
En la primera profecía registrada de Isaías, Dios describió la condición pecaminosa de Israel en términos de una persona golpeada por una enfermedad que afecta todo su cuerpo. Considera estas asombrosas palabras:
«¡Oh gente pecadora, pueblo cargado de maldad, generación de malignos, hijos depravados! Dejaron a Jehová, provocaron a ira al Santo de Israel, se volvieron atrás. ¿Por qué querréis ser castigados aún? ¡Todavía os rebelaréis! Toda cabeza está enferma, y todo corazón doliente. Desde la planta del pie hasta la cabeza no hay en él cosa sana, sino herida, hinchazón y podrida llaga; no están curadas, ni vendadas, ni suavizadas con aceite.» (Isaías 1:4-6).
El pecado es verdaderamente un cáncer espiritual que devora a una persona desde dentro. Puede parecer insignificante al principio, pero nunca deja de extenderse y corroer a quien lo alberga. A lo largo de la historia de la humanidad, se ha buscado una cura, pero nunca se ha encontrado. Los judíos pensaban que la Ley de Moisés era la cura, pero solo trataba los síntomas de la enfermedad. Podía llegar al punto de condenar al paciente, pero nunca podía quitar la iniquidad de su corazón.
Todo intento humano de curar esta enfermedad ha terminado en fracaso. La humanidad ha sido como la mujer «que padecía de flujo de sangre desde hacía doce años, y había sufrido mucho de muchos médicos, y gastado todo lo que tenía, y nada había aprovechado, antes le iba peor» (Marcos 5:25-26). Estos «médicos religiosos» tienen tratamientos muy diferentes para contener, controlar o reprimir esta maldad que opera en el corazón humano. Lo único en lo que parecen estar de acuerdo es en que no hay cura. ¡Afortunadamente, Dios no concuerda con ellos!
Isaías, el mismo profeta que describió esta horrible enfermedad del pecado y la iniquidad, también habló de la cura. La mayoría de nosotros conocemos bien sus palabras. Él escribió: «Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados.» (Isaías 53:5). La palabra «curados» en este pasaje en realidad significa «sanados» o «restaurados«. Jesucristo se entregó para sufrir y morir en la cruz con el fin de «curar» la enfermedad incurable llamada pecado. Él vino para hacer lo que «la sangre de los toros y de los machos cabríos» nunca pudo hacer (Hebreos 10:4-5). Él vino para «quitar nuestro pecado» (Juan 1:29; 1 Juan 3:5).
El apóstol Pedro presentó esta «cura» como el verdadero propósito de los sufrimientos de Cristo. Él escribió: «Quien llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, para que nosotros, estando muertos a los pecados, vivamos a la justicia; y por cuya herida fuisteis sanados.» (1 Pedro 2:24). Es importante ver y creer la razón que Pedro da sobre por qué Jesús «llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero«. No dice: «para tomar nuestro castigo», «para pagar una penalidad» o incluso «para pagar un precio». Dice que fue para que «nosotros, estando muertos a los pecados, vivamos a la justicia«. Cristo murió para que el pecado en nosotros fuera destruido mediante nuestra muerte con él. Esta es la cura de Dios para el pecado en el corazón humano. Pedro confirma esto citando a Isaías: «por cuya herida fuisteis sanados (curados)«.
El apóstol Pablo también confirma este como el propósito de la muerte de Jesús, diciendo: «Sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él, para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado. Porque el que ha muerto, ha sido justificado del pecado.» (Romanos 6:6-7). ¿Puede el pecado en ti ser realmente destruido y tú ser verdaderamente libre de su presencia y poder? ¡Absolutamente! Jesucristo es la cura para esta enfermedad incurable. ¡Él vino para hacerte libre!
Artículo original publicado en inglés el 3 de Abril de 2023, con el título: He is the Cure (PDF)
NOTA: Todas las citas bíblicas son tomadas de la versión Reina-Valera 1960.

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