la promesa de Dios a Israel en el monte Sinaí. Él dijo que si obedecían su voz y guardaban su pacto, serían «un especial tesoro sobre todos los pueblos; porque mía es toda la tierra. Y vosotros me seréis un reino de sacerdotes, y gente santa» (Éxodo 19:5-6). Debido a su incredulidad, Israel nunca alcanzó esta promesa, pero Pedro declara que se cumple en los creyentes gentiles al decir: «Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable; vosotros que en otro tiempo no erais pueblo, pero que ahora sois pueblo de Dios« (1 Pedro 2:9-10).
El apóstol Pablo también trata este asunto de manera directa. Escribe a los gentiles: «…en aquel tiempo estabais sin Cristo, alejados de la ciudadanía de Israel y ajenos a los pactos de la promesa, sin esperanza (expectativa) y sin Dios en el mundo» (Efesios 2:12). Debido a que las promesas del pacto fueron dirigidas específicamente a Israel, los gentiles no tenían razón para esperar que estas promesas les pertenecieran. Eran «ajenos a la ciudadanía de Israel», por lo que no tenían pacto ni promesa. Las siguientes palabras de Pablo nos dicen cómo cambió todo esto. Él escribe: «Pero ahora en Cristo Jesús, vosotros que en otro tiempo estabais lejos, habéis sido hechos cercanos por la sangre de Cristo» (Efesios 2:13).
Pablo fue enviado a revelar un gran secreto al que llamó «el misterio de Cristo». Él nos dice que este misterio «en otras generaciones no se dio a conocer a los hijos de los hombres, como ahora es revelado a sus santos apóstoles y profetas por el Espíritu» (Efesios 3:5). Este misterio era de tal magnitud que la predicación de él enfurecía a los judíos, provocándolos a la envidia y la ira (Hechos 13:45; Romanos 10:19). ¿Cuál era este gran misterio?
En el siguiente versículo, Pablo explica el misterio que había estado oculto al entendimiento de Israel durante más de mil quinientos años. Era «que los gentiles son coherederos y miembros del mismo cuerpo, y copartícipes de la promesa en Cristo Jesús por medio del evangelio« (Efesios 3:6). No hay separación entre judíos y gentiles en la redención, porque ambos son hechos «miembros del mismo cuerpo«. Pablo dice que Cristo ha «…derribado la pared intermedia de separación…» (Efesios 2:14). Todas las promesas del pacto de redención que fueron habladas a Israel ahora también se extienden a los gentiles. Somos hechos «coherederos» de las promesas.
Pablo confirma esto a los creyentes gentiles en Galacia, diciendo: «Y si vosotros sois de Cristo, ciertamente linaje de Abraham sois, y herederos según la promesa» (Gálatas 3:29). Dios considera descendientes de Abraham a aquellos que creen en el evangelio de Cristo. Es a estos, sean judíos o gentiles, a quienes Él da las promesas hechas a los patriarcas. Por esta razón, Pablo se refiere a este «un solo cuerpo» (Efesios 4:4), la Iglesia, como «el Israel de Dios« (Gálatas 6:16). Este es el gran misterio que estuvo «oculto desde los siglos y edades» (Colosenses 1:26), y que hoy sigue siendo un misterio para muchos.
Para concluir, recuerdo una conversación reciente en la que alguien compartió lo inaceptable que era que una persona laica cuestionara a los ministros con los que trabajaba. Le hablé con firmeza y le dije: «¡Cuestiona todo lo que decimos! Mídelo con la palabra de Dios. Si es la verdad, no tenemos razón para temer ser cuestionados.» Animo a nuestros lectores a cuestionar todo lo que lean, escuchen, crean o enseñen, y que se sostenga o caiga basado en el testimonio de la palabra de Dios.
Artículo original publicado en inglés el 14 de Mayo de 2022, con el título: Fellowheirs (PDF)
NOTA: Todas las citas bíblicas son tomadas de la versión Reina-Valera 1960.

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