
La historia de la Navidad no comenzó en el pesebre. En realidad, comenzó, bueno… en el principio. Después de crear todo lo majestuoso que llamamos el universo, Dios decidió hacer algo aún más asombroso. Decidió hacer otra creación a su propia imagen.
La Biblia dice: “Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó. …Tomó, pues, Jehová Dios al hombre, y lo puso en el huerto de Edén, para que lo labrara y lo guardase” (Génesis 1:27; 2:15).
No sabemos cuánto tiempo vivieron Adán y Eva, el hombre y la mujer, en el huerto. Solo sabemos cómo se les perdió este paraíso. Había una criatura llamada “la serpiente” que comenzó a hablar con Eva y a cuestionarla acerca de lo que Dios había mandado respecto al árbol prohibido. Más tarde, esta serpiente llegaría a ser conocida por nosotros como Satanás, Lucifer o el diablo (Apocalipsis 12:9).
Eva le dijo a la serpiente las palabras que Dios había hablado a Adán: “Pero del fruto del árbol que está en medio del huerto dijo Dios: No comeréis de él, ni le tocaréis, para que no muráis”. “No moriréis”, dijo la serpiente. “Sabe Dios que el día que comáis de él, serán abiertos vuestros ojos, y seréis como Dios, sabiendo el bien y el mal” (Génesis 3:2-5).
Eva creyó a la serpiente, comió del fruto prohibido y también lo dio a Adán, su marido. Inmediatamente supieron que algo estaba mal. Un cambio ocurrió tanto en Adán como en Eva y ambos se avergonzaron. Tomaron hojas de higuera y buscaron cubrir su desnudez, pero la naturaleza de esa desnudez no podía ocultarse ni cubrirse. Tal como Dios había advertido, cuando comieron del fruto prohibido, murieron. Esta muerte fue más real para ellos que una muerte física, porque fue una muerte espiritual. La vida de Dios se había apartado. Aquellos a quienes Dios había hecho a su propia imagen ahora llevaban la naturaleza de la serpiente en su corazón. Eran pecadores. Esta era su desnudez. Esta era su vergüenza.
Dios vino a visitar al hombre y a la mujer que había creado, pero ellos se escondieron de su presencia. Cuando Dios comenzó a revelar las consecuencias de sus acciones, se volvió hacia la serpiente y dijo: “Por cuanto esto hiciste, maldita serás entre todas las bestias y entre todos los animales del campo; sobre tu pecho andarás, y polvo comerás todos los días de tu vida. Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; esta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar” (Génesis 3:14-15).
En estas palabras encontramos la primera promesa de Cristo, que habría de venir más tarde, y cuál sería su misión. Él nacería de una mujer y traería venganza sobre la serpiente; pero al herir la cabeza de la serpiente, esta “simiente de la mujer” también sería herida.
Adán y Eva aprendieron, a través de mucho quebranto, cuán devastadora había sido su rebelión. Perdieron la comunión con Dios y fueron expulsados del paraíso que Él había creado para ellos. Su hijo primogénito asesinó a su segundo hijo, y vivieron lo suficiente como para ver la iniquidad en todas sus formas, sabiendo que todo era resultado de su propia desobediencia.
Pasaron miles de años, y sin embargo la depravación de los hombres solo fue en aumento. Guerras, asesinatos, perversión y toda clase de mal llenaron la tierra. La mayoría de las personas olvidó la promesa que Dios había hecho acerca de la “simiente de la mujer” que vendría para herir la cabeza de la serpiente… pero Dios no la olvidó.
Un día, hizo una promesa por medio del profeta Isaías. Estas fueron las palabras que habló: “He aquí que la virgen concebirá, y dará a luz un hijo, y llamará su nombre Emanuel” (Isaías 7:14). No era gran cosa que naciera un hijo, pero era humanamente imposible que uno naciera de una mujer que era virgen. Aun así, más asombroso todavía era que su nombre sería “Emanuel”, pues Emanuel significa “Dios con nosotros” (Mateo 1:23). Sin duda, esto significaba que la prometida “simiente de la mujer” estaba pronto por venir.
Sin embargo, “Emanuel” no vino y la cabeza de la serpiente no fue herida. Las guerras aumentaron, Israel y Jerusalén fueron destruidos y la mayoría del pueblo fue llevada cautiva a tierra extranjera. Cuando los años de cautiverio estaban llegando a su fin, un hombre llamado Daniel buscó al Señor para recibir entendimiento. Dios envió al ángel Gabriel a Daniel para decirle que el Cristo ciertamente vendría. Cuando viniera, “pondría fin al pecado, expiaría la iniquidad, y traería la justicia perdurable”, pero… todavía faltarían casi 500 años para su aparición (Daniel 9:24-25). Aunque fue una decepción saber que faltaba tanto tiempo, al menos ahora sabían el año exacto en que el Mesías, el Cristo, la simiente de la mujer, aparecería.
Los siglos que siguieron fueron años muy duros, llenos de guerra y opresión. A esto se sumó el hecho de que parecía que Dios guardaba silencio y había dejado de hablar a su pueblo. ¿Había olvidado Dios su promesa?
Un día, cuando el tiempo señalado estaba próximo, Dios envió nuevamente al ángel Gabriel con un mensaje. Esta vez fue enviado a una joven virgen llamada María. Él dijo: “¡Salve, muy favorecida! El Señor es contigo; bendita tú entre las mujeres. …No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios. Y ahora, concebirás en tu vientre, y darás a luz un hijo, y llamarás su nombre JESÚS. Este será grande, y será llamado Hijo del Altísimo; y el Señor Dios le dará el trono de David su padre; y reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin” (Lucas 1:28-33).
María conocía la imposibilidad humana de lo que se le había dicho, así que preguntó al ángel: “¿Cómo será esto, pues no conozco varón?”. Gabriel respondió: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por lo cual también el Santo Ser que nacerá, será llamado Hijo de Dios” (Lucas 1:35).
Al año siguiente, María dio a luz a su primer hijo, el Hijo de Dios. El ángel les había instruido diciendo: “Y llamarás su nombre JESÚS, porque él salvará a su pueblo de sus pecados” (Mateo 1:21). La “simiente de la mujer”, “el Mesías”, “el Cristo”, finalmente había venido.
Treinta años después, en el año que Gabriel había anunciado a Daniel, Dios presentó a su Hijo a Israel, diciendo: “Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia” (Mateo 3:17). Tres años después de eso, sobre una cruz, Él murió para herir la cabeza de la serpiente (el diablo) y salvarte a TI y a MÍ de nuestro pecado.
¡Esta es la historia de la Navidad!
Artículo original publicado en inglés el 27 de Diciembre de 2025, con el título: The Christmas Story
NOTA: Todas las citas bíblicas provienen de la versión Reina-Valera 1960.

Deja un comentario