
Hace unos años, fui visitado por dos misioneros mormones. En lugar de seguir su curso de discusión, aproveché la oportunidad para compartir con ellos el poder de la sangre de Jesucristo para librarnos del pecado. Al poco tiempo, dijeron que necesitaban irse. Uno de ellos extendió entonces una Biblia mormona y me preguntó si la leería con oración y pediría a Dios que me mostrara si era verdadera. Cuando les respondí: «No puedo hacer eso», me preguntaron: «¿Por qué no?». Esta fue mi respuesta.
En su carta a la iglesia, Judas escribió que «debéis contender ardientemente por la fe que ha sido una vez dada a los santos» (Judas 1:3). No se nos instruye que busquemos una nueva revelación del evangelio, sino que contendamos por (buscar, permanecer en y defender) el evangelio que ya había sido dado a la iglesia en los días de los primeros apóstoles.
El apóstol Pablo añade a esta verdad cuando escribe sobre la revelación del evangelio que recibió. Dijo: «Mas os hago saber, hermanos, que el evangelio anunciado por mí, no es según hombre; pues yo ni lo recibí ni lo aprendí de hombre alguno, sino por revelación de Jesucristo» (Gálatas 1:11-12). Tan seguro estaba Pablo del evangelio que recibió por revelación de Jesucristo que dijo: «Mas si aun nosotros, o un ángel del cielo, os anunciare otro evangelio diferente del que os hemos anunciado, sea anatema» (Gálatas 1:8). Esta es una declaración asombrosa. Si el propio apóstol Pablo se presentara en tu puerta con otro evangelio distinto al que ya había predicado a la iglesia, Pablo dijo: «Sea anatema». Aun si un ángel del cielo trajera una revelación diferente, también debemos considerarlo anatema. El evangelio que los apóstoles predicaron y escribieron es el único evangelio de Cristo.
Pablo refuerza esta verdad cuando escribe: «Conforme a la gracia de Dios que me ha sido dada, yo como perito arquitecto puse el fundamento, … Porque nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto, el cual es Jesucristo« (1 Corintios 3:10-11). Pablo fue categórico. Puso el fundamento de la iglesia predicando el evangelio que recibió por revelación de Jesucristo. No había, ni habría jamás, otro fundamento que pudiera ser puesto. Si no es el que fue «una vez dado a los santos», no es el evangelio de Jesucristo.
Al concluir, les dije a los dos mormones: el problema no es si José Smith recibió su revelación y escritos de un ángel (o en placas de oro), como afirmaba. El problema es: «¿Es la fe que ya fue recibida, predicada y escrita por los apóstoles de la iglesia primitiva?». Uno de los hombres intentó estar en desacuerdo conmigo, pero el otro habló y dijo: «Él tiene razón. Ese es el verdadero problema».
Mientras estos hombres se preparaban para irse, les dije: «Si quieren conocer el evangelio de Cristo, deben dejar a los hombres que consideran su fuente de verdad y buscar conocer y entender lo que los primeros apóstoles predicaron y escribieron. Mientras mantengan la palabra de los hombres por encima de la palabra de Dios, nunca conocerán la verdad».
Después de que los misioneros mormones se marcharon, comencé a considerar cuántos de nosotros miramos a nuestro propio «hombre» como la base de la verdad en lugar de la palabra de Dios. Ninguno de nosotros está exento. Los católicos miran a sus padres de la iglesia y concilios para determinar qué es la verdad. Los protestantes miran a Calvino, Lutero, Arminio o Wesley. Las denominaciones miran a sus concilios generales o fundadores para determinar qué es la verdad. Algunos, como yo, que no formamos parte de ninguna denominación u organización, miramos lo que generalmente creen nuestros «padres y compañeros». Y, por supuesto, siempre están aquellos que miran a su «profeta». Casi universalmente, los que profesan ser «creyentes en la Biblia» se levantan para defender lo que han recibido de los hombres en lugar de lo que dice la palabra de Dios.
Cuando era muy joven en el ministerio, compartía pasajes de la palabra de Dios sobre ser libres del pecado a través de Jesucristo con un pastor mayor a quien amaba y respetaba mucho. Sin tener respuesta para las Escrituras que le mostré, me dijo: «Solo necesitas aceptar lo que los hombres piadosos en nuestros concilios (era de las Asambleas de Dios) han dicho sobre estas cosas». Me sorprendieron sus palabras y guardé silencio, pero en mi mente pensé: «Eso es lo que la jerarquía católica les dijo a las personas cuando les prohibieron tener la Biblia en su propio idioma».
No estoy defendiendo que la gente descarte a la ligera lo que ha recibido de aquellos que les han ministrado. Pero cada uno de nosotros debe estar dispuesto a decir con el apóstol Pablo: «Sea Dios veraz, y todo hombre mentiroso» (Romanos 3:4). Para hacer eso, debemos estar dispuestos a soltar a nuestros «hombres» y aferrarnos a la palabra de Dios. Toma tu Biblia y créela por lo que dice, y no por lo que alguien te ha dicho que significa. Lee las palabras de Jesús, Pablo, Juan y Pedro. Haz lo que Judas nos instruyó y «contiende ardientemente por la fe que ha sido una vez dada a los santos» (Judas 1:3). ¡Solo entonces conocerás la verdad que Jesús dijo: «os hará libres«! (Juan 8:32).
Artículo original publicado en inglés el 13 de Enero de 2023, con el título: Looking to Men (PDF)
NOTA: Todas las citas bíblicas son tomadas de la versión Reina-Valera 1960.

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