
La contaminación es “la introducción de sustancias o energías dañinas en el medio ambiente natural”. La contaminación en un río puede provocar la muerte de los peces o hacer que el agua no sea segura para beber ni para nadar. La contaminación del aire puede provocar problemas respiratorios y otros daños a la salud. En muchos lugares, las personas viven toda su vida sin ver la Vía Láctea debido a la contaminación lumínica y del aire. Podemos acostumbrarnos a la contaminación, pero aun así, no es algo normal. Es una condición anormal que nunca fue el propósito de Dios.
Cuando Dios creó al hombre y a la mujer, ellos, al igual que los árboles, los ríos y las estrellas, eran exactamente como Dios quería que fueran. Él creó al hombre y a la mujer a Su propia imagen, y estaban libres de toda contaminación del mal, hasta que escucharon a la serpiente.
La gran tragedia de Adán y Eva no consiste solamente en su desobediencia de aquel día, sino en aquello que introdujeron en el mundo que Dios había creado. El apóstol Pablo escribió: “Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron” (Romanos 5:12).
La entrada del pecado en el mundo fue el primer gran acto de contaminación. Entró como una fuerza maligna que contaminó el corazón y la naturaleza humana. Como sustancias tóxicas vertidas en un río, comenzó a propagar una contaminación que destruía todo lo que tocaba. El hijo primogénito de Adán estaba tan contaminado por el pecado que asesinó a su propio hermano. A medida que este mal pasó de generación en generación, desató horrores indescriptibles sobre la tierra, que una vez había sido un paraíso.
Si dejaras caer una toalla dentro de una alcantarilla, simplemente la desecharías. Pero si un niño cayera en la alcantarilla, lo bañarías y le quitarías toda la suciedad. Las cosas que son valiosas para nosotros se tratan de manera muy diferente a las que tienen poco valor. Dios pudo haber decidido erradicar el pecado destruyendo a la humanidad, pero porque nos amó, envió a Su Hijo para “…quitar nuestros pecados” (1 Juan 3:5).
El apóstol Pablo nos da una visión del método de “descontaminación” de Dios cuando compara la obra de Cristo con la obra de la ley de Moisés. La solución definitiva de la ley de Moisés para la contaminación del pecado era eliminar al pecador. Dios consideró que eso no era suficiente para cumplir Su propósito de redención, así que decidió hacer algo que la ley no podía hacer. Pablo escribió: “Porque lo que era imposible para la ley, por cuanto era débil por la carne, Dios, enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado y a causa del pecado, condenó al pecado en la carne” (Romanos 8:3).
En la redención, Dios no destruye a la persona que está contaminada por el pecado; destruye el pecado que la ha contaminado. Pablo dice que hemos sido crucificados juntamente con Cristo “…para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado” (Romanos 6:6).
Fue el apóstol Pedro quien nos dijo que “…habiendo ellos escapado de las contaminaciones del mundo, por el conocimiento del Señor y Salvador Jesucristo…” (2 Pedro 2:20). Esta contaminación maligna que entró en el mundo hace miles de años y encontró refugio en el corazón humano no podía ser quitada… hasta que Jesucristo “…nos amó, y nos lavó de nuestros pecados con su sangre” (Apocalipsis 1:5).
Dios les bendiga,
Pastor Keith Surface
Artículo original publicado en inglés el 9 de Julio de 2027, con el título: The Great Pollution
NOTA: Todas las citas bíblicas provienen de la versión Reina-Valera 1960.

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