
Una noche, en un sueño, vi la segunda venida de Jesucristo. Estaba ascendiendo para encontrarme con el Señor en el aire, cuando el sueño retrocedió en el tiempo a un período poco antes de la aparición de Jesús en las nubes y luego comenzó a avanzar de nuevo.
Me encontré de pie sobre uno de los muchos vagones descubiertos de un tren que se desplazaba a gran velocidad por las vías. Los vagones estaban llenos de personas, algunas de las cuales conocía. Tenía la apariencia de una reunión social donde las personas sostenían copas en sus manos y comían “comida de fiesta”. En retrospectiva, muchas veces he considerado estos vagones como iglesias o grupos de personas de iglesia. Mientras estaba allí de pie, mi mente era consciente de la venida de Jesucristo, que acababa de ver. Llamé la atención de un hombre que reconocí, quien alzó la mano y me la estrechó. Sujeté su mano y le dije estas palabras: “¡Jesús viene! ¡Tenemos que ser reales!”. El hombre estuvo de acuerdo con lo que dije, pero parecía avergonzado de que lo dijera en ese momento. Sabía que no entendía la urgencia, así que mantuve su mano y repetí la frase: “¡Jesús viene! ¡Tenemos que ser reales!”. Esta vez, el hombre trató de ignorar que yo seguía sujetando su mano e intentó continuar socializando con los demás en el vagón.
Fue entonces cuando llegué al punto donde el sueño había comenzado inicialmente, y Jesús apareció en el cielo acompañado por una multitud de ángeles y una compañía innumerable de santos. Aún sostenía la mano del hombre cuando comencé a sentir que era levantado para encontrarme con Cristo en el aire. Amaba a ese hombre y no quería soltar su mano, pero muy pronto, mi agarre se rompió mientras era elevado. La atención del hombre se volvió hacia el cielo, y vi la incredulidad en sus ojos mientras decía estas palabras: “¡No …pero yo creo!”. Dijo las mismas palabras de nuevo, pero la incredulidad se convertía en horror. “¡No …pero yo creo!”
Mientras era llevado más y más alto, alejándome del tren, los demás en los vagones comenzaron a notar lo que estaba ocurriendo. Todos clamaban con las mismas palabras: “¡No …pero yo creo!” Observé cómo el tren seguía a toda velocidad por las vías hasta que las vías y la tierra terminaron, y el tren comenzó a caer en el abismo. Casi al unísono, todos en el tren gritaban: “¡No …pero yo creo!”
Este sueño terminó en un gran horror para aquellos que pensaban que su “creer” los salvaría. De alguna manera, la fe en Jesucristo había sido sustituida por un asentimiento mental vacío. No hay duda de que somos salvos “por gracia …por medio de la fe” (Efesios 2:8), y también “por la fe estáis en pie” (Romanos 11:20). Sin embargo, la fe salvadora siempre se basa en la creencia en la verdad del evangelio. Si el simple hecho de creer “cualquier cosa” constituyera fe, entonces creer una mentira también sería fe. Sin embargo, Pablo advirtió de aquellos que recibieron “…un poder engañoso, para que crean la mentira, a fin de que sean condenados todos los que no creyeron a la verdad, sino que se complacieron en la injusticia” (2 Tesalonicenses 2:10-12). Un atacante suicida puede creer que su muerte le garantizará el cielo, pero su firme creencia no es fe. Solo está creyendo una mentira. Creer una mentira nunca te llevará a las promesas de Dios.
La verdadera fe salvadora trae una respuesta de parte de Dios al creyente tan clara, que la existencia de tal fe es evidente para todos. El apóstol Juan nos dijo: “El que cree en el Hijo de Dios, tiene el testimonio (evidencia) en sí mismo” (1 Juan 5:10). La evidencia bíblica de la fe salvadora es como una ciudad puesta sobre un monte. No se puede esconder. Veamos la evidencia bíblica de la fe salvadora:
“Dios… les dio testimonio, dándoles el Espíritu Santo… y purificando por la fe sus corazones” (Hechos 15:8-9). La fe salvadora trae un corazón limpio al creyente. Es la promesa del evangelio. Dios dijo: “Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros” (Ezequiel 36:26). El apóstol nos dijo que “la sangre de Cristo… limpiará vuestras conciencias (pensamientos y sentimientos internos) de obras muertas para que sirváis al Dios vivo” (Hebreos 9:14).
“…santificados por la fe que es en mí” (Hechos 26:18). Jesús fue a la cruz “para santificar al pueblo mediante su propia sangre” (Hebreos 13:12). Por medio de la fe en Jesucristo, el pecado es lavado de nuestros corazones y de nuestra naturaleza por su preciosa sangre. Juan nos recuerda que Jesús “…nos amó, y nos lavó de nuestros pecados con su sangre” (Apocalipsis 1:5).
“Porque con el corazón se cree para justicia…” (Romanos 10:10). Por medio de la fe en Jesucristo, somos transformados de uno que nació pecador a uno que ha sido hecho justo por la obra de Cristo. Pablo nos dice: “Porque así como por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno, los muchos serán constituidos justos” (Romanos 5:19).
Pablo nos dijo: “Examinaos a vosotros mismos si estáis en la fe; probaos a vosotros mismos” (2 Corintios 13:5). Si nuestra fe no nos ha traído lo que la Biblia dice que la verdadera fe trae, entonces debemos examinar si estamos en la fe. ¡Tu eternidad depende de ello!
Artículo original publicado en inglés el 28 de Diciembre de 2023, con el título: “ …but I Believe!” (PDF)
NOTA: Todas las citas bíblicas son tomadas de la versión Reina-Valera 1960.

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