235. El poder y la presencia del pecado

Aquello que la Biblia llama PECADO no es simplemente un acto. El pecado es una oscuridad del alma. Es una iniquidad que halló refugio en el corazón humano. El pecado es el veneno de la serpiente que fluye a través de la humanidad, pulsando rebelión contra Dios y todo lo que Él es. Nadie escapó a su veneno. Desde el primer hijo de Adán, que asesinó a su propio hermano, hasta la persona más “inocente” de nuestros días, “por cuanto todos pecaron” (Romanos 3:23), siendo Jesucristo la única excepción a esa verdad absoluta.

Jesús describió el PECADO como el amo que hace que las personas cometan actos de pecado. Él dijo: “De cierto, de cierto os digo, que todo aquel que hace pecado, esclavo es del pecado” (Juan 8:32-36). Esta presencia maligna es lo que contamina a una persona. Es lo que la separa de Dios. La religión carnal busca controlarla y refrenarla; ¡Jesucristo la quita por completo! (Juan 1:29).

¿Qué da al pecado tanto poder? Creo que el pecado es la semilla de rebelión que Adán y Eva recibieron en su corazón y en su naturaleza del mismo diablo (la serpiente antigua, Satanás). Es como una sola célula de cáncer que nunca deja de extenderse. No hay cura hasta que todo sea quitado. El poder del pecado está en su presencia. Solo donde el pecado no tiene presencia, no tiene poder.

Considera estos dos ejemplos: Un hombre ha luchado contra sus pasiones durante años. Ha orado, ayunado y tomado toda medida posible para mantenerlas dominadas. Hay muchos lugares a los que ni siquiera va, no porque sean lugares pecaminosos, sino porque las pasiones que hay dentro de él se reavivan con facilidad y comienzan a guerrear en sus pensamientos e imaginaciones. Hasta ahora, este hombre se ha guardado de cumplir los deseos impuros que hay dentro de él. Nunca ha cometido adulterio ni fornicación, ni participa de la pornografía. Este hombre tiene poder sobre las pasiones impuras que yacen en su interior, pero es una batalla constante que nunca cesa. En sus mejores momentos, la impureza parece estar dormida, pero siempre está lista para resurgir y rugir.

Otro hombre no lucha con tales cosas. Vive en el mismo mundo, enfrentando las mismas oportunidades para cometer actos pecaminosos que son comunes a todos los hombres. Tampoco comete adulterio, ni fornicación, ni participa de la pornografía. En realidad, nunca contempla tales cosas. Simplemente no está en su corazón desear o hacer nada de esa naturaleza.

No puedo evitar tener respeto por el primer hombre. Vive cada día en una batalla contra las pasiones, pero se guarda de cumplir los actos pecaminosos. Su determinación y fortaleza son dignas de admiración. Sin embargo, con todo el poder que ejerce sobre el pecado, no es libre de él. Si en algún momento baja la guardia, caerá en su oscuridad y vergüenza.

No se puede afirmar con justicia que el segundo hombre tenga poder sobre las pasiones impuras. De hecho, nadie sabe qué rumbo tomaría si esas cosas realmente estuvieran en su corazón. ¿Sería débil o sería fuerte? Podría caer en la primera ocasión. Pero este segundo hombre no necesita fuerza para vencer la impureza, porque no tiene lugar en su corazón. La verdad es que nadie necesita poder sobre el pecado si este no tiene presencia en su interior. Sí, cuando el Espíritu Santo nos envía, se nos da “potestad de hollar serpientes y escorpiones, y sobre toda fuerza del enemigo” (Lucas 10:19), pero esa es autoridad sobre cosas que se oponen a la obra de Dios, no sobre cosas que están en nuestro propio corazón y naturaleza.

Mientras anduvo en la tierra, Jesús fue “tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado” (Hebreos 4:15). Ser “tentado” significa ser “probado”. No significa ser atraído por algo. Jesús no tenía deseo de pecado, pero fue probado en el mismo mundo en el que nosotros vivimos. El resultado de esa prueba reveló que, aunque el pecado estaba a su alrededor, no tenía ninguna presencia en Él. Jesús confirmó esto al decir: “Ya no hablaré mucho con vosotros; porque viene el príncipe de este mundo, y él nada tiene en mí” (Juan 14:30).

Cristo no vino para darnos poder sobre el pecado; vino para “quitar nuestros pecados” (1 Juan 3:5). Su sangre limpia la contaminación del pecado de su pueblo (1 Juan 1:7). Cuando Jesús dijo: “hallaréis descanso para vuestras almas” (Mateo 11:29), estaba prometiendo el fin de la guerra interior, no el comienzo de una lucha interminable. Mientras busques poder sobre algo que está en tu corazón o en tu naturaleza, te estás preparando para una batalla que nunca terminará. Jesús nunca dijo que te daría poder sobre el pecado; dijo: “Así que, si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres” (Juan 8:36). Cuando Cornelio y los que estaban con él fueron llenos del Espíritu Santo, Dios ya había, en un instante, “purificado sus corazones por la fe” (Hechos 15:9). Por medio de la sangre de Cristo, el pecado perdió su presencia en ellos; por tanto, ¡no tenía ningún poder en absoluto!

Artículo original publicado en inglés el 26 de Agosto de 2025, con el título: The Power and Presence of Sin 

NOTA: Todas las citas bíblicas son tomadas de la versión Reina-Valera 1960.

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