
El primer capítulo de la Biblia comienza con las palabras “En el principio creó Dios los cielos y la tierra” (Génesis 1:1). Después de dar un breve relato de la creación, la Escritura luego registra: “Fueron, pues, acabados los cielos y la tierra, y todo el ejército de ellos” (Génesis 2:1). En este punto no hay mención de maldad, iniquidad, depravación ni oscuridad espiritual. Solo sabemos que “vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera” (Génesis 1:31).
No es sino hasta que la serpiente engañó a Eva que descubrimos el “mal” en la creación de Dios. Este mal comenzó en un ángel al que Dios llamó “…el querubín grande, protector” (Ezequiel 28:14). La palabra hebrea traducida como “protector” en este pasaje habla de “proteger”. Este ángel fue creado para ser un “protector”, y Dios colocó a este ángel “…en Edén, en el huerto de Dios” (Ezequiel 28:13). Creo que fue puesto allí para velar por el hombre y la mujer que Dios había creado. Dios confiaba plenamente en este ángel hasta que se descubrió la maldad de su corazón. Dios le habló a este ángel, diciendo: “Perfecto eras en todos tus caminos desde el día que fuiste creado, hasta que se halló en ti maldad” (Ezequiel 28:15).
La iniquidad en este ángel fue que “…tú que decías en tu corazón: Subiré al cielo; en lo alto, junto a las estrellas de Dios levantaré mi trono, y en el monte del testimonio me sentaré, a los lados del norte; sobre las alturas de las nubes subiré, y seré semejante al Altísimo” (Isaías 14:13-14). Esta iniquidad se manifestó cuando engañó a Eva, y por medio de la transgresión de Adán, trajo a toda la humanidad bajo el dominio de Satanás.
Este primer acto de iniquidad puso en marcha acontecimientos que devastarían “los cielos y la tierra” durante miles de años. La Biblia dice: “Después hubo una gran batalla en el cielo: Miguel y sus ángeles luchaban contra el dragón; y luchaban el dragón y sus ángeles” (Apocalipsis 12:7). Esta rebelión no solo trajo guerra a los cielos, sino que provocó la condenación de miles de millones de almas contaminadas con la enfermedad del pecado. Con esto también trajo crueldad indescriptible, violencia, asesinato y toda cosa horrenda y pervertida imaginable. El hombre, que había sido creado a imagen de Dios, ahora era una creación corrompida que llevaba la naturaleza de la serpiente.
Esta guerra en el cielo continuó durante miles de años sin victoria para ninguno de los bandos. Solo cuando Jesucristo derramó su sangre en la cruz fue ganada la victoria. Entonces, finalmente, “…fue lanzado fuera el gran dragón, la serpiente antigua, que se llama diablo y Satanás, el cual engaña al mundo entero; fue arrojado a la tierra, y sus ángeles fueron arrojados con él” (Apocalipsis 12:9). Sabemos que esto se cumplió en la cruz porque las siguientes palabras fueron: “Ahora ha venido la salvación, el poder, y el reino de nuestro Dios, y la autoridad de su Cristo; porque ha sido lanzado fuera el acusador de nuestros hermanos, el que los acusaba delante de nuestro Dios día y noche. Y ellos le han vencido por medio de la sangre del Cordero…” (Apocalipsis 12:10-11).
Ahora avancemos muchos miles de años desde la creación del primer cielo y la primera tierra, hasta un segundo evento semejante. El apóstol Juan escribió: “Vi un cielo nuevo y una tierra nueva; porque el primer cielo y la primera tierra pasaron, y el mar ya no existía más” (Apocalipsis 21:1). Al ver los “nuevos cielos y nueva tierra”, Juan también vio “…la santa ciudad, la nueva Jerusalén, que descendía del cielo, de Dios…” (Apocalipsis 21:2). Luego escuchó a Dios decir: “He aquí, yo hago nuevas todas las cosas” (Apocalipsis 21:5).
A medida que Juan continúa describiendo la “Nueva Jerusalén”, llega a estas palabras finales: “Sus puertas nunca serán cerradas de día, pues allí no habrá noche. Y llevarán la gloria y la honra de las naciones a ella. No entrará en ella ninguna cosa inmunda, o que hace abominación y mentira, sino solamente los que están inscritos en el libro de la vida del Cordero” (Apocalipsis 21:25-27).
Las palabras “No entrará en ella ninguna cosa inmunda” son más que una advertencia. ¡Son una promesa! La iniquidad en el corazón de un solo ángel en la primera creación, contaminó y devastó tanto “los cielos como la tierra”. Esto no se permitirá en la nueva creación. Los contaminados jamás entrarán, y los que entren nunca serán contaminados.
Jesús fue claro al decir que el contenido del corazón de una persona es lo que lo “contamina”. Él dijo: “Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen los malos pensamientos, los adulterios, las fornicaciones, los homicidios, los hurtos, las avaricias, las maldades, el engaño, la lascivia, la envidia, la maledicencia, la soberbia, la insensatez. Todas estas maldades de dentro salen, y contaminan al hombre” (Marcos 7:21-23). Esta es la razón por la cual Jesucristo derramó su sangre por ti. La Biblia dice: “Porque si la sangre de los toros y de los machos cabríos, y las cenizas de la becerra rociadas a los inmundos (contaminado), santifican para la purificación de la carne, ¿cuánto más la sangre de Cristo, el cual mediante el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios, limpiará vuestras conciencias de obras muertas para que sirváis al Dios vivo?” (Hebreos 9:13-14). La “conciencia” habla de tus pensamientos y sentimientos más profundos. Jesucristo derramó su sangre para lavar la contaminación del pecado de tu corazón y tu naturaleza.
Hoy hay una fuente abierta para el pecado y la inmundicia. En su gran amor y misericordia, Dios hizo un camino para que la humanidad pecadora fuera limpiada del pecado y así pudiera estar con Él en los “nuevos cielos y tierra”. Pero ni siquiera su amor cambiará su promesa: “no entrará en ella ninguna cosa inmunda”. Aquellos que hoy rechazan el poder limpiador de la sangre de Cristo, se autoexcluyen del “cielo” de mañana. Fue contaminado una vez, ¡pero nunca más! ¡El pecado jamás entrará allí!
Artículo original publicado en inglés el 26 de Agosto de 2023, con el título: Never Again (PDF)
NOTA: Todas las citas bíblicas son tomadas de la versión Reina-Valera 1960.

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