
El apóstol Pablo describió al pueblo de Dios como “herederos de Dios y coherederos con Cristo” (Romanos 8:17). Esta declaración en realidad habla de dos herencias distintas. Ser “herederos de Dios” significa heredar todas las promesas que Dios declaró que pertenecerían a los redimidos. Por otro lado, ser “coherederos con Cristo” significa que recibimos parte de una herencia que le pertenece a Jesucristo.
Quizás la mayor promesa dada a Cristo fue pronunciada proféticamente por David, quien escribió: “Dijo Jehová a mi Señor: Siéntate a mi diestra, hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies. Jehová enviará desde Sion la vara de tu poder; domina en medio de tus enemigos. Tu pueblo se te ofrecerá voluntariamente en el día de tu poder…” (Salmos 110:1-3). Esta profecía es mencionada por Jesús y los apóstoles más de veinte veces en los escritos del Nuevo Testamento. Habla de lo que Dios hizo inmediatamente después de la resurrección de Jesucristo de entre los muertos.
Cristo vino al mundo y nació de mujer con un único propósito. Ya que “la sangre de los toros y de los machos cabríos no puede quitar los pecados” (Hebreos 10:4), la Escritura registra que “…por lo cual, entrando en el mundo dice: Sacrificio y ofrenda no quisiste; Mas me preparaste cuerpo” (Hebreos 10:5). Cristo vino en carne humana para poder tener un cuerpo que ofrecer y sangre que derramar con poder para quitar nuestro pecado.
Cuando terminó esta gran obra de redención, la Biblia registra: “…pero Cristo, habiendo ofrecido una vez para siempre un solo sacrificio por los pecados, se ha sentado a la diestra de Dios, de ahí en adelante esperando hasta que sus enemigos sean puestos por estrado de sus pies” (Hebreos 10:12-13). Cristo había cumplido todo lo que se le envió a hacer, y ahora era el momento de que el Padre cumpliera la promesa que había hecho más de mil años antes. Ahora haría que todo enemigo se postrara ante el nombre exaltado de Jesucristo.
El apóstol Pablo confirma esto cuando habla de cómo Cristo se humilló para ser hecho semejante a los hombres y “…se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz” (Filipenses 2:8). Las siguientes palabras de Pablo nos dicen cómo el Padre comenzó a cumplir su promesa a su Hijo obediente. Pablo escribió: “Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre” (Filipenses 2:9-11). Esto nuevamente confirma que Cristo recibió la posición exaltada que Dios le había prometido, y ahora Dios haría que todo nombre y toda criatura se doblaran “en el nombre de Jesús”.
Cuando el cojo en la puerta del Templo fue sanado instantáneamente y levantado en el nombre de Jesucristo de Nazaret, Pedro explicó cómo sucedió, diciendo: “…el Dios de nuestros padres ha glorificado a su Hijo Jesús…” (Hechos 3:13). Este gran milagro fue una demostración abierta de que Jesús estaba sentado a la diestra de Dios, y todo tenía que doblarse ante su nombre. Dios estaba mostrando que había cumplido su promesa y “glorificado a su Hijo”.
A medida que se difundía la noticia de este gran milagro, Pedro y Juan fueron arrestados y llevados ante el sumo sacerdote judío y los líderes, quienes exigieron saber cómo habían hecho tal milagro. “Entonces Pedro, lleno del Espíritu Santo, les dijo: Gobernantes del pueblo, y ancianos de Israel: Puesto que hoy se nos interroga acerca del beneficio hecho a un hombre enfermo, de qué manera éste haya sido sanado, sea notorio a todos vosotros, y a todo el pueblo de Israel, que en el nombre de Jesucristo de Nazaret, a quien vosotros crucificasteis y a quien Dios resucitó de los muertos, por él este hombre está en vuestra presencia sano” (Hechos 4:8-10). Los apóstoles sabían que los grandes milagros se trataban del cumplimiento de la promesa de Dios de hacer que toda rodilla se doblara ante el nombre de Jesucristo.
Cuando observamos más de cerca esta gran promesa hecha a Cristo, se hace evidente cómo el pueblo de Dios llega a ser “coheredero con Cristo” en su cumplimiento. Primero, se prometió: “Jehová enviará desde Sion la vara de tu poder” (Salmos 110:2). Los apóstoles fueron muy claros al decir que “Sion” se refiere a la iglesia de Jesucristo. El libro de Hebreos nos dice que no nos hemos acercado a un monte en el desierto, “sino que os habéis acercado al monte de Sion, a la ciudad del Dios vivo, Jerusalén la celestial, a la compañía de muchos millares de ángeles, a la congregación de los primogénitos que están inscritos en los cielos…” (Hebreos 12:22-23). Es por medio de la iglesia (Sion) que Dios prometió enviar “la vara de su poder” y hacer que todo enemigo se postre ante Cristo. Dios hace esto llenando a su pueblo con el Espíritu Santo y extendiendo su mano por medio de ellos.
Cuando Dios le hizo esta promesa a Cristo sobre “el día de tu poder”, dijo: “Tu pueblo se te ofrecerá voluntariamente en el día de tu poder…” (Salmos 110:3). La palabra hebrea traducida como “voluntariamente” significa “espontaneidad” y casi siempre se traduce como una “ofrenda voluntaria”. Había muchos sacrificios y ofrendas que eran requeridos bajo el sistema de sacrificios de la Ley. Una ofrenda voluntaria, sin embargo, no se basaba en un requerimiento, sino que se ofrecía voluntariamente como un regalo desde el corazón de la persona que la traía. Muchas personas sirven a Dios simplemente porque no quieren perderse. Otros ministran porque han recibido un llamado y saben que deben cumplirlo. Incluso el apóstol Pablo dijo: “…me es impuesta necesidad; y ¡ay de mí si no anunciare el evangelio!” (1 Corintios 9:16). Jesús habló de aquellos cuyo servicio hacia él solo cumple con un deber o responsabilidad, diciendo: “Así también vosotros, cuando hayáis hecho todo lo que os ha sido ordenado, decid: Siervos inútiles somos, pues lo que debíamos hacer, hicimos” (Lucas 17:10).
Nadie será “coheredero con Cristo” si simplemente está cumpliendo su deber. Dios prometió a Cristo que “en el día de su poder” su pueblo sería como una ofrenda voluntaria. Se entregarían por completo al Señor porque era el verdadero deseo de su corazón. A estos es a quienes Dios prometió llenar con su Espíritu y obrar a través de ellos para hacer que todo enemigo se postre ante el nombre de Jesús. Estos “enemigos” incluyen todo pecado, enfermedad, dolencia, demonios, esclavitud, circunstancias e imposibilidades.
La iglesia del primer siglo vio “el día del poder de Cristo” manifestado de una manera poderosa. La primera mitad del siglo XX también vio un gran derramamiento del Espíritu de Dios acompañado de grandes milagros, sanidades y liberaciones. Tristemente, los últimos cincuenta años se han caracterizado más por el espectáculo, el sensacionalismo y el engaño de aquellos que buscan su propia gloria. Espíritus de adivinación y brujería ahora ocupan lugares de honor donde una vez la mano de Dios se extendía. Tal iglesia nunca conocerá “el día del poder de Cristo”. Sin embargo, Dios todavía está dispuesto a hacer que toda rodilla se doble ante el nombre de Jesucristo, pero no lo hará sin un pueblo que se entregue por completo a Él como una ofrenda voluntaria. ¡Esta es la promesa que hizo a su Hijo!
Artículo original publicado en inglés el 22 de Febrero de 2024, con el título: The Day of His Power (PDF)
NOTA: Todas las citas bíblicas son tomadas de la versión Reina-Valera 1960.

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