213. Santificados por la fe – Parte 1

Durante siglos, la justificación y la santificación se han entendido como una especie de paso 1 y paso 2 en la experiencia cristiana. En términos generales, la justificación se ha presentado como algo que afecta nuestra posición ante Dios, mientras que la santificación se enseña como aquello que trata de nuestra limpieza delante de Dios, ya sea de forma posicional o en la experiencia práctica. Casi toda enseñanza del evangelio intenta encajar dentro de este marco de una forma u otra. Durante muchos años he cuestionado las explicaciones que se dan sobre ambas obras, pero hoy veo claramente que el marco básico en sí está fatalmente defectuoso. Una lectura honesta de las Escrituras muestra claramente que la justificación y la santificación no son dos obras distintas, sino dos formas diferentes de explicar este maravilloso evangelio de Cristo a dos públicos muy distintos. La justificación explicaba el evangelio en términos que el mundo grecorromano podía comprender, presentando el evangelio como “la justicia de Dios” (Romanos 1:16-17). Por otro lado, la santificación explicaba el mismo evangelio en términos que los hebreos entendían, basándose en los requisitos de purificación establecidos en la Ley de Moisés.

El apóstol Pablo es el único escritor del Nuevo Testamento que presentó el evangelio en términos de justificación, lo cual hizo en Hechos, Romanos, Gálatas y Tito. Él era apóstol de los gentiles, y parece que el evangelio que recibió por revelación fue diseñado para hablar a los gentiles y no era fácilmente comprendido por los primeros creyentes judíos. Pedro habló de las epístolas de Pablo diciendo que en ellas hay “…algunas cosas difíciles de entender…” (2 Pedro 3:15-16). Pablo parece reconocer su forma diferente de presentar el evangelio cuando relata el viaje que él y Bernabé hicieron a Jerusalén para ver a los otros apóstoles. Dijo: “subí según una revelación, y para no correr o haber corrido en vano, les comuniqué el evangelio que predico entre los gentiles. También dice: “…cuando vieron que me había sido encomendado el evangelio de la incircuncisión, como a Pedro el de la circuncisión (Gálatas 2:7). No era un evangelio diferente, pero sí una forma marcadamente distinta de presentarlo.

En la epístola a los Romanos, el apóstol Pablo escribió famosamente: “Porque no me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree; al judío primeramente, y también al griego. Porque en el evangelio la justicia de Dios se revela…” (Romanos 1:16-17). En los tres primeros capítulos, Pablo actúa como un fiscal que derriba toda defensa hasta que vemos que todo el mundo es culpable de pecado y merece condenación (Romanos 3:19). Es en este punto cuando Pablo comienza a mostrar los pasos que la justicia de Dios determinó para la salvación de la humanidad. Dice: “Pero ahora, aparte de la ley, se ha manifestado la justicia de Dios…” (Romanos 3:21). Luego descubrimos que la primera parte de la justificación es el perdón, o “la remisión de los pecados pasados” (Romanos 3:25). En el capítulo 4 vemos que la justificación viene únicamente por la fe, pero en el capítulo 5 comenzamos a ver la transformación que la justificación produce en el creyente. El justo juicio de Dios determinó que si un solo hombre, Adán, nos hizo pecadores, entonces otro hombre, Jesucristo, nos haría justos. Pablo lo declara claramente, diciendo: “Porque así como por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno, los muchos serán constituidos justos” (Romanos 5:19).

El capítulo 6 de Romanos nos explica cómo la obra de justificación de Dios transforma a un pecador en una nueva creación justa. Pablo dijo: “sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él, para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado” (Romanos 6:6). Nuestra muerte en unión con Cristo es la forma en que Dios decidió librarnos del poder y la presencia del pecado. Algunos afirman que este pasaje explica la santificación, pero no es así. El siguiente versículo dice: “porque el que ha muerto, ha sido justificado del pecado” (Romanos 6:7). Lo importante aquí es notar que la palabra traducida como “justificado” en este versículo es el término griego dikaióō, que es la misma palabra que Pablo usa para “justificar”. ¡Nuestra liberación del pecado es el resultado supremo de la obra de justificación de Cristo! Luego, Pablo nos dice que la santidad es el fruto, o resultado, de haber sido libertados del pecado por el poder justificador de la cruz de Cristo (Romanos 6:22). En lugar de decir que somos hechos santos por la obra de la santificación, en Romanos Pablo presenta que somos hechos santos por el poder de la justificación.

En el capítulo 8 de Romanos, Pablo hace un resumen de todo lo que ha escrito hasta ese punto. Dice: “…y a los que predestinó, a éstos también llamó; y a los que llamó, a éstos también justificó; y a los que justificó, a éstos también glorificó” (Romanos 8:30). Cualquier teólogo moderno habría dicho: “a los que llamó, también justificó; y a los que justificó, también santificó”, pero Pablo no menciona aquí la santificación. ¿Por qué? Porque Pablo no está explicando el evangelio basado en los requisitos de purificación de la Ley, sino que está presentando la justicia de Dios para salvar a los pecadores por medio del poder de la justificación.

Artículo original publicado en inglés el 29 de Agosto de 2024, con el título: Sanctified by Faith – Part 1 (PDF)

NOTA: Todas las citas bíblicas son tomadas de la versión Reina-Valera 1960.

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