227. La oscuridad del alma

El pecado no es meramente una obra. El pecado es una oscuridad del alma. Es una iniquidad que se ha refugiado en el corazón humano. El pecado es el veneno de la Serpiente obrando en la humanidad caída, que palpita en rebelión contra Dios y todo lo que Él es. Jesús lo describió como el amo que esclaviza, la fuente de todas las obras pecaminosas de una persona (Juan 8:32-36). Esta presencia maligna es lo que contamina al hombre. Es lo que lo separa de Dios. La religión carnal intenta refrenarla. ¡La sangre de Cristo la quita! (Juan 1:29).

El pecado es más que quebrantar una regla o incluso la letra de un mandamiento. David comió los panes de la proposición, lo cual Jesús dijo que «no es lícito comer sino sólo a los sacerdotes» (Lucas 6:4), sin embargo, no fue condenado por ello. Los fariseos condenaron a los discípulos porque quebrantaban las reglas establecidas por los ancianos al comer «sin lavarse las manos», pero Jesús respondió diciendo: «lo que sale de la boca, del corazón sale; y esto contamina al hombre. Porque del corazón salen los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los hurtos, los falsos testimonios, las blasfemias. Estas cosas son las que contaminan al hombre; pero el comer con las manos sin lavar no contamina al hombre» (Mateo 15:18-20).

El pecado externo es simplemente la manifestación del pecado en el corazón. Es este pecado en el corazón lo que contamina a la persona delante de Dios. Que no haya duda: una persona comete adulterio porque hay adulterio en su corazón. Otro consume pornografía a causa de la fornicación que hay en su corazón. Otro más roba por causa de la codicia del corazón. Aún la justicia propia es una manifestación de la contaminación del pecado interior. Es este corazón contaminado lo que hace a una persona pecadora delante de Dios.

Yo estaba compartiendo con un hombre la escritura donde Pablo nos asegura que «los injustos no heredarán el reino de Dios» (1 Corintios 6:9). Pablo incluyó al fornicario, al idólatra, al adúltero, al codicioso y a los que hacen cosas semejantes. El hombre protestó contra estas cosas diciendo: “Todos somos pecadores”. Como prueba, dijo: “Venía tarde de trabajar, y manejé más rápido que el límite de velocidad. ¡Eso es pecado!”. Me quedé en estado de incredulidad al escuchar eso, recordando las palabras de Jesús: «¡Guías ciegos, que coláis el mosquito, y tragáis el camello!» (Mateo 23:24). ¿Ha llegado la iglesia a tal ceguera que creemos que exceder el límite de velocidad es equivalente a la fornicación? ¡Si estás manejando con exceso de velocidad, reduce la velocidad! ¡Si eres un fornicario, arrepiéntete y cree en la verdad que te hará libre del pecado!

Justo antes de que Cornelio y los que estaban con él fueran llenos del Espíritu Santo, Dios hizo algo milagroso que la mayoría desconoce. Pedro dijo: «Dios, que conoce los corazones, les dio testimonio, dándoles el Espíritu Santo… purificando por la fe sus corazones« (Hechos 15:8-9). Al creer el evangelio que Pedro predicó, el Espíritu Santo descendió y los llenó, pero en ese momento Dios ya había purificado sus corazones. Esta es la obra de la sangre derramada de Jesucristo. Es la promesa del evangelio. Jesús vino, sufrió y murió para «lavarnos de nuestros pecados» (Apocalipsis 1:5).

A menudo pensamos en el pecado como una debilidad, pero no lo es. Es en realidad una fuerza, un poder, una potencia que domina el corazón humano. Cristo no vino para darnos poder sobre el pecado. Él vino como «el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» (Juan 1:29). Él es la única respuesta de Dios para «la oscuridad del alma».

Artículo original publicado en inglés el 14 de Marzo de 2025, con el título: The Darkness of the Soul 

NOTA: Todas las citas bíblicas son tomadas de la versión Reina-Valera 1960.

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