241. La sabiduría de Dios

Se dice que el rey Salomón fue el hombre más sabio que jamás haya vivido. Cuando llegó a ser rey sobre Israel, Dios le concedió su petición, la cual fue: “Da, pues, a tu siervo corazón entendido para juzgar a tu pueblo, y para discernir entre lo bueno y lo malo” (1 Reyes 3:9). Pero aun más allá de esto, Salomón se entregó “a buscar y a escudriñar con sabiduría sobre todo lo que se hace debajo del cielo” (Eclesiastés 1:13). Por noble que esto suene, esta misión de “buscar y escudriñar con sabiduría sobre todo lo que se hace debajo del cielo” se convirtió en la perdición de Salomón.

La búsqueda de sabiduría llevó a Salomón muy lejos de Dios. Él escribió: “Propuse en mi corazón agasajar mi carne con vino, y que anduviese mi corazón en sabiduría, con retención de la necedad, hasta ver cuál fuese el bien de los hijos de los hombres, en el cual se ocupan debajo del cielo todos los días de su vida” (Eclesiastés 2:3). Salomón continuó diciendo: “No negué a mis ojos ninguna cosa que desearan” (Eclesiastés 2:10). Esto incluyó “setecientas mujeres y trescientas concubinas” (1 Reyes 11:3).

Parece que Salomón eligió abrazar la locura y la necedad para llenar el vacío y el aburrimiento de su vida, mientras lo excusaba como una búsqueda de más sabiduría. Él dijo: “Después volví yo a mirar para ver la sabiduría, y los desvaríos y la necedad; porque ¿qué podrá hacer el hombre que venga después del rey? Nada, sino lo que ya ha sido hecho” (Eclesiastés 2:12). Pero nada de esto satisfizo a Salomón. Él dijo: “Aborrecí, por tanto, la vida; porque la obra que se hace debajo del sol me era fastidiosa; por cuanto todo es vanidad y aflicción de espíritu” (Eclesiastés 2:17).

El apóstol Pablo escribió acerca de aquellos que “profesando ser sabios, se hicieron necios” (Romanos 1:22). Esto muy bien pudo haber sido escrito específicamente en referencia a Salomón. En medio de hablar de toda su locura, Salomón declara: “Y fui engrandecido, y aumentado más que todos los que fueron antes de mí en Jerusalén; a más de esto, perseveró conmigo mi sabiduría” (Eclesiastés 2:9).

Antes de que su reinado terminara, Salomón había convertido a Israel en una nación idólatra. La Biblia dice: “Porque cuando Salomón era ya viejo, sus mujeres inclinaron su corazón tras dioses ajenos…” y detalla cómo siguió a Astarot, Milcom y levantó lugares altos para Quemos y Moloc, y “así hizo para todas sus mujeres extranjeras, las cuales quemaban incienso y ofrecían sacrificios a sus dioses” (1 Reyes 11:4-8). La idolatría de Salomón es la razón por la cual el reino fue dividido en dos, y esta misma idolatría fue lo que finalmente provocó que ambos reinos fueran destruidos bajo el juicio de Dios.

Los proverbios que escribió Salomón son, ciertamente, muy sabios, pero no constituyen la sabiduría de Dios. El apóstol Pablo nos dijo: “Pues ya que en la sabiduría de Dios, el mundo no conoció a Dios mediante la sabiduría, agradó a Dios salvar a los creyentes por la locura de la predicación” (1 Corintios 1:21). Luego añade: “Pero nosotros predicamos a Cristo crucificado, para los judíos ciertamente tropezadero, y para los gentiles locura; mas para los llamados… Cristo poder de Dios, y sabiduría de Dios” (1 Corintios 1:23-24). Jesucristo crucificado es la sabiduría de Dios.

Al hablar de “Cristo crucificado” como la sabiduría de Dios, Pablo pregunta: “¿No ha enloquecido Dios la sabiduría del mundo?” (1 Corintios 1:20). Esta afirmación se refiere a cómo Cristo hace en una persona lo que ninguna otra cosa del universo puede hacer. Toda obra sabia del hombre queda tan corta que es expuesta como pura necedad ante la gloria de la salvación de Dios.

Un gran ejemplo de esto se revela en la carta del apóstol Pablo a los Romanos. Pablo, apóstol a los gentiles, se dirigía a quienes confiaban en la Ley de Moisés cuando escribió: “Porque cuando los gentiles que no tienen ley, hacen por naturaleza lo que es de la ley, éstos, aunque no tengan ley, son ley para sí mismos; mostrando la obra de la ley escrita en sus corazones” (Romanos 2:14-15). Pablo hablaba de la gran obra de salvación que había venido a los gentiles mediante su ministerio. La naturaleza misma de estos gentiles había sido cambiada y hecha justa por la fe en Jesucristo. Pablo dijo que esto mostraba la obra de la Ley escrita en sus corazones. Esto es lo que Dios prometió que sería el Nuevo Pacto. Él dijo: “Daré mi ley en su mente, y la escribiré en su corazón” (Jeremías 31:33). Dios también dijo que lo haría sin la intervención de la sabiduría humana: “Y ninguno enseñará más a su prójimo… porque todos me conocerán” (Jeremías 31:34). Lo que la sabiduría religiosa nunca pudo producir en el pueblo de Israel, Dios lo hizo en un instante en estos gentiles que confiaron en Jesucristo.

Israel había buscado la justicia durante mil quinientos años mediante la Ley, los Proverbios y la sabiduría de sus maestros, pero nunca la alcanzó. Cuando Pablo compara sus esfuerzos con lo que sucedió con los creyentes gentiles, nos recuerda que todo lo que no sea “Cristo crucificado” es pura necedad. Él dijo: “¿Qué, pues, diremos? Que los gentiles, que no iban tras la justicia, han alcanzado la justicia… Mas Israel, que iba tras una ley de justicia, no la alcanzó” (Romanos 9:30-31).

La sabiduría de Dios no se encuentra en la Ley de Moisés. No se descubre en los proverbios. Ni está en las filosofías religiosas de los maestros modernos. “Cristo crucificado” es la sabiduría de Dios. Si lo encuentras, Él hará por ti lo que ningún otro poder, sabiduría ni palabra podrá jamás lograr. La Biblia nos dice: “Mas por él estáis vosotros en Cristo Jesús, el cual nos ha sido hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y redención” (1 Corintios 1:30). Dios hizo que Cristo fuera sabiduría para nosotros. Sólo en Él encontrarás la sabiduría de Dios.

Artículo original publicado en inglés el 23 de Noviembre de 2025, con el título: The Wisdom of God 

NOTA: Todas las citas bíblicas son tomadas de la versión Reina-Valera 1960.

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