
A menudo escribo y predico sobre la libertad que la muerte de Cristo en la cruz logró en los hijos de Dios. El apóstol Pablo resume esta obra diciendo: “sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él, para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado” (Romanos 6:6). Tan real y poderosa es esta obra que, por el simple acto de creer la verdad, somos “libertados del pecado” (Romanos 6:18). Sin embargo, para muchos, esta gloriosa libertad de los hijos de Dios es rápidamente robada por las falacias que se les predican desde el púlpito.
Consideremos la diferencia entre la “profesión” de la iglesia moderna y lo que realmente dice la Palabra de Dios. Pablo instruye al creyente: “así también vosotros consideraos muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro” (Romanos 6:11). Sin embargo, a pesar de esta clara instrucción de la Palabra de Dios, se les dice diariamente a los cristianos que confiesen: “Todos somos pecadores y pecamos todos los días”. Estas son declaraciones opuestas y contradictorias. Una reconoce la realidad de lo que Cristo hizo en la cruz para hacernos libres del pecado. La otra niega la obra de liberación de Cristo y se aferra a la falsa esperanza de que criaturas pecaminosas heredarán la gloria eterna.
El apóstol Pablo entendió que permanecemos firmes por la fe, es decir, creemos la verdad y confiamos en que Cristo cumplirá su Palabra en nosotros. Cuando la verdad es reemplazada por una falacia, la fe se transforma en ilusión. Por eso los apóstoles defendieron tan firmemente la verdad. En el evangelio, al ver y creer la verdad de la gloria de Cristo, somos “transformados de gloria en gloria en la misma imagen” (2 Corintios 3:18).
Porque Pablo entendía la importancia de ver la verdad de lo que fue logrado en Cristo para el hijo de Dios, oró para que “alumbrando los ojos de vuestro entendimiento, para que sepáis […] cuál la supereminente grandeza de su poder para con nosotros los que creemos, según la operación del poder de su fuerza, la cual operó en Cristo, resucitándole de los muertos y sentándole a su diestra en los lugares celestiales, sobre todo principado y autoridad y poder y señorío, y sobre todo nombre que se nombra, no sólo en este siglo, sino también en el venidero” (Efesios 1:18-21). Aquí es donde Pablo comienza a mostrarnos más acerca de lo que fue logrado para el creyente por medio de la resurrección y ascensión de Cristo a la gloria. Ambos eventos hablan de algo “que operó en Cristo”, lo cual trae una gloriosa realidad al hijo de Dios.
El apóstol Pedro nos dice que Dios nos ha “…hecho renacer para una esperanza viva, por la resurrección de Jesucristo de los muertos” (1 Pedro 1:3). El poder para que seamos “nacidos de nuevo” como nuevas criaturas en Cristo fue logrado cuando el Espíritu de Dios resucitó a Jesucristo de entre los muertos. Pablo dice que Dios nos “…dio vida juntamente con Cristo” (Efesios 2:5). Así como la muerte de Cristo en la cruz nos libró del pecado, su resurrección nos dio la misma vida que estaba en Cristo Jesús (Juan 1:4). No somos simplemente “hijos de Dios por la fe” (Gálatas 3:26). Pablo dice: “Y por cuanto sois hijos, Dios envió a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo, el cual clama: ¡Abba, Padre!” (Gálatas 4:6). Lo que comenzó con fe de nuestra parte, culminó con la venida del mismo Espíritu de Cristo a nosotros con su pleno poder vivificante. Como escribió el apóstol Juan: “Amados, ahora somos hijos de Dios…” (1 Juan 3:2).
Por medio de la resurrección de Jesucristo, se nos da vida. ¡Pero aún hay más! Pablo dice que Dios no sólo “nos dio vida juntamente con Cristo”, sino que también “juntamente con él nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús” (Efesios 2:6). Dios no sólo nos dio la vida de Cristo en nuestro interior, ¡también nos dio un glorioso lugar para vivir! Él lo llama “…lugares celestiales en Cristo Jesús”. Es un reino de “justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo” (Romanos 14:17).
Dios nos dio una maravillosa visión de este “lugar celestial” a través del profeta Isaías. Él habló de un tiempo en que “…vendrá Dios mismo, y os salvará” (Isaías 35:4). Esto fue lo que Dios hizo cuando Jesucristo se ofreció en la cruz. El profeta continuó diciendo: “Entonces los ojos de los ciegos serán abiertos, y los oídos de los sordos se abrirán. Entonces el cojo saltará como un ciervo, y cantará la lengua del mudo…” (Isaías 35:5-6). Estos grandes milagros se vieron en el ministerio terrenal de Jesucristo, pero también se ven cada vez que un pecador se vuelve a Cristo y es “…librado de la potestad de las tinieblas, y trasladado al reino de su amado Hijo” (Colosenses 1:13). En este “lugar celestial”, aquellos que antes eran sordos, ciegos, mudos y cojos, ahora oyen, ven, saltan de gozo y cantan alabanzas al Rey de gloria. Como proclama el himno “Sublime Gracia”: “Fui ciego, mas hoy veo yo”.
Este “lugar celestial” está lleno de “manantiales de aguas”, y dijo Isaías: “No habrá allí león, ni fiera subirá por él, ni allí se hallará, para que caminen los redimidos” (Isaías 35:9). Satanás, como león rugiente, puede andar por este mundo buscando a quien devorar, pero ten la seguridad de que Cristo te ha dado una tierra en la cual vivir donde no hay león rugiente. No hay ni un solo demonio ni espíritu inmundo en Cristo. Dios ha levantado a sus hijos en Cristo a un lugar muy por encima de tales cosas. Puedes oír el rugido del león desde abajo, pero él no puede devorarte.
No hay cosa ni persona inmunda en este reino que Dios ha hecho para que sus hijos caminen en él. La profecía dice: “Y habrá allí calzada y camino, y será llamado Camino de Santidad; no pasará inmundo por él…” (Isaías 35:8). Dios hablaba nuevamente de este reino cuando dijo: “Y tu pueblo, todos ellos serán justos; para siempre heredarán la tierra; renuevos de mi plantío, obra de mis manos, para glorificarme” (Isaías 60:21).
Esta no es una tierra para después de morir. Pablo dice que estos “lugares celestiales” están “en Cristo”. Todo lo que está “en Cristo” ha sido preparado para ti hoy. En la eternidad no sólo estaremos “en Cristo”, sino “con Cristo”. Considera esto y permite que se establezca en tu fe y en tu corazón: en la muerte de Cristo somos liberados del pecado; en la resurrección de Cristo se nos da vida; y en la ascensión de Cristo se nos da un lugar donde vivir. Jesús habló de esto el día antes de su crucifixión, diciendo: “Voy, pues, a preparar lugar para vosotros” (Juan 14:2).
Artículo original publicado en inglés el 2 de Septiembre de 2023, con el título: A Place to Live (PDF)
NOTA: Todas las citas bíblicas son tomadas de la versión Reina-Valera 1960.

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