245. El Diluvio de Tinieblas

La iglesia primitiva nació en un glorioso derramamiento del Espíritu de Dios. En un corto período de tiempo, esta visitación del cielo se extendió por todo el Imperio Romano y mucho más allá. El mensaje sencillo que llevaban era que Jesús es el Cristo, el Redentor que Dios envió al mundo para poner fin al pecado y traer justicia eterna, tal como lo habían anunciado los profetas. Sin embargo, en algún momento, en medio de este gran derramamiento, el Espíritu de Dios comenzó a dar una advertencia clara y solemne acerca de lo que se avecinaba.

Escribiendo desde Laodicea, Pablo le dijo a Timoteo: “Pero el Espíritu dice claramente que en los postreros tiempos algunos apostatarán de la fe, escuchando a espíritus engañadores y a doctrinas de demonios; por la hipocresía de mentirosos que, teniendo cauterizada la conciencia…” (1 Timoteo 4:1-2). No había ninguna duda acerca de lo que vendría. El Espíritu fue muy claro. Habría una apostasía de la verdad y los hombres comenzarían a recibir sus doctrinas de demonios en lugar de recibirlas de la palabra de Dios.

Cuando Pablo hacía su viaje final a Jerusalén, se reunió con los ancianos de la iglesia y repitió esta advertencia que había recibido del Espíritu de Dios. Él dijo: Porque yo sé que después de mi partida entrarán en medio de vosotros lobos rapaces, que no perdonarán al rebaño. Y de vosotros mismos se levantarán hombres que hablen cosas perversas para arrastrar tras sí a los discípulos. Por tanto, velad, acordándoos que por tres años, de noche y de día, no he cesado de amonestar con lágrimas a cada uno” (Hechos 20:29-31). Quizá, en un tiempo de gran avivamiento, esta advertencia parecía casi increíble para aquellos primeros santos; sin embargo, Pablo les advirtió una y otra vez, durante tres años, que los falsos maestros venían. Incluso algunos de los que le escuchaban aquel día serían arrastrados por el diluvio de falsedad que pronto seguiría.

El apóstol Pedro dio a la iglesia una advertencia similar poco antes de ser ejecutado por Roma. Él escribió: “Pero hubo también falsos profetas entre el pueblo, como habrá entre vosotros falsos maestros, que introducirán encubiertamente herejías destructoras, y aun negarán al Señor que los rescató, atrayendo sobre sí mismos destrucción repentina. Y muchos seguirán sus disoluciones, por causa de los cuales el camino de la verdad será blasfemado, y por avaricia harán mercadería de vosotros con palabras fingidas; sobre los tales ya de largo tiempo la condenación no se tarda, y su perdición no se duerme” (2 Pedro 2:1-3). Estos falsos profetas ciertamente vendrían y harían mercadería del pueblo, mientras muchos seguirían sus herejías destructoras.

El apóstol Juan vivió varias décadas después de que los demás apóstoles fueron martirizados. Sin embargo, en su vejez escribió: “Hijitos, ya es el último tiempo; y según vosotros oísteis que el anticristo viene, así ahora han surgido muchos anticristos; por esto conocemos que es el último tiempo. Salieron de nosotros, pero no eran de nosotros; porque si hubiesen sido de nosotros, habrían permanecido con nosotros; pero salieron, para que se manifestase que no todos son de nosotros” (1 Juan 2:18-19). Estos “muchos anticristos” eran los falsos profetas y maestros que estaban inundando la iglesia. Los otros apóstoles advirtieron que estos vendrían. Juan vivió para verlos llegar.

El libro de Judas fue escrito cerca del final del primer siglo. Judas vio que los falsos maestros ya no eran solo una advertencia. Ahora eran una realidad. Él escribió: “Porque algunos hombres han entrado encubiertamente, los que desde antes habían sido destinados para esta condenación, hombres impíos, que convierten en libertinaje la gracia de nuestro Dios, y niegan a Dios el único soberano, y a nuestro Señor Jesucristo” (Judas 1:4). Antes de que pasara el primer siglo, los falsos maestros ya habían torcido el mensaje de la gracia, de ser una gran verdad que hacía libres del pecado, como Jesús lo había prometido, a convertirse en una teología muerta que aseguraba que podían andar en deseos impíos y aun así reclamar el cielo como su hogar eterno. Judas cerró su carta recordándonos que esto era precisamente de lo que los apóstoles habían advertido. Él escribió: “Pero vosotros, amados, tened memoria de las palabras que antes fueron dichas por los apóstoles de nuestro Señor Jesucristo; los que os decían: En el postrer tiempo habrá burladores, que andarán según sus malvados deseos” (Judas 1:17-18).

En su carta a los tesalonicenses, Pablo personifica este diluvio de falsos maestros llamándolo “el hombre de pecado”. Este “hombre de pecado” no estaría satisfecho hasta ser el centro de adoración en el templo de Dios, que es la iglesia de Jesucristo. Pablo fue claro al decir que esta invasión de tinieblas ya estaba comenzando en sus días. Él dijo: “Porque ya está en acción el misterio de la iniquidad; sólo que hay quien al presente lo detiene, hasta que él a su vez sea quitado de en medio” (2 Tesalonicenses 2:7). La palabra griega traducida como “detiene” significa “retener” o “contener”. Pablo y los demás apóstoles eran quienes estaban conteniendo este diluvio de falsedad. Más tarde Pablo escribiría: “He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe” (2 Timoteo 4:7). La palabra griega traducida como “guardado” significa “proteger” o “vigilar”. Mientras vivió, Pablo luchó contra el diluvio de falsos maestros; pero cuando él y los demás apóstoles salieron de escena, muy poco quedó para detener este asalto del infierno.

Para el final del primer siglo, las semillas de tinieblas que darían paso a la Edad Media ya estaban plantadas en la iglesia. Apenas unos siglos después, la iglesia, que antes había ganado convertidos mediante una visitación transformadora del Espíritu de Dios, ahora ganaba convertidos mediante el poder de la espada. Los hombres también comenzaron a erigirse para ser adorados en la iglesia, tal como los apóstoles lo habían advertido.

Durante la mayor parte de los 1900 años desde entonces, las tinieblas han sido la norma y no la excepción. Isaías habló de tal condición, diciendo: “Esperamos luz, y he aquí tinieblas; resplandores, y andamos en oscuridad. Palpamos la pared como ciegos, y andamos a tientas como sin ojos; tropezamos a mediodía como de noche; estamos en lugares desolados como muertos” (Isaías 59:9-10). Isaías luego dio la razón de esta oscuridad, diciendo: …porque la verdad tropezó en la plaza, y la equidad no pudo venir” (Isaías 59:14). Cuando la verdad cae en las calles, allí permanece hasta que alguien la recoge y comienza a proclamarla. A veces permanece allí por años, a veces por décadas, a veces por siglos. Solo cuando alguien recoge la verdad y comienza a declararla, el juicio, la justicia y la equidad pueden entrar. A lo largo de los siglos, la iglesia ha visto muchos de esos tiempos, cuando alguien que parecía insignificante se atrevió a creer la palabra de Dios, se levantó y comenzó a proclamarla. En esos momentos, la luz comienza a atravesar las tinieblas, y las aguas del diluvio de falsedad se abren por una temporada. Sin embargo, cuando aquellos que hablan la verdad salen de escena, el diluvio de tinieblas regresa rápidamente.

Dios le dio a Isaías una promesa eterna que fue cumplida primero en Cristo, y luego repetida sobre aquellos de cualquier generación que recogen la verdad de la palabra de Dios. Él dijo: “Y vendrá el Redentor a Sion, y a los que se volvieren de la iniquidad en Jacob, dice Jehová” (Isaías 59:20). Y también: “Cuando viniere el enemigo como río, el Espíritu de Jehová levantará bandera contra él” (Isaías 59:19). Una persona que recoge la verdad de donde ha “tropezado (caído) en la plaza” y con valentía comienza a proclamarla, es como Moisés extendiendo su vara sobre el Mar Rojo. Las aguas pronto se abrirán para que aquellos que creen la verdad puedan salir de la esclavitud del pecado y de las tinieblas. Mientras se atrevan a hablar la verdad, ellos son el estandarte de Dios contra el diluvio del enemigo. No importa si son Lutero, Wesley, Finney o tú. ¡Dios levantará un estandarte!

Artículo original publicado en inglés el 26 de Enero de 2026, con el título: The Flood of Darkness 

NOTA: Todas las citas bíblicas provienen de la versión Reina-Valera 1960.

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