
Antes de rendirse a Jesucristo, el apóstol Pablo era un judío muy devoto, irreprensible en cuanto a la ley de Moisés. Era un líder en ascenso dentro de la religión judía (Gálatas 1:14), y su gran celo religioso se manifestaba y era admirado por medio de su persecución constante contra los primeros creyentes (Filipenses 3:6). Fue en medio de este gran sentido de espiritualidad que Pablo recibió su primera verdadera revelación acerca de su propia condición espiritual.
En el capítulo 7 de Romanos, Pablo mira hacia atrás a los eventos que lo convencieron de su gran necesidad de salvación. Dirigiéndose a otros judíos creyentes (Romanos 7:1), escribe: “Porque mientras estábamos en la carne, las pasiones pecaminosas que eran por la ley obraban en nuestros miembros llevando fruto para muerte” (Romanos 7:5). La frase “en la carne” se refiere a antes de que nacieran de nuevo por el Espíritu de Dios y a cuando intentaban servir a Dios por medio de la ley de Moisés. Él siempre había creído que era espiritual, pero comenzó a ver algo en su propia vida que desafiaba todo lo que creía que era verdad.
Pablo, quien en ese tiempo era conocido como Saulo de Tarso, era irreprensible en cuanto a la justicia de la ley (Filipenses 3:6), pero comenzó a sentirse turbado en su propio corazón porque hacía cosas que su propia conciencia condenaba (Romanos 7:15). De hecho, dijo: “pero lo que aborrezco, eso hago”.
No hay evidencia bíblica, ni antes ni después de venir a Cristo, de que Saulo fuera pecaminoso en sus hechos. La lucha que menciona en Romanos 7 parece referirse a su persecución contra la iglesia primitiva. La Biblia dice que estaba “respirando aún amenazas y muerte contra los discípulos del Señor…” (Hechos 9:1). Había una ira hirviendo en Saulo que no podía controlar. En algún momento, comenzó a darse cuenta de que lo que estaba haciendo en el nombre de Dios era realmente malo (Romanos 7:19), pero aun así no podía contener el odio que sentía hacia quienes creían en Jesucristo.
Saulo estuvo presente en el juicio de Esteban cuando los respetables ancianos de Israel se comportaron como hombres salvajes, crujiendo los dientes contra él (Hechos 7:54). También estuvo allí cuando Esteban, en su último aliento, pidió a Dios que no les tomara en cuenta ese pecado (Hechos 7:60). Las últimas palabras de Esteban estaban llenas de compasión, mientras que las palabras y acciones de Saulo y de los líderes religiosos rebosaban de odio y violencia. Este contraste debió haber turbado profundamente a Saulo.
Todo lo que Saulo hacía podía justificarse religiosamente, pero estaba mal y él lo sabía. Sin embargo, no podía contener el mal que lo impulsaba. Fue entonces cuando comenzó a darse cuenta de que algo más estaba en control. Él dice: “Y si hago lo que no quiero, ya no lo hago yo, sino el pecado que mora en mí” (Romanos 7:20). Esta evaluación honesta de su propia condición destruyó toda la confianza en la virtud religiosa que Saulo creía tener.
Los fariseos guardaban la ley perfectamente y no se consideraban pecadores. De hecho, Jesús dijo: “Si yo no hubiera venido, ni les hubiera hablado, no tendrían pecado; pero ahora no tienen excusa por su pecado” (Juan 15:22). Sin embargo, por primera vez en su vida, Saulo de Tarso fue obligado a enfrentar la verdad de que él también era esclavo del pecado. Dijo: “Porque sabemos que la ley es espiritual; mas yo soy carnal, vendido al pecado” (Romanos 7:14). Esta fue una revelación dolorosa para Saulo. Se había engañado acerca de su condición espiritual. Ahora sabía que no era espiritual en absoluto. Más bien, era carnal, esclavo del pecado y estaba perdido.
Esta dolorosa revelación produjo un clamor desesperado en Saulo, quien escribió: “¡Miserable de mí! ¿quién me librará de este cuerpo de muerte?” (Romanos 7:24). Encontró esta liberación del pecado cuando se encontró con Jesucristo en el camino a Damasco y pasó el resto de su vida predicando esa liberación a otros.
Fue la esclavitud del pecado en su propio corazón lo que despojó a Saulo de su falsa sensación de espiritualidad y lo convenció de que necesitaba desesperadamente un Salvador. Sin embargo, el creyente moderno está tan programado para creer que el pecado es normal en un hijo de Dios, que no siente alarma al enfrentarse a la terrible condición de su propio corazón. Puede estar atado a la pornografía, al adulterio, al odio, a la avaricia, al orgullo y a otras cosas semejantes, pero se le asegura diariamente que eso no importará en el día del juicio. Así, muchos son condenados a vivir toda su vida con una falsa sensación de espiritualidad y, un día, estarán delante de Dios… perdidos. Alguien debe ser fiel para decirles: “Así que, si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres” (Juan 8:36). ¡El pecado todavía condena el alma, pero Jesucristo vino para hacerte libre!
Artículo original publicado en inglés el 27 de Marzo de 2026, con el título: Paul’s 1st Revelation
NOTA: Todas las citas bíblicas provienen de la versión Reina-Valera 1960.

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