
Un día, Jesús entró en una sinagoga y las Escrituras registran: “había en la sinagoga de ellos un hombre con espíritu inmundo, que dio voces, diciendo: ¡Ah! ¿qué tienes con nosotros, Jesús nazareno? ¿Has venido para destruirnos? Sé quién eres, el Santo de Dios” (Marcos 1:23-24). Este demonio tenía miedo porque reconocía a Jesús como “el Santo de Dios”. Sus palabras, “¿Has venido para destruirnos?”, hacían referencia a las promesas que Dios había hecho acerca de la destrucción de Satanás. Cuando Dios habló de la “simiente de la mujer”, le dijo a la Serpiente: “ésta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar” (Génesis 3:15). Esta fue una profecía acerca de la destrucción de Satanás y sus obras por medio de Jesucristo en la cruz. Dios también habló a través de Ezequiel sobre la destrucción de Satanás, diciendo: “… te arrojé de entre las piedras del fuego, oh querubín protector” (Ezequiel 28:16)1. Los demonios conocían estas profecías de las Escrituras y temblaban al darse cuenta de que el “Santo” estaba en medio de ellos.
La revelación de Jesucristo siempre está basada en las profecías de las Escrituras. Cuando un mendigo ciego llamado Bartimeo oyó que Jesús de Nazaret pasaba cerca, “comenzó a dar voces y a decir: ¡Jesús, Hijo de David, ten misericordia de mí!” (Marcos 10:47). Este clamor de Bartimeo tenía un doble reconocimiento. Primero, al llamar a Jesús “Hijo de David”, sin duda se refería a la profecía que identificaba al Cristo como descendiente de David, diciendo: “Saldrá una vara del tronco de Isaí, y un vástago retoñará de sus raíces. Y reposará sobre él el Espíritu de Jehová…” (Isaías 11:1-2). En segundo lugar, Bartimeo, como todos los judíos, conocía la profecía del Cristo que decía: “… no temáis; he aquí que vuestro Dios viene con retribución, con pago; Dios mismo vendrá, y os salvará. Entonces los ojos de los ciegos serán abiertos, y los oídos de los sordos se abrirán. Entonces el cojo saltará como un ciervo, y cantará la lengua del mudo…” (Isaías 35:4-6). Porque Bartimeo creía que Jesús era el prometido “Hijo de David”, también sabía, por causa de esta profecía, que el Cristo abriría los ojos de los ciegos. ¡Simplemente clamó a Jesús y fue sanado!
Mientras caminaban hacia el lugar donde Dios le había dicho a Abraham que ofreciera a su hijo Isaac en holocausto, Isaac preguntó a Abraham: “He aquí el fuego y la leña; mas ¿dónde está el cordero para el holocausto?” (Génesis 22:7). Abraham respondió: “Dios se proveerá de cordero para el holocausto, hijo mío” (Génesis 22:8). Luego, después de que Dios detuvo la mano de Abraham antes de que sacrificara a Isaac, “Abraham llamó el nombre de aquel lugar, Jehová proveerá. Por tanto se dice hoy: En el monte de Jehová será provisto” (Génesis 22:14). Esta fue una declaración de que todo Israel vería a Dios proveer su propio “cordero” como sacrificio. El profeta Isaías describió al Mesías como un cordero sacrificial ofrecido por todo el mundo, diciendo: “… su parecer era desfigurado más que el de cualquier hombre, y su hermosura más que la de los hijos de los hombres; así asombrará él a muchas naciones…” (Isaías 52:14-15). Cuando Juan el Bautista escuchó que Dios identificó a Jesús de Nazaret como su “Hijo Amado”, él supo por las profecías que estaba viendo al “cordero” de Dios. Por eso comenzó a decir a otros: “He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Juan 1:29).
Cuando Marta, la hermana de Lázaro, dijo a Jesús: “Yo he creído que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, que has venido al mundo” (Juan 11:27), estaba reconociendo dos verdades innegables del evangelio. Una de ellas está establecida en el Salmo 2. Dios habló a través de David, diciendo: “Pero yo he puesto mi rey sobre Sion, mi santo monte. Yo publicaré el decreto; Jehová me ha dicho: Mi hijo eres tú; yo te engendré hoy” (Salmos 2:6-7). El Mesías prometido, a quien Dios establecería como “rey sobre el monte santo de Sion”, también sería el “Hijo unigénito de Dios”. Dios continúa diciendo: “Honrad al Hijo, para que no se enoje, y perezcáis en el camino, pues se inflama de pronto su ira. Bienaventurados todos los que en él confían” (Salmos 2:12). Cuando se le reveló a Marta que Jesús es el Cristo prometido por Dios, ella entonces supo, por las profecías de las Escrituras, que no era simplemente un hombre natural, sino que en verdad era el Hijo de Dios. ¡Él solo necesitaba hablar la palabra, y su hermano Lázaro sería resucitado de entre los muertos!
Pedro expresó la revelación de Jesucristo en palabras similares a las de Marta. Dijo a Jesús: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente” (Mateo 16:16). La profecía más definitiva de Cristo en la Biblia fue entregada al profeta Daniel por el ángel Gabriel. Él habló del “Mesías Príncipe”, que vendría “para poner fin a la prevaricación, y poner fin al pecado, y expiar la iniquidad, y traer la justicia perdurable…” (Daniel 9:24-25). Aunque no entendían cómo, los judíos sabían que cuando el Mesías viniera, él “pondría fin al pecado”. El apóstol Juan confirma esto, diciendo: “Y sabéis que él apareció para quitar nuestros pecados, y no hay pecado en él” (1 Juan 3:5). Al decirle a Jesús: “Tú eres el Cristo”, Pedro estaba diciendo: “¡Tú eres el que pondrá fin al pecado! ¡Tú eres el que hará expiación por la iniquidad! ¡Tú eres el que traerá justicia eterna!”. Más adelante, Pedro entendería que Jesús cumplió esta obra por medio de su muerte en la cruz, en y para todo aquel que cree la verdad y confía en Él.
La revelación de Jesucristo no se basa en la palabra de papas, teólogos, seminarios ni denominaciones. Esta revelación siempre viene por el Espíritu de Dios y está basada en las profecías de las Escrituras. Al recordarnos que los apóstoles “fueron testigos oculares de su majestad”, Pedro afirma: “tenemos también la palabra profética más segura, …entendiendo primero esto, que ninguna profecía de la Escritura es de interpretación privada; porque nunca la profecía fue traída por voluntad humana, sino que los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo” (2 Pedro 1:19-21). Las simples profecías halladas en las Escrituras, que declaran lo que Cristo haría cuando viniera, son “más seguras” aún que las cosas sobrenaturales que los apóstoles vivieron mientras caminaban con Jesucristo.
Los últimos diecinueve siglos están llenos de los errores de hombres que abandonaron el testimonio que Dios dio en su Palabra acerca de Jesucristo, en favor de algo que afirmaban ser una nueva revelación o experiencia sobrenatural. Si esa revelación o “experiencia sobrenatural” fuera de Dios, habría señalado las simples profecías de Cristo que han estado en la Palabra de Dios todo este tiempo. Ninguna de nuestras experiencias, sean “sobrenaturales” o no, establecen cuál es la verdad de Dios. Como escribió Pablo: “…sea Dios veraz, y todo hombre mentiroso…” (Romanos 3:4). “El testimonio que Dios ha dado acerca de su Hijo” (1 Juan 5:10) está claramente registrado en las profecías de las Escrituras, para aquellos que simplemente lo crean.
1 (Ezequiel 28:16) en la KJV aparece cómo: “By the multitude of thy merchandise they have filled the midst of thee with violence, and thou hast sinned: therefore I will cast thee as profane out of the mountain of God: and I will destroy thee, O covering cherub, from the midst of the stones of fire.” Las palabras en negritas se traducen cómo “yo te destruiré”, pero en la RV1960 aparece traducido cómo “te arrojé”, quizás por usar el mismo verbo para una expresión similar a la que aparece en el versículo 17 “yo te arrojaré”. La palabra usada para destruir, si aparece en el texto hebreo, por lo que la traducción en inglés es más precisa, y proféticamente habla de la destrucción final de Satanás.
Artículo original publicado en inglés el 10 de Noviembre de 2023, con el título: The Sure Word of Prophecy (PDF)
NOTA: Todas las citas bíblicas son tomadas de la versión Reina-Valera 1960.

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