
Conocí a un hombre que fue alcohólico toda su vida. Un día, después de haber bebido toda la noche, se despertó y se dio cuenta de que, en un ataque de ira provocado por el alcohol, había golpeado brutalmente a su esposa. Dijo: “Si el alcohol puede hacerme hacer esto, nunca volveré a beber” y así lo hizo. Este hombre vivió otros veinticinco años sin tocar ni una gota de alcohol. No puedo negar que este hombre ejerció poder sobre el alcohol que una vez tuvo tanto poder sobre él.
La iglesia de nuestra generación ha abrazado neciamente la creencia de que el pueblo de Dios sigue siendo pecador y continuará pecando mientras viva en un cuerpo de carne. A partir de esta base de pecaminosidad universal, se invierte mucho esfuerzo y enseñanza en tratar de dar a las personas poder sobre el pecado que las domina desde dentro. Desde el momento de su conversión, a la mayoría de los cristianos se les asegura que Dios, a través del Espíritu Santo, los ayudará a vencer las obras del pecado en sus miembros. Así, entran en un proceso de por vida en busca de este “poder sobre” “la potestad de las tinieblas” (Colosenses 1:13) que obra en sus propios corazones.
El alcohólico que mencioné antes ejerció un poder absoluto sobre el alcohol. Sin embargo, no le dio el crédito a Dios ni a Alcohólicos Anónimos por ese poder. Su poder estaba en la fuerza de su voluntad. Seguía siendo una persona iracunda, engañosa y vengativa, pero su poder sobre el alcohol nunca le falló ni una sola vez. Este hombre tenía más poder en su condición depravada que la gran mayoría de los cristianos que profesan que el Espíritu Santo les da poder cada día.
El Espíritu Santo no nos da poder sobre el pecado. Esta no es su obra ni su propósito. El Espíritu Santo es enviado para enseñarnos, guiarnos, elevarnos a las glorias de Cristo y ungirnos para la obra del ministerio. La respuesta completa de Dios para el pecado se encuentra en la sangre derramada de Jesucristo. La Biblia dice: “Por lo cual también Jesús, para santificar al pueblo mediante su propia sangre, padeció fuera de la puerta” (Hebreos 13:12). La Palabra de Dios es clara: Jesucristo es nuestro santificador, y él lo hace a través del poder de su sangre derramada. El libro de Hebreos nos dice que aquel que santifica a su pueblo “…no se avergüenza de llamarlos hermanos” (Hebreos 2:11). El Espíritu Santo no derramó ni una sola gota de sangre por ti, y ciertamente no es tu “hermano”.
La verdad es esta: nada en la redención nos da poder sobre el pecado. La respuesta de Dios para el pecado no es concedernos poder sobre él, sino quitarlo (1 Juan 3:5). Así es como nos hace libres. Una persona con fornicación en su corazón necesita poder sobre ella, pero la persona que es libre de la lujuria en su corazón no lo necesita. Solo necesitas poder sobre el pecado cuando el pecado está presente en tu corazón.
Jesús nunca prometió darnos poder sobre el pecado, pero sí prometió hacernos libres del pecado (Juan 8:36). Aquellos que buscan ejercer poder sobre el pecado luchan en una batalla continua que nunca ganan. La persona que es hecha libre del pecado simplemente descansa en la victoria de Cristo.
¿Eres creyente? ¿Puedes creer las palabras del apóstol Pablo que están escritas a continuación?
“Y libertados del pecado, vinisteis a ser siervos de la justicia” (Romanos 6:18).
“Mas ahora que habéis sido libertados del pecado y hechos siervos de Dios, tenéis por vuestro fruto la santificación, y como fin, la vida eterna” (Romanos 6:22).
“Sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él, para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado. Porque el que ha muerto, ha sido justificado del pecado” (Romanos 6:6-7).
Si aún no puedes creer las palabras escritas por el apóstol Pablo, ¿puedes al menos creer las palabras habladas por Jesús mismo? Él dijo: “Así que, si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres” (Juan 8:36).
Mientras una persona crea que el pecado debe tener siempre un lugar en su corazón, así será. Aunque ejerza un poder absoluto sobre él hasta su último aliento, como lo hizo el alcohólico mencionado anteriormente, esa persona morirá en su pecado (Juan 8:24). Solo la sangre de Cristo puede lavarlo. Esta es “la verdad”, y si la crees, “la verdad os hará libres” (Juan 8:32).
Artículo original publicado en inglés el 2 de Agosto de 2022, con el título: What Gives You Power Over Sin? (PDF)
NOTA: Todas las citas bíblicas son tomadas de la versión Reina-Valera 1960.

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