
La vida que llenaba a Jesús era tan diferente y tan poderosa que irradiaba de Él, como una gran luz. La Biblia dice: “En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres.” (Juan 1:4). Esta vida se manifestó en Su naturaleza, Su amor, Sus palabras y Sus obras. Los hombres nunca habían visto algo semejante. Por más que lo intentaban, no podían comprenderlo. El apóstol Juan nos dice: “La luz en las tinieblas resplandece, y las tinieblas no prevalecieron contra ella.” (Juan 1:5).
Más de sesenta años después, el apóstol Juan vuelve a recordarnos la vida que vio en Jesucristo. Él dijo: “Lo que era desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado, y palparon nuestras manos tocante al Verbo de vida (porque la vida fue manifestada, y la hemos visto, y testificamos, y os anunciamos la vida eterna, la cual estaba con el Padre, y se nos manifestó).” (1 Juan 1:1-2). Juan vio personalmente la verdadera manifestación de la vida eterna. La vida en Jesucristo resplandecía con tanta claridad que Juan nunca más volvió a cuestionar lo que era y lo que no era la vida eterna.
Así como la vida eterna irradia luz, la carnalidad y la muerte irradian oscuridad. Juan quería que conociéramos la diferencia. Escribió: “Este es el mensaje que hemos oído de él, y os anunciamos: Dios es luz, y no hay ningunas tinieblas en él.” (1 Juan 1:5). Debido a que Dios es luz, nadie que camina con Él puede estar andando en tinieblas. Juan dijo: “Si decimos que tenemos comunión con él, y andamos en tinieblas, mentimos, y no practicamos la verdad.” (1 Juan 1:6). Si una persona irradia oscuridad, no puede estar caminando con Dios, quien es luz.
Juan revela dos atributos de la vida eterna que son evidentes dondequiera que ella se encuentre. El primero es el amor. Él escribió: “Nosotros sabemos que hemos pasado de muerte a vida, en que amamos a los hermanos.” Juan continúa diciendo: “El que no ama a su hermano, permanece en muerte.” (1 Juan 3:14). Nadie ha pasado de muerte a vida si el amor de Dios no permanece en él. Juan reafirma esta declaración diciendo: “Todo aquel que aborrece a su hermano es homicida; y sabéis que ningún homicida tiene vida eterna permanente en él.” (1 Juan 3:15). Esta es una verdad asombrosa, pero evidente.
Odio = Homicidio = No tiene vida eterna.
El odio es oscuridad y no puede habitar en una persona que posee la vida eterna.
El segundo atributo de la vida eterna del que escribe Juan es la justicia. Juan insistía en que, si la vida eterna estaba en una persona, la luz de la justicia irradiaría de ella. Escribió: “En esto se manifiestan los hijos de Dios, y los hijos del diablo: todo aquel que no hace justicia, y que no ama a su hermano, no es de Dios.” (1 Juan 3:10).
Yo no soy un apóstol, ni caminé con Jesucristo en la carne, pero he visto la vida eterna. He visto lo que la Palabra de Dios dice acerca de que el pecado ha sido quitado, y he visto a pecadores transformados y lavados de toda injusticia en un instante. He visto el amor desbordarse donde antes habitaban el odio y el egoísmo. He visto a quienes atraviesan tormentas, pruebas y aflicciones, y aun así la justicia y el amor continúan resplandeciendo.
Muchos que niegan esta verdad proclaman falsamente que el pueblo de Dios todavía es pecador. Parecen pensar que la vida eterna coexiste en el mismo corazón con la pornografía, el engaño, la avaricia y la inmoralidad. Juan se burlaría de semejante afirmación. Yo también. ¿Por qué? Porque he visto la vida eterna. La he visto en la Palabra de Dios. La he visto en el pueblo de Dios. Y la recibí hace más de cuarenta y dos años. ¡Sí! He visto la vida eterna.
Dios les bendiga,
Pastor Keith Surface
Artículo original publicado en inglés el 17 de Julio de 2027, con el título: I have seen Eternal Life
NOTA: Todas las citas bíblicas provienen de la versión Reina-Valera 1960.

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