
Yo tenía diecinueve años y estaba muy lejos de Dios. Una noche, varios amigos y yo estábamos bebiendo cuando a alguien se le ocurrió hacer llamadas telefónicas de broma. Marcaron el número de una joven que aún estaba en su último año de secundaria y me pasaron el teléfono. Yo solo conocía a la joven de nombre, pero cuando contestó la contestadora de su casa, dejé un mensaje en el que, con palabras muy vulgares, afirmaba conocerla como una persona muy inmoral. Unos días después, supe que sus padres, que eran cristianos, fueron quienes escucharon las horribles mentiras que yo había dicho.
Unos cinco años después, ya habiendo venido a Jesucristo, llamé a un técnico de aire acondicionado a mi casa. El hombre que vino era el padre de aquella joven. Él fue amable conmigo y hasta me hizo un descuento en su servicio. Cuando me di cuenta de quién era, el recuerdo de aquella noche volvió a mi mente y supe lo que tenía que hacer. Esa misma noche llamé a su casa y la madre contestó. Le dije quién era y lo que había hecho años atrás. Expresé mi dolor y les pedí perdón. Las palabras que ella dijo quebrantaron aún más mi corazón: “Keith”, me dijo, “siempre supimos que fuiste tú, y sí, te perdonamos”.
Casi cuarenta y cinco años después, si pienso en aquella noche insensata, mis ojos se me llenan de lágrimas al recordar el daño que causé a esa joven y a sus padres. También podría contar otras cosas de ese tiempo de oscuridad en mi vida que aún hoy producen un efecto similar en mí. No es que piense en estas cosas con frecuencia, pero cuando lo hago, mi corazón siente el mismo quebrantamiento por ese tiempo de vergüenza. No vivo en condenación. De hecho, considero estos recuerdos como un amigo en mi caminar con Dios. Mi tristeza por esas cosas del pasado me recuerda aún más cuán misericordioso ha sido Dios conmigo.
El verdadero arrepentimiento no son solo palabras que decimos en el momento de venir a Cristo. Es una condición constante en nuestro corazón. El apóstol Pablo habló de una “tristeza que es según Dios”, la cual “produce arrepentimiento para salvación, de que no hay que arrepentirse; pero la tristeza del mundo produce muerte” (2 Corintios 7:10). Esta “tristeza según Dios” por los pecados del pasado es, en realidad, una bendición que Dios nos da y que hace que nos acerquemos cada vez más a Jesucristo. Es como dijo Jesús acerca de la mujer que le lavó los pies con sus lágrimas: “Sus muchos pecados le son perdonados, porque amó mucho; mas aquel a quien se le perdona poco, poco ama” (Lucas 7:47).
El apóstol Pablo entendía personalmente el efecto de toda la vida de esta “tristeza según Dios”. Antes de venir a Cristo, había sido un gran perseguidor de la iglesia primitiva. Estuvo presente cuando el joven Esteban fue apedreado hasta morir (Hechos 7:58). Entonces, conocido como Saulo de Tarso, arrastraba a los creyentes de sus casas y los echaba en la cárcel (Hechos 8:3). También daba su voto contra ellos cuando eran condenados a muerte (Hechos 26:10). Por esta razón, aun siendo apóstol de Cristo, se llamaba a sí mismo el primero de los pecadores (1 Timoteo 1:13-15).
Esta “tristeza según Dios” por el pecado pasado nunca dejó a Pablo. En sus últimos años escribió: “Porque yo soy el más pequeño de los apóstoles, que no soy digno de ser llamado apóstol, porque perseguí a la iglesia de Dios” (1 Corintios 15:9). Esto no era una humildad fingida. Pablo nunca olvidó lo que había sido antes de experimentar el amor de Cristo.
La Biblia también habla de una “tristeza del mundo” que “produce muerte” (2 Corintios 7:10). Este tipo de tristeza lleva a la persona a la oscuridad y a la condenación. La destruye en lugar de acercarla a Cristo. Sin embargo, lo que hoy vemos con frecuencia en el mundo religioso es una falta total de tristeza por el pecado. Pueden decir palabras de arrepentimiento, pero no son sinceras en su corazón. Muchos incluso pueden reírse y hasta presumir de las cosas que hicieron mientras estaban en la oscuridad. Pero Pablo describe los pecados pasados del creyente como “…cosas de las cuales ahora os avergonzáis” (Romanos 6:20-21). Si se puede hablar de esas cosas sin “vergüenza”, algo está muy mal. Cuando no hay tristeza por los pecados de ayer, por lo general tampoco hay preocupación por ellos en la vida de hoy.
El verdadero arrepentimiento, con tristeza según Dios, estará en el corazón de una persona mientras permanezca en Cristo. Cuando desaparece, por lo general también desaparece la realidad de su caminar con el Señor. Esta “tristeza según Dios” es, en realidad, parte de lo que produce gozo al mencionar el nombre de Jesús. Se manifiesta en su adoración, en su manera de vivir y en su deseo de estar cada vez más cerca de Cristo.
¡Es verdaderamente una bendición de Dios!
Artículo original publicado en inglés el 25 de Abril de 2026, con el título: Blessed with Godly Sorrow
NOTA: Todas las citas bíblicas provienen de la versión Reina-Valera 1960.

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