
Para algunas personas, el término “salvo” significa “la experiencia mínima o la cantidad mínima de Dios que una persona necesita para llegar al cielo”. “¡Yo no pienso así!”, podrías decir. Tal vez no, pero no te apresures a decidirlo. ¿Tienes algún hijo u otro ser querido que en algún momento pasado tuvo una experiencia religiosa, pero que actualmente no está viviendo para Dios? ¿Cómo crees que realmente está ante Dios? Si respondes con honestidad, tal vez digas: “Bueno, sé que no está donde debería estar con Dios, pero creo que es salvo”. La traducción de eso es: “Creo que tiene al menos la experiencia mínima o la cantidad mínima de Dios necesaria para llegar al cielo”. Incluso los mismos creyentes, si su caminar se ha degradado a una forma muerta, suelen decirse: “Bueno, al menos soy salvo”. En casi todos los grupos dentro del cristianismo, la palabra “salvo” ha llegado a representar la experiencia o el requisito cristiano mínimo.
Todo lo que tengo que hacer para ilustrar este punto es preguntar: ¿cuántos de ustedes han asistido alguna vez al funeral de alguien que estaba perdido? La verdad es que todos lo hemos hecho. Solo que, en el momento de su partida, nos aferramos a la más mínima “pajita” para anunciar su llegada a las puertas del cielo. Puede que hayan vivido sus vidas burlándose de, o evitando, una verdadera relación con Jesucristo, pero claro, eso ya “no importa” ahora. Recordamos que fueron bautizados. Que confesaron a Jesús como Señor hace años. Que en ocasiones se referían a “el de arriba”. Que alguien oró por ellos en su lecho de muerte. De algún modo, “sabemos” que deben de estar salvos. Sabemos que no tenían mucho, pero seguramente tenían lo mínimo necesario para llegar al cielo.
Hace años asistí al funeral de una pariente lejana que había vivido su vida en total indiferencia hacia Jesucristo. Décadas de abuso de alcohol y drogas destruyeron su vida y su cuerpo, y murió a los cuarenta y tantos años. En el funeral, el ministro recordó a todos que ella había sido bautizada de niña en la Iglesia Bautista. Luego declaró que su forma de vida, tan contraria a la Palabra de Dios, era en realidad prueba de que confiaba en la gracia de Dios y no en sus propias obras. Aseguró a todos que ahora ella estaba gozándose en la presencia de Jesús y de los ángeles. Al salir del funeral, me pregunté: “¿Cuántas personas oyeron esas palabras ese día y concluyeron que también podrían ignorar la Palabra de Dios y aun así tener la seguridad del cielo como su hogar eterno?”
Parece haber una desconexión en la mente de las personas entre la salvación y el Salvador. La salvación se ve como una posesión, un privilegio o un premio que Dios les concede si confiesan a Jesucristo. Y ahora que han recibido esa posesión, ¿qué necesidad real tienen del Salvador? Así, muchos viven como si pudieran ignorar a Cristo, no tener amor por Él ni necesidad de servirle. La actitud parece ser que ya tienen la salvación, por lo tanto, ya no necesitan al Salvador.
¡Jesucristo es nuestra salvación! Por eso se nos instruye a “permanecer en Él”. Jesús dijo: “El que en mí no permanece, será echado fuera como pámpano, y se secará; y los recogen, y los echan en el fuego, y arden” (Juan 15:6). No hay vida eterna fuera de nuestra permanencia en Jesucristo. El apóstol Juan nos dijo: “Y este es el testimonio: que Dios nos ha dado vida eterna; y esta vida está en su Hijo. El que tiene al Hijo, tiene la vida; el que no tiene al Hijo de Dios no tiene la vida” (1 Juan 5:11–12).
Es absurdo pensar que una persona pueda ignorar a Jesús y sus palabras, y luego presentarse ante Él en el día del juicio para oírle decir: “Bien, buen siervo y fiel” (Mateo 25:21). No solo es Jesucristo nuestra salvación, ¡Él es nuestra vida! “Cuando Cristo, vuestra vida, se manifieste, entonces vosotros también seréis manifestados con él en gloria” (Colosenses 3:4). Al permanecer en Él, todo lo bueno de Dios nos pertenece; pero si lo abandonamos, habremos abandonado todo lo que se nos dio en Cristo.
Artículo original publicado en inglés el 8 de Septiembre de 2025, con el título: Do I Still Need the Savior?
NOTA: Todas las citas bíblicas son tomadas de la versión Reina-Valera 1960.

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