224. La Justicia de la Fe

La palabra griega usada en la Biblia para «imputado», «contado» y «considerado» es logízomai, y significa “hacer un inventario”. Habla de la conclusión a la que una persona llega después de hacer un inventario de una persona o situación. Cuando esto sucede, dos personas diferentes pueden llegar a conclusiones muy distintas sobre un asunto dado. Entendemos que los hombres muchas veces están equivocados respecto a las conclusiones que sostienen. Sin embargo, cuando Dios considera algo de cierta manera, es porque Él ve las cosas como realmente son.

Cuando Dios considera la fe como justicia, Él ha “hecho inventario” del asunto y ha llegado a una conclusión verdadera. No es, como muchos afirman, que Dios acredita a una persona con algo que no posee o que no es cierto. Más bien, Él declara la verdad sobre cómo son realmente las cosas. Al contar la fe como justicia, Dios está dando a conocer que creerle a Él es una virtud justa mayor que cualquier obra religiosa que una persona pueda guardar o hacer. Es la única “justicia” que incluso un pecador debe poseer antes de poder acercarse a Dios. Cuando Dios cuenta la fe por justicia, se le llama “justificación por la fe”.

Los dos grandes ejemplos de justificación por la fe que nos da la Escritura son las experiencias de Abraham y David. El ejemplo de Abraham es el de un hombre que, a través de muchos altibajos y múltiples pruebas y dificultades, creyó a Dios y llegó a ser “padre de muchas naciones”. El ejemplo de David es el de un hombre que conocía a Dios, pero luego falló gravemente y trajo gran vergüenza y afrenta sobre sí mismo y sobre el nombre del Dios Todopoderoso. Su ejemplo de justificación por la fe se descubre en su arrepentimiento y su retorno a Dios con todo su corazón.

El testimonio de Abraham gira en torno al hecho de que, sin linaje, sin circuncisión y sin ley ni mandamientos religiosos, creyó y siguió a Dios. Abraham no tenía nada de lo que el pueblo judío creía que Dios deseaba y admiraba en una persona. Ellos consideraban que esas cosas religiosas eran la base de la justicia que Dios buscaba en un individuo. Pero lo que descubrimos en Abraham es que Dios halló algo en él que atesoró más que todas las obras y actividades religiosas de los hombres carnales. Dios atesoró tanto esta virtud que la llamó justicia, es decir, “la justicia de la fe” (Romanos 4:13). El apóstol Pablo nos explica esto diciendo: “Mas al que no obra, sino cree en aquel que justifica al impío, su fe le es contada por justicia (Romanos 4:5). Por eso la Biblia dice: “Y creyó Abraham a Dios, y (su fe) le fue contado por justicia (Romanos 4:3). Dios no estaba, como muchos afirman, acreditando a Abraham como si tuviera algo que en realidad no poseía. Dios estaba declarando lo que Abraham verdaderamente tenía. ¡Poseía la virtud justa de la fe!

En el ejemplo de David, vemos lo que Pablo describe como “el hombre a quien Dios atribuye justicia sin obras” (Romanos 4:6). Para entender esto, debemos regresar al testimonio de David sobre este asunto. En el Salmo 32, David expresa lo que aprendió de su propio retroceso y su regreso al Señor. David había tomado a la esposa de otro hombre y trató de encubrir su pecado haciendo que el esposo, Urías, fuera puesto en una situación en la que David sabía que moriría. El corazón de David estaba lleno de engaño mientras intentaba mantener su pecado y su engaño ocultos. Sin embargo, David no podía dejar de ser atormentado por la culpa de sus propias acciones.

David expresa su condición durante ese tiempo de engaño diciendo: “Mientras callé, se envejecieron mis huesos en mi gemir todo el día. Porque de día y de noche se agravó sobre mí tu mano; se volvió mi verdor en sequedades de verano” (Salmos 32:3-4). Su hipocresía y culpa lo estaban destruyendo desde dentro. No fue sino hasta que el profeta Natán confrontó a David que ese tiempo de engaño llegó a su fin (2 Samuel 12:7).

Al ser descubierto, David comenzó a arrepentirse y a confesar su pecado al Señor. Fue allí donde descubrió: “Bienaventurado aquel cuya transgresión ha sido perdonada, y cubierto su pecado. Bienaventurado el hombre a quien Jehová no culpa de iniquidad, y en cuyo espíritu no hay engaño” (Salmos 32:1-2). Mientras David trató de encubrir su pecado, no fue perdonado, y su pecado le era imputado. Solo cuando confesó su pecado en arrepentimiento encontró la bienaventuranza del perdón y de que Dios no le imputara su pecado.

Jesús usa un ejemplo similar cuando habla del fariseo y el publicano en el templo. El fariseo ofreció a Dios su lista de obras “justas”. Lo único que el publicano tenía para ofrecer a Dios era un corazón quebrantado clamando a Dios en arrepentimiento (Lucas 18:9-14). Esto, de hecho, fue una verdadera manifestación de fe, porque la Biblia nos dice: “Pero sin fe es imposible agradar a Dios; porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan” (Hebreos 11:6). Esto es exactamente lo que el publicano estaba haciendo. Este publicano, que no tenía obras de justicia para ofrecer a Dios, le ofreció algo mayor que todas las obras religiosas del fariseo: le ofreció a Dios un espíritu quebrantado y un corazón contrito (Salmos 51:17), mientras se acercaba a Dios en fe. Jesús dijo que este publicano “descendió a su casa justificado” (Lucas 18:14). Este hombre poseía lo único que Dios deseaba: ¡tenía la justicia de la fe, y eso lo cambió todo!

Sin embargo, por grande que sea la justicia de la fe, sigue siendo una justicia incompleta. La Biblia habla de los hombres y mujeres de fe que vivieron antes de la venida de Cristo, diciendo: “Y todos éstos, aunque alcanzaron buen testimonio mediante la fe, no recibieron lo prometido; proveyendo Dios alguna cosa mejor para nosotros, para que no fuesen ellos perfeccionados aparte de nosotros” (Hebreos 11:39-40). Estos hombres y mujeres del pasado caminaron con Dios y poseían la justicia de la fe, pero era una justicia incompleta. Solo el sacrificio de Jesucristo en la cruz podía traerles una justicia completa.

El apóstol Pablo habla de esta justicia completa dada a nosotros por medio de Jesucristo. Dice que así como Adán nos hizo pecadores, asimismo Jesucristo nos hace justos. Él escribió: “Porque así como por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno, los muchos serán constituidos justos” (Romanos 5:19). Pablo llama a esta justicia: la justicia que es de Dios por la fe” (Filipenses 3:9). Esta es la perfección que aquellos que murieron en la fe no poseyeron mientras vivían. Ellos tenían la justicia de la fe, pero no tenían la justicia de un corazón y una naturaleza nueva, como la que se nos da en Jesucristo. Hoy, así como ellos, primero nos acercamos a Dios con la justicia de la fe, pero Él responde llenando nuestro corazón con la justicia de Cristo. Solo entonces somos hechos completos.

Artículo original publicado en inglés el 18 de Febrero de 2025, con el título: The Righteousness of Faith 

NOTA: Todas las citas bíblicas son tomadas de la versión Reina-Valera 1960.

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