
El Nuevo Pacto es el cumplimiento del pacto de Dios con Abraham, y no es parte ni está incluido en la Ley de Moisés. Dios prometió este Nuevo Pacto, diciendo: “He aquí que vienen días, dice Jehová, en los cuales haré nuevo pacto con la casa de Israel y con la casa de Judá. No como el pacto que hice con sus padres el día que tomé su mano para sacarlos de la tierra de Egipto; porque ellos invalidaron mi pacto, aunque fui yo un marido para ellos, dice Jehová. Pero este es el pacto que haré con la casa de Israel después de aquellos días, dice Jehová: Daré mi ley en su mente, y la escribiré en su corazón; y yo seré a ellos por Dios, y ellos me serán por pueblo” (Jeremías 31:31–33). Dios prometió que la justicia de este Nuevo Pacto no estaría tallada en piedra ni escrita con tinta. En este pacto, la ley de Dios está “escrita en la mente y en el corazón” de su pueblo por el Espíritu de Dios.
La ley de Dios escrita en “la mente y en el corazón” habla de que nuestra naturaleza ha sido cambiada mediante la redención que es en Cristo. Pablo declara que este cambio de naturaleza es el cumplimiento de aquella profecía, diciendo: “Porque cuando los gentiles que no tienen ley, hacen por naturaleza lo que es de la ley, éstos, aunque no tengan ley, son ley para sí mismos, mostrando la obra de la ley escrita en sus corazones…” (Romanos 2:14–15). Este pasaje habla de aquellos que hacen obras justas, no por guardar un mandamiento escrito, sino porque la naturaleza de Cristo está en ellos.
El Nuevo Pacto es llamado un “ministerio de justicia” (2 Corintios 3:9). Literalmente, llena al creyente de justicia. Este ministerio de justicia nos fue traído mediante el sacrificio de Jesucristo en la cruz. La obra que Él realizó allí transforma a una persona de ser una creación pecadora a ser una creación justa. Pablo confirmó esto cuando escribió: “Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él” (2 Corintios 5:21). Cristo llevó nuestro pecado a la cruz para destruirlo allí y hacernos justos. Pablo repite esta verdad al decir: “Porque así como por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno, los muchos serán constituidos justos” (Romanos 5:19).
El apóstol Pablo llamó a la Ley un “ministerio de muerte” (2 Corintios 3:7) y un “ministerio de condenación” (2 Corintios 3:9). No puede hacer justo a nadie porque no puede impartir la vida de Cristo. Solo puede condenar y sentenciar a una persona. Pablo dice: “…porque si la ley dada pudiera vivificar, la justicia fuera verdaderamente por la ley” (Gálatas 3:21). La Ley podía matar al pecador, pero nunca podía matar el pecado que estaba en el pecador. Cristo vino para matar el pecado y salvar el alma. Pablo nos lo dice así: “Porque lo que era imposible para la ley, por cuanto era débil por la carne, Dios, enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado y a causa del pecado, condenó al pecado en la carne” (Romanos 8:3).
Aun así, la Ley de Moisés tuvo su “gloria”. Fue dada para controlar a Israel y evitar que se mezclara con las naciones paganas mientras esperaban la venida del Mesías prometido. Pablo nos dice esto: “Entonces, ¿para qué sirve la ley? Fue añadida a causa de las transgresiones, hasta que viniese la simiente a quien fue hecha la promesa…” (Gálatas 3:19). El poder de la Ley era que podía controlar a un pueblo mediante las demandas del mandamiento y el castigo impuesto a quienes transgredían su decreto. Sin embargo, comparada con la gloria y el poder del Nuevo Pacto, la Ley fue revelada como “débil e inútil” (Hebreos 7:18). El apóstol dice: “Porque aun lo que fue glorioso (la Ley), no es glorioso en este respecto, en comparación con la gloria más eminente” (2 Corintios 3:10).
Muchas cosas en la iglesia moderna poseen su propio tipo de “gloria”. Hay grandes programas que ayudan a las personas a superar adicciones y decisiones destructivas. Se ofrecen numerosos planes de discipulado diseñados para ayudar a las personas a abstenerse de actividades pecaminosas y aprender a vivir una vida cristiana. Sin embargo, con todo el bien que tales cosas pueden lograr, aún no pueden dar vida a una sola alma. Pueden enseñarte a parecer, hablar, actuar y caminar como un hijo de Dios, pero no pueden librar a nadie de un corazón pecaminoso ni hacerlo una nueva creación en Cristo Jesús. Estas cosas intentan —y fracasan— en lograr a lo largo de toda una vida lo que la sangre de Cristo puede hacer en un abrir y cerrar de ojos. Su “gloria” se vuelve “ninguna gloria” a la luz de la gloria de Jesucristo.
Solo cuando una persona aparta su corazón del esfuerzo carnal religioso y fija su mirada únicamente en Cristo y en su gran salvación, experimentará la gloria del Nuevo Pacto. Es la gloria de una salvación que te hace libre. Es la gloria de tener la ley de Dios en tu naturaleza. Es la gloria de haber nacido de nuevo a la imagen de Cristo. La persona que ve la gloria de Cristo abandonará la gloria de la carne religiosa y la considerará como nada, para recibir la gloria que contempla en Cristo Jesús (Filipenses 3:8). Pablo describe esta gran transformación diciendo: “Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria (la gloria carnal religiosa) en gloria (la gloria del Nuevo Pacto de Dios) en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor” (2 Corintios 3:18). ¡Somos transformados de la gloria de lo que el hombre puede hacer, a la gloria de lo que Cristo ha hecho!
Artículo original publicado en inglés el 11 de Agosto de 2025, con el título: Changed from Glory to Glory
NOTA: Todas las citas bíblicas son tomadas de la versión Reina-Valera 1960.

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