
A mediados de la década de 1980, estábamos viendo una tremenda visitación del Espíritu de Dios en nuestra iglesia en Houston, Texas. Un domingo, una mujer que había visitado la iglesia varias veces, pero a quien no habíamos visto por varias semanas, compartió el siguiente testimonio. Dijo que se había comprometido a vivir con su madre anciana y cuidarla; su madre era episcopal, y ella insistía en que la llevara a la iglesia episcopal cada domingo.
Esa mañana temprano, le habló a su madre diciendo: “Mamá, sé que prometí llevarte a tu iglesia mientras viva aquí y cuide de ti, pero, por favor, solo una última vez, ¿puedo ir a esa iglesia donde Dios vive?”.
En todos mis años como pastor, nunca he oído algo más deseable para una iglesia que ser conocida como “esa iglesia donde Dios vive”. También entiendo la importancia de que esto sea verdad hoy y no solo hace cuarenta años.
En su carta a los romanos, el apóstol Pablo explica por qué los adversarios de Cristo eran tan incapaces de impedir que los primeros creyentes sacudieran al mundo con el evangelio de Cristo. Él da su respuesta en forma de pregunta, diciendo: “¿Qué, pues, diremos a esto? Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros?” (Romanos 8:31).
“Esto” a lo que Pablo se refería son las palabras que escribió en el versículo anterior, diciendo: “Y a los que predestinó, a éstos también llamó; y a los que llamó, a éstos también justificó; y a los que justificó, a éstos también glorificó” (Romanos 8:30).
La predestinación en la Biblia no nos dice “quiénes” son escogidos para ser salvos, sino “qué” son escogidos para ser los salvos. Pablo dijo: “Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos” (Romanos 8:29). Desde el principio, Dios se propuso tener un pueblo a la imagen de Su Hijo, Jesucristo. No serían pecaminosos, sino un pueblo que camina como Cristo caminó sobre esta tierra. Para crear a este pueblo, Dios dio a Su Hijo para quitar nuestro pecado y hacernos nuevas criaturas. “De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas” (2 Corintios 5:17).
Después que Jesucristo terminó la obra de redención mediante Su muerte y resurrección, comenzó a llamar a las personas a Su reino. En el día de Pentecostés, llamó a tres mil. Luego, más tarde, a cinco mil. Después, a incontables multitudes más. Muchos respondieron al llamado, pero muchos otros lo rechazaron.
De aquellos que respondieron al llamado, Pablo dice: “y a los que llamó, a éstos también justificó” (Romanos 8:30). Esto habla de la gran redención que los transformó de ser personas inherentemente pecaminosas a ser hijos de Dios y conformados a la imagen de Cristo. Sé que la teología eclesiástica presenta la justificación como una obra que solo cambia la manera en que Dios te ve, ¡pero eso es incorrecto! La justificación por gracia encuentra a un pecador y lo hace justo en todo sentido. Pablo dijo: “Porque así como por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno, los muchos serán constituidos justos” (Romanos 5:19).
Por grande que sea esta transformación en Cristo, si eso fuera todo lo que les hubiera sucedido a los primeros creyentes, jamás habrían sacudido al mundo por Cristo. Pablo explica lo que cambió todo cuando escribió: “y a los que justificó, a éstos también glorificó” (Romanos 8:30). Esto habla del derramamiento del Espíritu de Dios sobre los creyentes. Es una explicación de lo que ocurrió en el día de Pentecostés y muchas veces más en los días, meses y años que siguieron. Cuando Dios glorificó a Su pueblo enviando Su Espíritu dentro y sobre ellos, hicieron Sus poderosas obras y caminaron como un pueblo tal que el mundo jamás había visto.
No tengo duda de que muchas iglesias hoy tienen personas buenas y sinceras en sus congregaciones. También conozco muchas iglesias donde las personas hablan en lenguas y afirman tener grandes dones espirituales. Puedes encontrar iglesias donde la música te anima y te hace gritar, llorar y regocijarte. Incluso así, hay iglesias donde los ministros te cautivarán con su sabiduría y conocimiento.
Lo que cada vez es más difícil de encontrar, sin embargo, son aquellas iglesias que son como la esposa de Cristo que el apóstol Juan vio descender del cielo, “teniendo la gloria de Dios” (Apocalipsis 21:9-11).
¿Dónde están las iglesias cuyos congregantes caminan y viven con la presencia del Dios Todopoderoso sobre ellos, y no solo durante el tiempo del servicio? ¿Dónde está la iglesia que Dios ha glorificado con la gloria de Su presencia? ¿Dónde está la iglesia donde Dios vive?
Esta es nuestra gran necesidad. ¡Esta también es la gran promesa de Dios!
Artículo original publicado en inglés el 3 de Marzo de 2026, con el título: The Church Where God Lives
NOTA: Todas las citas bíblicas provienen de la versión Reina-Valera 1960.

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