
Hace varios años, el dueño de una tienda de sándwiches local me siguió hasta el estacionamiento de su negocio, gritando que yo iba camino al infierno porque negaba que el bautismo en agua fuera necesario para la salvación. Según la creencia de este hombre, una persona tenía que ser bautizada con ciertas palabras exactas pronunciadas sobre ella, o de lo contrario estaría eternamente perdida. Tal vez lo que más lo enfureció fue que cité las palabras del apóstol Pablo, quien dijo: “Pues no me envió Cristo a bautizar, sino a predicar el evangelio; no con sabiduría de palabras, para que no se haga vana la cruz de Cristo” (1 Corintios 1:17).
No estoy en contra del bautismo, pero sí me opongo firmemente a que alguien confíe en el bautismo en agua como base o seguridad de su salvación. El apóstol Pablo enfrentó un problema similar que surgió durante su ministerio. La circuncisión había sido instituida por Dios como señal de que una persona creía en Él. Sin embargo, para los judíos, la circuncisión se convirtió en algo más que una señal. Se convirtió en la causa y prueba de su justicia, que en realidad no era más que justicia propia.
La circuncisión formaba parte de la “carne” religiosa en la que Pablo había confiado antes de venir a Cristo (Filipenses 3:4-7). Después de conocer a Cristo, Pablo no solo se dio cuenta de que la circuncisión nunca le había añadido nada, sino que su confianza en ella había sido un gran perjuicio para su alma. Cualquier cosa en la que confíes para tu salvación o justicia que no sea únicamente Cristo, es en realidad una herramienta que Satanás usa para cegar tu corazón a la verdad de Cristo. Pablo dijo a los creyentes de Galacia: “He aquí, yo Pablo os digo que si os circuncidáis, de nada os aprovechará Cristo” (Gálatas 5:2). No es que una persona circuncidada no pueda ser salva, sino que estos gálatas, que ya eran salvos, estaban intentando completar su salvación mediante un rito religioso. Este rito, en efecto, estaba ocupando el lugar de la fe en Jesucristo, haciendo que “de Cristo os desligasteis, los que por la ley os justificáis; de la gracia habéis caído” (Gálatas 5:4).
Pablo sabía que tales cosas no eran más que “carne”, y que debían ser expuestas como tales. Él dijo: “Porque en Cristo Jesús ni la circuncisión vale algo, ni la incircuncisión, sino una nueva creación” (Gálatas 6:15). La circuncisión no tiene más poder para salvar que la incircuncisión. Ninguna de las dos puede liberar a una persona del pecado ni hacerla nacer de nuevo como una nueva criatura. Pablo nos dijo que cuando una persona es hecha nueva creación, “las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas” (2 Corintios 5:17). Esto no es solo una proclamación en el cielo; es una realidad presente que lo cambia todo. Solo por medio de creer el evangelio de Cristo puede realizarse una obra tan gloriosa en una persona. Según las palabras de Pablo, si aquello en lo que has confiado no te ha hecho una nueva criatura, entonces eso en lo que has confiado no ha hecho nada por ti.
Jesús nos dijo: “El espíritu es el que da vida; la carne para nada aprovecha; las palabras que yo os he hablado son espíritu y son vida” (Juan 6:63). Todo rito, ordenanza, sacramento o ceremonia que una persona puede administrar a otra no es más que “carne”. Algunos de estos pueden tener gran simbolismo del evangelio e incluso ser demostraciones públicas de fe en Cristo, pero ninguno de ellos imparte gracia ni tiene poder para salvar un solo alma. “El espíritu es el que da vida; la carne para nada aprovecha.”
No existe tal cosa como la regeneración bautismal. La Escritura relata que Cornelio y los que estaban con él tuvieron sus corazones purificados por la fe en Jesucristo y recibieron el bautismo del Espíritu Santo con la evidencia de hablar en lenguas simplemente al oír y creer el evangelio de Cristo. Solo después de que los creyentes judíos vieron que Cornelio y su casa ya eran salvos, los bautizaron en agua. El bautismo fue únicamente un reconocimiento de lo que Dios ya había hecho (Hechos 10:44-48, Hechos 15:7-9).
La confianza de salvación que muchas multitudes tienen es que fueron bautizadas en agua. Si esa es tu confianza, tu caminar espiritual está edificado sobre una falacia. Aquellos que confían en el rito han puesto su fe en una obra religiosa muerta y no en Cristo Jesús. No estoy diciendo que una persona que cree firmemente en el bautismo no pueda ser salva. Estoy diciendo que si su fe está en el rito, está confiando en algo que no puede salvar ni un alma.
No cabe duda de que la iglesia primitiva bautizaba a los nuevos creyentes como testimonio público de su fe en Jesucristo. Pero las palabras de Pablo, “Pues no me envió Cristo a bautizar, sino a predicar el evangelio”, fueron dichas como advertencia para aquellos que estaban confundidos acerca de dónde se hallaba el poder de la salvación. Dios escogió “salvar a los creyentes por la locura de la predicación” (1 Corintios 1:21). La verdadera predicación del evangelio siempre dirige toda nuestra fe a Jesucristo y a la obra de redención que Él realizó en la cruz. Cualquier cosa religiosa en la que confíes que no sea el Salvador crucificado y resucitado te priva de las riquezas de su gracia y hasta puede causar la perdición de tu alma.
Artículo original publicado en inglés el 2 de Marzo de 2024, con el título: Circumcision and Baptism (PDF)
NOTA: Todas las citas bíblicas son tomadas de la versión Reina-Valera 1960.

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