
Mientras Jesús era interrogado y abrumado con insultos por parte de los principales sacerdotes, los ancianos y el concilio supremo de los judíos, Pedro lo estaba negando. En la primera ocasión, Pedro simplemente negó conocer a Jesús. En la segunda, juró que no lo conocía. Finalmente, en la tercera ocasión, Pedro comenzó “…a maldecir y a jurar: No conozco al hombre” (Mateo 26:74). Parece que Pedro no solo hizo un juramento de que no conocía a Jesús, sino que pronunció una maldición, ya sea sobre quienes lo acusaban de conocer a Jesús, o, más probablemente, sobre el mismo Jesucristo.
Solo unas horas antes, Jesús le había dicho a Pedro que lo negaría tres veces (Lucas 22:34). Pedro no podía creer que haría tal cosa, pero Jesús le dijo: “Simón, Simón, he aquí Satanás os ha pedido para zarandearos como a trigo; pero yo he rogado por ti, que tu fe no falte; y tú, una vez vuelto, confirma a tus hermanos” (Lucas 22:31-32). Con estas palabras, Jesús miraba más allá de la negación de Pedro, hacia la hora de su conversión. Durante más de tres años, Pedro había sido un discípulo, pero fue solo después de la resurrección de Jesús que Pedro se convirtió en un hijo de Dios nacido de nuevo.
Durante toda mi vida he oído a ministros usar la negación de Pedro, el adulterio de David o el engaño de Abraham al Faraón como prueba de la pecaminosidad que aún posee cada hijo de Dios. Al hacerlo, muestran que son completamente ignorantes del gran cambio y redención que se efectuó en el Calvario. Aunque es cierto que hay mucho que podemos aprender de quienes caminaron con Dios antes de la venida de Cristo, ellos (incluido Pedro antes de su conversión) no son ejemplos de lo que significa ser redimido por el Señor.
Aunque el libro de Hebreos nos recuerda las hazañas que los grandes hombres y mujeres de la antigüedad realizaron por la fe, también dice: “Conforme a la fe murieron todos estos sin haber recibido lo prometido, sino mirándolo de lejos, y creyéndolo, y saludándolo…” (Hebreos 11:13). Tan grandes como fueron estos hombres y mujeres de fe, vivieron persuadidos de la promesa de redención, esperándola, pero sin poder recibirla en su tiempo.
Al concluir su lista de los grandes hombres y mujeres de fe, el autor de Hebreos dice: “Y todos estos, aunque alcanzaron buen testimonio mediante la fe, no recibieron lo prometido; proveyendo Dios alguna cosa mejor para nosotros, para que no fuesen ellos perfeccionados aparte de nosotros” (Hebreos 11:39-40). Cada uno de ellos obtuvo testimonio de justicia por la fe, pero no pudieron recibir en vida la plenitud de la salvación que nosotros recibimos por medio de Jesucristo.
Las palabras “hechos perfectos” tal como se usan en Hebreos significan “completados”. Esta “completación” se describe como la purificación del hombre interior del pecado mediante la sangre de Cristo. La Biblia dice: “¿Cuánto más la sangre de Cristo, el cual mediante el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios, limpiará vuestras conciencias de obras muertas para que sirváis al Dios vivo?” (Hebreos 9:14). La “conciencia” se refiere a tus “pensamientos y sentimientos más profundos”. Los sacrificios y ritos de la Ley podían santificar el exterior de una persona, pero nunca podían lavar el pecado del corazón. La Biblia dice: “Porque la sangre de los toros y de los machos cabríos no puede quitar los pecados” (Hebreos 10:4). El sistema sacrificial de la Ley dejaba a la persona muy “incompleta” delante de Dios porque el pecado aún permanecía en su corazón y naturaleza.
Jesucristo vino para “quitar el pecado” (Juan 1:29) que habita en el corazón humano. Esto es lo que significa ser hecho completo. Sin embargo, nadie pudo recibir esta “completación” hasta que Cristo murió y resucitó de entre los muertos.
Los creyentes que vivieron antes de la venida de Cristo murieron en fe sin recibir las promesas, pero no estaban perdidos. La Biblia lo confirma en el capítulo siguiente de Hebreos, cuando nos dice que al venir a Jesús también venimos “a Dios el juez de todos, a los espíritus de los justos hechos perfectos” (Hebreos 12:22-23). Ellos no fueron hechos completos antes de morir, pero recibieron esa completación cuando Cristo resucitó. Fueron hombres justos mientras vivieron, pero ahora son “los espíritus de los justos hechos perfectos”.
Para quienes están vivos hoy, es una peligrosa falacia creer que también recibirán la prometida limpieza del pecado después de la muerte. Esto fue verdad para Abraham, David y otros porque creyeron en Dios aun cuando Cristo no había venido todavía. Hoy, ¡Cristo ha venido! Jesús fue muy claro. Solo aquellos que no creen en Él mueren en sus pecados. Él dijo: “…porque si no creéis que yo soy, en vuestros pecados moriréis” (Juan 8:24). Tu liberación del pecado y de Satanás no es después de morir. ¡Hoy es el día de salvación! ¡Después de morir, será demasiado tarde!
Artículo original publicado en inglés el 11 de Mayo de 2024, con el título: The Spirits of Just Men Made Perfect (PDF)
NOTA: Todas las citas bíblicas son tomadas de la versión Reina-Valera 1960.

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