46. La historia de Navidad

La historia de Navidad no comenzó en el pesebre. En realidad empezó, bueno… al principio. Después de crear todas las cosas majestuosas que llamamos universo, Dios decidió hacer algo aún más asombroso. Decidió hacer otra creación a su propia imagen.

La Biblia dice: “Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó.Tomó, pues, Jehová Dios al hombre, y lo puso en el huerto de Edén, para que lo labrara y lo guardase.“ (Génesis 1:27, 2:15)

No sabemos cuánto tiempo vivieron en el jardín el hombre y la mujer, Adán y Eva. Sólo sabemos cómo perdieron este paraíso. Había una criatura llamada “la serpiente” que comenzó a interrogar a Eva sobre lo que Dios había ordenado con respecto al árbol prohibido. Más tarde, esta serpiente llegaría a ser conocida como Satanás, Lucifer o el diablo.

Eva le dijo a la Serpiente lo que Dios le había dicho a Adán. “pero del fruto del árbol que está en medio del huerto dijo Dios: No comeréis de él, ni le tocaréis, para que no muráis.” «¡No moriréis!» dijo la Serpiente. Dios sabe que si lo coméis “serán abiertos vuestros ojos, y seréis como Dios, sabiendo el bien y el mal.” (Génesis 3:3-5)

Eva creyó a la Serpiente, comió del fruto prohibido y le dio un poco a Adán, su marido. Inmediatamente supieron que algo andaba mal. Se produjo un cambio tanto en Adán como en Eva y por primera vez se avergonzaron. Intentaron cubrir su desnudez con hojas de higuera, pero la naturaleza de esta desnudez no pudo ser ocultada. Como Dios les había advertido, habían muerto cuando comieron del fruto prohibido. Esta muerte era más real para ellos que una muerte física porque era muerte para su espíritu. La vida de Dios había partido. Aquellos a quienes Dios había hecho a su propia imagen ahora llevaban la naturaleza de la serpiente en su corazón. Eran pecadores. Ésta era su desnudez. Esta fue su vergüenza.

Dios vino a visitar al hombre y a la mujer que había creado, pero ellos se escondieron de su presencia. Cuando Dios les reveló las consecuencias de sus acciones, se volvió hacia la Serpiente y le dijo: “Por cuanto esto hiciste, maldita serás entre todas las bestias y entre todos los animales del campo; sobre tu pecho andarás, y polvo comerás todos los días de tu vida. Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; esta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar.” (Génesis 3:14-15). En estas palabras encontramos la primera promesa de “el Cristo” que vendría y cuál sería su misión. Nacería de una mujer y traería venganza sobre la Serpiente, pero al herir la cabeza de la Serpiente, esta “simiente de la mujer” también sería herida.

Adán y Eva aprendieron a través de mucha angustia cuán devastadora había sido su rebelión. Perdieron la comunión con Dios y fueron desterrados del paraíso que Él creó para ellos. Su hijo primogénito asesinó a su segundo hijo y vivieron lo suficiente para ver la tierra entera llena de iniquidad y maldad en todas sus formas, y supieron que todo se debía a su propia desobediencia.

Pasaron miles de años y la depravación del hombre no hizo más que empeorar. Guerras, asesinatos, perversión y todo mal llenaron la tierra. La mayoría de la gente se olvidó de la promesa que Dios había hecho de la “descendencia de la mujer” que vendría a herir la cabeza de la serpiente y así destruiría sus obras (1 Juan 3:8). Pero Dios no lo olvidó. Un día dio una promesa a través de un profeta llamado Isaías: “He aquí que la virgen concebirá, y dará a luz un hijo, y llamará su nombre Emanuel.” (Isaías 7:14). No era gran cosa que naciera un hijo, pero era humanamente imposible que naciera uno de una mujer virgen. Aún más sorprendente fue que su nombre se llamaría “Emanuel”, ¡porque Emanuel significa “Dios con nosotros”!

Entonces Isaías profetizó algo aún más sorprendente. Él dijo: “Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios Fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz. Lo dilatado de su imperio y la paz no tendrán límite, sobre el trono de David y sobre su reino, disponiéndolo y confirmándolo en juicio y en justicia desde ahora y para siempre. El celo de Jehová de los ejércitos hará esto.” (Isaías 9:6-7). Seguramente esto significaba que la “descendencia de la mujer” prometida vendría ahora y heriría la cabeza de la Serpiente.

Sin embargo, “Emanuel” no vino y la cabeza de la Serpiente no fue herida. Las guerras aumentaron, Israel y Jerusalén fueron destruidos, y la mayoría del pueblo fue llevado cautivo a una tierra extranjera. Cuando los años de cautiverio llegaban a su fin, un hombre llamado Daniel buscó al Señor por entendimiento. Dios envió al ángel Gabriel para decirle a Daniel que “el Cristo” seguramente vendría. Vendría a “poner fin al pecado, y expiar la iniquidad, para traer la justicia perdurable” (Daniel 9:24-25), pero… todavía pasarían casi 500 años hasta su aparición. Aunque estaban decepcionados de que pasaría tanto tiempo antes de que viniera, al menos ahora sabían el año exacto en que aparecería el Mesías, el Cristo, la simiente de la mujer.

Los siglos que siguieron fueron años muy duros y hubo mucha guerra y opresión. Sumado a esto, parecía que Dios guardó silencio y dejó de hablarle a su pueblo. ¿Había olvidado Dios su promesa?

Un día, cuando se acercaba el tiempo señalado, Dios envió nuevamente al ángel Gabriel para llevar un mensaje. Esta vez fue a una joven, una virgen, llamada María. Él dijo: “¡Salve, muy favorecida! El Señor es contigo; bendita tú entre las mujeres. … María, no temas, porque has hallado gracia delante de Dios. Y ahora, concebirás en tu vientre, y darás a luz un hijo, y llamarás su nombre JESÚS. Este será grande, y será llamado Hijo del Altísimo; y el Señor Dios le dará el trono de David su padre; y reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin.” (Lucas 1:28-33). María conocía la imposibilidad humana de lo que le habían dicho, entonces le preguntó al ángel: «¿Cómo será esto? pues no conozco varón.» Gabriel respondió: El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por lo cual también el Santo Ser que nacerá, será llamado Hijo de Dios.” (Lucas 1:34-35)

Al año siguiente, María dio a luz a su primer hijo, que era el Hijo de Dios. El ángel les había instruido diciendo: “llamarás su nombre JESÚS, porque él salvará a su pueblo de sus pecados.” (Mateo 1:21). La “descendencia de la mujer”, el Mesías, el Cristo, finalmente había llegado. Treinta años después, en el año exacto del que Gabriel le había hablado a Daniel, Dios presentó a su Hijo a Israel, diciendo: “Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia.” (Mateo 3:17). Tres años y medio después, en una cruz, heriría la cabeza de la Serpiente y “salvaría a su pueblo de sus pecados”. ¡Esta es la historia de Navidad!

Artículo original publicado en inglés el 22 de Diciembre de 2017, con el título: The Christmas Story (PDF)

NOTA: Todas las citas bíblicas son tomadas de la versión Reina-Valera 1960.

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