179. Creyendo en Dios

El Salmo 78 da un relato detallado de las grandes maravillas que Dios hizo por los hijos de Israel al liberarlos de Egipto y sostenerlos durante su travesía en el desierto. Se nos recuerda las poderosas plagas sobre Egipto, la apertura del Mar Rojo, la nube que los cubría de día y la columna de fuego de noche. Dios les dio agua de la roca para beber y maná del cielo para alimentarse en su jornada. Sin embargo, después de todo esto, la Biblia registra: “…no creyeron a Dios, ni confiaron en su salvación” (Salmos 78:22).

¿Cómo es posible que pudieran ver tantos milagros y recibir tantas bendiciones, pero aun así “no creyeron a Dios”? Para comprender esto, debemos ver la diferencia entre creer en la existencia de Dios y «creer en Dios». Muchas personas que creen en la existencia de Dios no lo conocen. Santiago nos dice: “Tú crees que Dios es uno; bien haces. También los demonios creen, y tiemblan” (Santiago 2:19). Debemos entender que todos en el infierno creen que Dios existe.

«Creer en Dios» implica poseer dos componentes de la fe. El primero es creer lo que Dios ha hablado. Sin esto, nadie puede tener una relación con Dios. Aquellos que no creen lo que Dios ha dicho son una afrenta y ofensa para Él. Juan nos dice: “…el que no cree a Dios, le ha hecho mentiroso…” (1 Juan 5:10). Una persona a quien no le crees es una persona a la que consideras mentirosa. Lo mismo sucede con Dios. Tener por falso lo que Dios ha hablado es lo mismo que llamarlo mentiroso.

La segunda parte de la fe es la “confianza”. Una persona que “cree en Dios”, confía en Dios. Primero, confían en que Él cumplirá su palabra. Por esta razón, Noé construyó un arca y Abraham dejó la tierra de sus padres. Dios habló, y ellos confiaron en que cumpliría lo que prometió. Creer en Dios siempre está basado en lo que Él ha dicho. Muchas personas usan la religión para justificar sus propios deseos y ambiciones, llamándolo «creer en Dios». Recuerda, a veces hay una gran diferencia entre lo que Dios ha hablado y lo que desearíamos que hubiera dicho.

Aquellos que confían en Dios también confían en Él cuando parece estar en silencio. Job encarnó esta confianza cuando dijo: “He aquí, aunque él me matare, en él esperaré…” (Job 13:15). Sadrac, Mesac y Abed-nego confiaron en Dios cuando enfrentaron el horno de fuego. Dijeron: “He aquí nuestro Dios a quien servimos puede librarnos del horno de fuego ardiendo; y de tu mano, oh rey, nos librará. Y si no, sepas, oh rey, que no serviremos a tus dioses, ni tampoco adoraremos la estatua que has levantado” (Daniel 3:17-18). Ellos confiaron en Dios sin importar lo que Él decidiera hacer, incluso si eso significaba su muerte.

Juntas, creer lo que Dios ha hablado y confiar en que Él cumplirá su palabra es lo que significa “creer en Dios”. Israel vio los grandes milagros y experimentó las grandes liberaciones de Dios, pero “no creyeron a Dios”. No creyeron lo que Él habló ni confiaron en Él. En cada oportunidad, se rebelaban contra Él, creyendo que los había sacado de Egipto para destruirlos.

Fue un impacto para mí cuando me di cuenta de que Adán y Eva no “creyeron en Dios”. Sabían que Dios existía. Sabían de Su poder. Conocían Sus bendiciones. Sin embargo, a pesar de todo esto, cuando llegó su tiempo de prueba por parte de la serpiente, aceptaron fácilmente que Dios les había mentido. No olvidaron que Dios les dijo que morirían si comían del fruto prohibido. Simplemente creyeron a la serpiente en lugar de a Dios. Porque no creyeron ni confiaron en Dios, aquellos que recibieron el dominio sobre toda la creación de Dios lo perdieron todo.

La virtud de «creer en Dios» fue lo que hizo tan especial a Abraham para Dios. La Biblia dice: “…y creyó a Jehová, y le fue contado por justicia” (Génesis 15:6). Esta virtud de fe no se encontró en Adán y Eva. Tampoco en Caín, quien pensó que Dios debería estar complacido con las obras de sus manos. De hecho, esta fe en Dios es siempre una rareza dondequiera que se descubre. Si todas las buenas obras y sacrificios que se han hecho alguna vez se pusieran contra una sola persona que «creyó en el Señor», Dios elegiría a la persona que creyó en Él. A Dios no le importan las obras de aquellos que no creen y confían en Él. Son solo otro Adán o otro Caín. Porque Adán no creyó en Dios, perdió el mundo. Pero porque Abraham creyó en Dios, llegó a ser “…heredero del mundo, por la justicia de la fe” (Romanos 4:13).

Hoy, Dios nos llama a todos a creer en su Hijo, Jesucristo. Creer en Jesús es creer lo que Dios ha hablado sobre Él y confiar en que Jesucristo cumplirá la palabra de Dios en nosotros. El mensaje del evangelio es llamado «el testimonio que Dios ha dado acerca de su Hijo” (1 Juan 5:10). Nos dice quién es Cristo y cómo vino a librarnos del pecado y restaurarnos a Dios. Cuando Dios encuentra a alguien que «cree en Él», se regocija, sabiendo que no hay límite para lo que puede hacer en esa persona. Pero cuando encuentra a aquellos que, aunque religiosos, desprecian Su palabra, los deja de lado. Al igual que Adán, abandonarán la verdad de Dios por las mentiras de la serpiente.

Artículo original publicado en inglés el 25 de Octubre de 2022, con el título: Believing in God (PDF)

NOTA: Todas las citas bíblicas son tomadas de la versión Reina-Valera 1960.

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