
El domingo pasado, temprano por la mañana, aún estaba en la cama cuando me di cuenta de que Dios estaba hablando a mi corazón. Mis pensamientos se centraron en un vehículo que circulaba por la carretera y que, al quedarse sin gasolina, se le apagó el motor. El vehículo siguió avanzando por inercia unos cientos de metros antes de detenerse por completo. Esto me ha pasado algunas veces, y recuerdo haber dejado que el vehículo se deslizara todo lo posible, con la esperanza de acercarme a una gasolinera. Si había una colina o un paso elevado por delante, el vehículo no podía subirlo porque el motor estaba muerto y no podía impulsarlo.
Entonces mis pensamientos se dirigieron a un anciano siervo de Dios que conocí, quien vino a Cristo en la década de 1940. En ese tiempo, aún araba con una yunta de mulas, pero en lugar de las tradicionales órdenes de «gee» y «haw», sus mulas habían aprendido a obedecer sus palabras de blasfemia. Al día siguiente de recibir la salvación, estaba trabajando con sus mulas, las cuales se negaban a responder a las órdenes «gee» y «haw». Frustrado, comenzó a gritarles usando blasfemias, como solía hacerlo en el pasado. Cuando se dio cuenta de lo que estaba haciendo, quedó horrorizado y buscó a su nuevo pastor. El pastor le dijo que eso era porque había sido salvo, pero aún no santificado. Él y su pastor comenzaron a orar hasta que el Espíritu de Dios vino sobre ellos, y el hombre nunca volvió a tener problemas con la blasfemia. Ese hombre vivió toda su vida libre del pecado, creyendo que Dios lo había santificado ese segundo día después de su salvación, el día siguiente.
Es asombroso cómo, cuando el Señor te muestra cosas como esta, también te da entendimiento de lo que estás viendo. Yo no sabía cómo explicar cómo viene la obra de la santificación al creyente. En mi espíritu entendía lo que quería decir, pero no tenía las palabras para expresarlo. Durante años, he visto la falsedad de enseñar la santificación como una obra progresiva. Así como el apóstol habló de aquellos que “siempre están aprendiendo, y nunca pueden llegar al conocimiento de la verdad” (2 Timoteo 3:7), aquellos que creen estar en el proceso de santificación nunca llegan a estar santificados. Más aún, la Palabra de Dios es clara en que nuestra santificación es la obra inicial de la salvación, y no algo que sucede después. Por otro lado, me sentía restringido de describir la santificación como una obra instantánea recibida en el momento de la salvación. Aunque sé que esto es cierto, también sé que hace que las personas esperen que llegue como una especie de rayo espiritual. He visto a muchos que, sin duda, verdaderamente recibieron a Cristo y fueron completamente transformados, pero que aún parecían estar afectados por ciertas cosas de la vida pasada durante un corto periodo de tiempo.
Nuestra santificación es descrita de varias formas en la Palabra de Dios. El libro de Hebreos la describe como teniendo “…purificado los corazones de mala conciencia…” (Hebreos 10:22). Juan el Bautista describió nuestra santificación cuando dijo: “He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Juan 1:29). Ninguna de estas declaraciones describe los hechos del pecado, sino que hablan de la fuente del pecado en el corazón humano. Jesús nos dijo que las personas cometen actos pecaminosos porque son esclavas de un amo llamado Pecado, que habita en ellas (Juan 8:34). El apóstol Pablo también menciona esta fuente del pecado al contar sus luchas bajo la Ley antes de venir a Cristo, diciendo: “Y si hago lo que no quiero, ya no lo hago yo, sino el pecado que mora en mí” (Romanos 7:20). Algunas personas se refieren a esta fuente del pecado como la “naturaleza pecaminosa”. Llámese como se llame, es el pecado que entró en el mundo por la transgresión de Adán (Romanos 5:12), y su entrada nos hizo a todos pecadores (Romanos 5:19), incluso antes de cometer nuestro primer pecado.
Este amo del pecado es como un generador en el corazón humano que produce pensamientos, deseos y acciones pecaminosas. Se suele gastar mucho esfuerzo y energía tratando de librarse de las cosas que produce. Una persona puede sentirse exitosa por momentos, pero luego el generador se activa y llena nuevamente el corazón con las cosas que Jesús dijo que contaminan a una persona (Marcos 7:21-23). Podrías llamarlo un “Motor del Pecado”, que recibimos de Adán, y que constantemente contamina el corazón humano.
Mientras el Señor trataba con mi corazón el domingo por la mañana, comprendí más que nunca que este “Motor del Pecado” es lo que Jesucristo vino a quitar. Pablo habló de esto diciendo: “…nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él (Cristo), para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado” (Romanos 6:6). En la redención, el “Motor del Pecado” no solo se queda sin combustible, sino que es destruido por la obra de Cristo. Cuando es destruido, o “quitado”, por el poder de la sangre de Cristo, ya no puede generar pecado en tu corazón.
El vehículo de esta ilustración, la cual recibí del Señor, es la vieja vida de una persona que viene a Cristo. Las cosas que la Biblia dice que “no heredarán el reino de Dios” son las colinas y pasos elevados. Una vez que el motor muere, el vehículo ya no puede subir cosas como esas. Si puedes cometer adulterio o fornicación, mentir y engañar, manipular, robar y llenarte de ira contra otros, tu “Motor del Pecado” está vivo y activo. Por otro lado, cuando el “Motor del Pecado” es destruido por la sangre de Cristo, todavía puede haber conductas aprendidas de la vida antigua que cesarán con el paso de los días o semanas mientras tu vehículo se desliza hasta detenerse por completo. El Motor del Pecado ya no puede generar pecado en tu corazón, así que, a medida que tu vehículo llega a su lugar de reposo en Cristo, los hábitos y comportamientos aprendidos de tu vieja vida simplemente llegan a su fin.
Artículo original publicado en inglés el 23 de Septiembre de 2024, con el título: Sanctified by Faith – Part 3 (PDF)
NOTA: Todas las citas bíblicas son tomadas de la versión Reina-Valera 1960.

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