
Cuando Juan el Bautista vino predicando el bautismo de arrepentimiento, todo Israel estaba en un estado de gran expectación. Unos quinientos años antes, el ángel Gabriel había señalado ese año como el tiempo en que aparecería aquel llamado el Mesías, o el Cristo. La Escritura dice: “Como el pueblo estaba en expectativa, preguntándose todos en sus corazones si acaso Juan sería el Cristo” (Lucas 3:15). Israel amaba a Cristo, o al menos creían que lo amaban. Cristo estaba en sus palabras y en sus cantos. Él representaba todas sus esperanzas y sueños. “¡Cuán grandes cosas sucederán cuando el Cristo aparezca!” Sabían lo que Gabriel había dicho, que el Cristo vendría para “poner fin al pecado” y “traer justicia perdurable” (Daniel 9:24-25).
Aunque el pueblo judío no comprendía que el “fin del pecado” que el Cristo vendría a hacer sería en el corazón y la naturaleza de aquellos que confiaran en Él, estaban seguros de que Cristo cambiaría todas las cosas. Creían que el mundo sería un lugar maravilloso para ellos cuando Cristo viniera y tomara su trono legítimo. Incluso los que odiaban a Jesús, amaban al Cristo. Los principales sacerdotes que tramaron su muerte no se veían a sí mismos como matando al Cristo. En su propia mente, solo estaban haciendo lo necesario para librar a la nación de ese Jesús que parecía una amenaza para el orden establecido. Saulo de Tarso amaba al Cristo. Su furia contra la iglesia era en defensa de su “idea” del Cristo. No fue sino hasta que se encontró con Jesús en el camino a Damasco que entendió que el Cristo a quien amaba y Jesús a quien odiaba eran uno y el mismo.
Aún hoy, la mayoría del pueblo judío cree que ama al Cristo, pero rechaza a Jesús, quien es el Cristo. Tristemente, algunos de nuestros renombrados líderes cristianos han buscado asegurarles que está bien rechazar a Jesús mientras guarden los Diez Mandamientos y acepten al Cristo como sea que Él venga en su regreso. Quienes enseñan tales cosas están condenando las almas de aquellos que les creen.
Hoy, en el cristianismo, encontramos una situación opuesta pero similar. Nosotros, como cristianos, amamos a Jesús. Él es la personificación de todo lo bueno que Dios tiene para su pueblo. Hablamos de su amor y misericordia. Tal es la seguridad de su amor por nosotros y nuestro amor por Él, que nuestras canciones a menudo toman la forma de una historia de amor romántica. Sabemos que Él nos ama y sin duda estamos convencidos de que nosotros también lo amamos. Confiamos en que Jesús no permitirá que nadie, ni siquiera Dios el Padre, nos haga daño. Pero con todo el amor que los cristianos tenemos por Jesús, muchos de nosotros sabemos muy poco sobre lo que significa que “Jesús es el Cristo” (Mateo 16:16).
Supongo que un judío promedio sabe más acerca del Cristo que la mayoría de los cristianos. Muchos, si no la mayoría de los judíos practicantes, entienden que debido a la profecía de Gabriel, el Cristo debe “poner fin al pecado” cuando aparezca. Si no lo hace, no puede ser el Cristo. Por esta razón, la aceptación del pecado entre los cristianos es prueba, para muchos judíos, de que Jesús no puede ser su Mesías. Para ellos, la creencia de que Jesús perdona una y otra vez los mismos pecados que uno continúa cometiendo, es una burla de todo lo que se profetizó que Cristo cumpliría. Su idea de que el Cristo pondrá “fin al pecado” a menudo se enfoca en naciones y sociedades, en lugar de en el creyente individual, porque nunca entendieron el misterio que Pablo predicaba, el cual es “Cristo en vosotros, la esperanza de gloria” (Colosenses 1:27).
Jesús vino y murió para cumplir la misión del Cristo “en vosotros”. EN VOSOTROS es donde Él pone “fin al pecado” y “trae justicia perdurable”. Este es el “Cristo” que gran parte del cristianismo ha rechazado, y por eso digo que el cristianismo está haciendo en reversa lo que los judíos hicieron con respecto a Jesús. Amamos nuestra “idea” de Jesús, pero rechazamos cualquier pensamiento de que el Cristo vino para realmente poner“fin al pecado” en alguien. Si un ministro dice lo que dijo el apóstol Juan: “Y sabéis que él apareció para quitar nuestros pecados, y no hay pecado en él. Todo aquel que permanece en él, no peca” (1 Juan 3:5-6), ese ministro es visto como alguien que blasfema el nombre de Jesús. Nos encanta oír que Jesús cubre nuestro pecado, toma nuestro castigo y nos esconde de los ojos de Dios (cosas que en realidad las Escrituras no dicen), pero rehusamos oír al que nos recuerda que Él es “el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Juan 1:29). Sí, amamos profundamente a Jesús, pero parece que la iglesia moderna ha rechazado al Cristo. Sin embargo, Jesús y Cristo no pueden ser separados. Jesús es el Cristo y Cristo es Jesús. Lo que Jesús les dijo a los judíos sigue siendo verdad hoy: “si no creéis que yo soy, en vuestros pecados moriréis” (Juan 8:24).
Si Israel hubiese recibido a Jesús como el Cristo, habrían conocido las glorias de su salvación y escapado del juicio de Dios en el año 70 d.C., pero su amor por el Cristo no pudo sostenerlos mientras rechazaban a Jesús. Del mismo modo, aquellos que aman una idea de Jesús, quien según creen los acepta en su pecado, pero rechazan al Cristo que vino para quitar su pecado, encontrarán que su amor por Jesús no los sostendrá en la hora del juicio de Dios. No puedes separar al Jesús que te amó del Cristo que vino al mundo y murió para quitar tu pecado. Si rechazas a uno, ya has rechazado al otro. ¡JESÚS ES EL CRISTO!
Artículo original publicado en inglés el 27 de Enero de 2025, con el título: Loving Jesus, but Rejecting Christ
NOTA: Todas las citas bíblicas son tomadas de la versión Reina-Valera 1960.

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